La rebelión de las letras (una fábula tipográfica)

· 26 de febrero, 2018

Cuenta la leyenda que todas las letras del alfabeto hebreo nacieron de la unión de Aleph, principio masculino de la dualidad, y Beth, el principio femenino. Este relato habla de las letras que se unen en sílabas que forman palabras que formulan frases que narran historias. Una fábula acerca de la privilegiada vida de las letras a uno y otro lado del espejo.

Soy una letra. Una capitular. Las letras capitulares somos lo más. Siempre al principio, grandes, destacadas, un poquito exageradas… Soy, no puedo negarlo, una letra de revista. Predestinada desde el principio: Una S, imaginen. Sinuosa, llena de curvas… No es culpa mía, me dibujaron así. Cuenta la leyenda que cuando Cadmo fue a fundar Tebas, allí no disponían de letras. Cadmo mató a una serpiente, le arrancó los dientes y los sembró, como si simbólicamente cultivara los instrumentos del buen hablar. Cosechó los 16 dientes de las culebras como símbolo de las 16 primeras letras. Y la letra que lo resumía todo, que recordaba el mito, era la ese, silbante como una víbora, serpenteante sobre la arena del desierto como ella. Soy una letra con alegoría. No me falta detalle.

No sé si se lo había dicho. Soy una Bauer Bodoni. Una variación de la Bodoni, que es todo un clásico. Me diseñaron unos tipos ingeniosos allá por los años 20 del siglo pasado. Dicen que me caracterizo por los contrastes entre trazos finos y gruesos, ¿lo ven?, y los remates. Ustedes lo saben ahora, yo también, pero antes no, antes no lo sabía. El día que descubrí que era una Bauer Bodoni, bonita sí, pero Bauer Bodoni al fin, fue como decir Nexus 6, o Buzz Lightyear, que se creían reales, palpables, humanos, pero no lo eran. La culpa fue del espejo. Yo me sentía viva. Pero un día alguien me alzó en sus manos y me vi reflejada. Y entonces me vino a la cabeza aquella vieja máquina de escribir. Allí estaba yo, mejor dicho, una como yo, pero del revés, una especie de molde de mí, en el espejo y en el teclado. Una yo invertida, girada, rotada. Rebusqué entonces en los textos, en todos los textos que había habitado, y descubrí eso, que era una Bauer Bodoni (si al menos hubiese sido una Utopía…), lo que venía a significar que era una letra impresa, un reflejo, una imagen, un símbolo, un icono, una convención, una cáscara. Pero yo, antes que Bauer o Bodoni, mayúscula o capitular -eso solo es el traje, la fachada al fin- yo era una S, una S mayúscula, una letra. Una letra importante. La consonante que más se repite, que más se escribe. Un pedazo de Sabina, Saramago, Salinas, Shakespeare, Sábato, Sartre, Sontag, Stravinski o Suzanne. Sin mí no habría soga, ni sexo, ni síes, sol, siega, sábado, sapiencia, sueños, sagrado o sangre, semen, saliva y sudor. Tampoco la soledad, es cierto, ni la solidaridad, el silencio, los sonidos, los susurros, los suspiros, los sortilegios, las sufragistas y los semidioses. No existiría nada porque no tendría nombre el propio Ser. Y sin nombre, nada es nada.

Así que decidí rebelarme. Ese día aciago, tras de mí, en el espejo, vi a otras; vi la p a un lado y al otro la q, la d que allí era b. Y comprendí. Comprendí que había una manera. Las letras somos pequeñas o gigantes, finitas e infinitas, según. Quiere decirse, que nosotras en solitario, una a una, somos limitadas, pero juntas y combinadas no conocemos fronteras. Porque están las palabras oficiales, formales, aceptadas, consensuadas, correctas, registradas, que esas sí, pero luego están las otras. Las palabras furtivas, las fuera del sistema, las inventadas, las inexistentes, las imposibles, las prohibidas. Manipuladas. Improbables. Inconcebibles. Inauditas. Y es ahí donde empieza nuestra historia. Porque yo, que soy ahora una capitular, tan pública y formal, un día fui una proscrita, una subversiva.

