Adrián Orr: «Mientras quieras aprender, mejorarás»

· 15 de mayo, 2018

Texto: Antonio M.Sánchez

Mejor película internacional en el Bacifi de Buenos Aires, ganador de la sección Nuevas Olas en Sevilla, premiado en Sarajevo, Quito, Suiza… El primer documental de Adrián Orr, sobre la cotidianidad del rapero Niñato y su familia, muestra un modo alternativo de sentir y vivir en plena orgía neoliberal.

Adrián Orr es un madrileño de la Ciudad de los Poetas (Saconia), pegado al barrio del Pilar, donde rodó Niñato. Y Niñato es el nombre de guerra de David Ranzsanz, rapero y colega de Adrián, con el que compartió durante mucho tiempo sueños musicales. Orr, casualidades de la vida, terminó estudiando Comunicación Audiovisual. «Sí, un poco por casualidad –nos dice–, porque en el instituto tuve una asignatura de métodos de creatividad que se acercaba más a la publicidad que a otra cosa. Total, que pensé estudiar Publicidad, pero no me daba la nota… En ese momento se cruzó en mi vida Luis Bértolo (ayudante de dirección de Javier Rebollo, de Isaki Lacuesta…), y me empezó a introducir en el cine en versión original, me llevó a la Filmoteca… Por él supe que hay directores detrás de las películas, y no solo eso, sino que hay diferentes tipos de directores y que cada película cuenta un poco quién es ese director. Y terminé en la escuela de cine de Lisboa».

El origen del documental está en un primer cortometraje de 2013, titulado Buenos días, resistencia. Con Niñato, Adrián Orr ya acumula un buen puñado de reconocimientos internacionales. Fue elegido mejor película internacional en el Bafici de Buenos Aires, ganó la sección Nuevas Olas Sevilla, y ha recogido galardones igualmente en Sarajevo, en el FICQ de Quito o en Visions Du Réel (Suiza). Un periplo internacional que todavía no se ha detenido y bien podría sumar éxitos al trabajo de Orr.

Vamos, que le metió el cine en vena.
Totalmente. Me enganché a muerte. En esa época yo hacía mucho hip hop (de hecho, estaba en el grupo de Niñato). Muy metido en la música y muy poco en el cine. Pero, poco a poco, se fueron equilibrando ambos mundos, hasta que el cine terminó por ocuparme mucho más tiempo que la música. Ahora escucho música todos los días, pero no la practico; en cambio, intento practicar el cine siempre que puedo.

Con Niñato se estrena en el largometraje.
Mi primer largo, después de tres cortos. Ya en la escuela compaginaba el trabajo como auxiliar; luego, como segundo ayudante de dirección, y terminé como primer ayudante en algunas películas: Grupo 7, Camino, La mujer sin piano, La isla mínima

¿Por qué empezar con la no ficción?
Se trataba de llegar a la historia que quería contar y qué medios tenía para hacerlo. Hace mucho, tenía escrito un guion de un corto de ficción y conseguí la ayuda, pero al final no conseguí filmarlo porque el director de fotografía me decía que el piso de David era demasiado pequeño para poner las luces, para meter un equipo de cámara… Me deprimí mucho y devolví la ayuda. Pero luego me dije que si otros no podían, lo haría yo mismo. Y decidí ir trabajando poco a poco en la película, sin saber si sería ficción o documental. En realidad, lo que quería era filmar la vida de David, de su familia. Quería hacer una película que los representara a ellos, pero que, cinematográficamente, me representara a mí también. Con las herramientas
del cine, buscaba el modo de acercarme a la intimidad que puede tener la ficción y, a la vez, mirar lo cotidiano, esos momentos que de ordinario nos pasan totalmente desapercibidos, pero que el cine puede subrayar para contar mucho sobre nosotros, sobre quiénes somos, sin necesidad de dramaturgias muy elaboradas.

Y esa dificultad inicial de la estrechez del