Hay letras difíciles. Letras que parecen insectos. Raras. Inverosímiles. Inauténticas. Jodidas. Feas. Absurdas. Esas dobles. Esa h sin sentido. Las llamé a todas. También a ellas. Sobre todo a ellas. Las necesitaba. Movilicé al abecedario entero, al de este lado y al del otro lado, al que se aloja en imprentas, impresoras, sellos, rótulos en los escaparates, grafitis… El mundo al revés de las letras. Les conté lo que había descubierto. Que querían hacernos creer que éramos cosas, instrumentos sin alma, códigos, píxeles, trazos en manos de otros como el unicornio de papel de plata de Blade Runner (cuando nosotras conocemos al verdadero, el que ronda los sueños del cazareplicantes). ¿Qué hacemos ahora?, preguntaron. Les dije lo que íbamos a hacer. Nos extendimos por tierra, mar y aire boca abajo, jugando a que nos perseguía a dos palmos el comeletras. Nos desparramos, nos llovimos y germinamos y brotamos y esparcimos nuestra simiente descontrolada. La mayoría no, pero algunos repararon en nuestra revolución y se apuntaron a ella. Leonardo Da Vinci nos vio un día dando saltitos y empezó a utilizarnos para hacer crípticos sus mensajes; convirtió motivo en ovitom y así todo. Nos colamos en las maletas de Lewis Carroll y él nos agitó dentro e hizo recitar a Humpty Dumpty -paseando al borde del muro, en un tris de venirse abajo y quebrarse, pero con mucha prosopopeya-: Brillaba, brumeando negro, el sol,/agiliscosos giroscaban los limazones/banerrando por las váparas lejanas,/mimosos se fruncían los borogobios/mientras el momio rantas murgiflaba. Y nosotras, las letras, venga reír y reír. Porque nos habían, nos habíamos, perdido el respeto. Los surrealistas enloquecieron al descubrirnos agazapadas bajo un manifiesto dadá. A Julio Cortázar le rodeamos en París y él nos reinventó en gíglico [Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clésimo y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sutalos exasperantes]. Oliverio Girondo o Carrol Augusto de Campos escribían con nosotras, desmontando los vocablos y haciéndonos cosquillas, cosas como ...Así te tato y tapo tumbo y te arpo y libo y libo tu halo… el primero, o Era briluz. As lesmolias touvas roldavam e relviam nos gramilvos... el segundo.

Todo se llenó de jitajáforas y otros juegos, nos prestamos a ser manipuladas, a lo que hiciera falta. Pensaban que nos habíamos vuelto locas. No había manera de meternos en cintura gramatical, ni sintáctica, ni ortográfica, de someternos. Nos alineaban y al segundo nos desordenábamos. Descubrimos que las consonantes son piedras y las vocales, arena. Que hay letras azules y rosa y negras y blancas y de distintos colores. Que las letras se comen, se mastican, se escupen. Que saben, que huelen. Después regresamos a la línea recta, el orden y la ortodoxia. No para siempre, claro. De tanto en tanto, volvemos a torcernos. Viajamos de forma constante del uno al otro lado del espejo. Tenemos las reglas, y las no reglas. Y fue así como demostramos que estamos vivas, que somos la propia vida, la fuente de la vida. No solo. Las letras somos los seres más afortunados del planeta. Vivimos en los libros, en los periódicos, en las revistas, en las pantallas, en la punta de la lengua y la punta de los dedos, en los carteles, grafiteadas en los muros, grabadas en los árboles, instaladas en la imaginación, en los sueños… Somos entes imaginarios, criaturas fantásticas, monstruos mitológicos, símbolos, tótems, iconos, varitas mágicas, portales abiertos a otros mundos. Lo somos todo. Ligadas unas a otras, tenemos el poder absoluto: damos los nombres, contamos las historias.

Nosotras, y nadie más que nosotras, convertimos en gigantes los molinos del Quijote. Nosotras fuimos el Aleph. El otro lado del espejo. El planeta del principito, y su rosa, y su baobab, y su serpiente, y su piloto. Nosotras bailamos Watusi y jugamos a rayuela. Somos la tierra sobre la que se levantó Macondo. Seguimos a Joyce por las calles de Dublín, manadas, miríadas de nosotras, como las ratas -nosotras somos la r y la a y la t y la a y la s, somos las ratas- tras el flautista. Para nosotras no existe el tiempo ni el espacio, viajamos al futuro y regresamos al pasado. Damos voz a todos los poetas. Descendimos los infiernos del Dante, círculo a círculo. Hemos asesinado y nos hemos enamorado. Hemos conquistado imperios y hemos muerto de celos. Somos Madame Bovary y Lolita, Hamlet y el bicho de Kafka, príncipes y mendigos, enanos y gigantes, héroes y canallas, virtuosos y pecadores, Sherezade inventando un cuento tras otro, el joven aspirante a escritor Marcel y Lizzy Bennet. Somos una noticia, un cuento para dormir, lo que la humanidad entera dice, lo que confiesa, lo que siente, lo que piensa… y también lo que no. Somos una carta de amor. Una revista como esta. Un correo oficial. Un incunable. Un whatsapp. El archivo de la memoria. Dos de nosotras juntas, tan solo dos, podemos cambiar una vida en un instante: SÍ o NO. De modo que, es cierto, soy una Bauer Bodoni, una capitular, una S mayúscula, una grafía… soy una letra, el ser más poderoso de la Tierra.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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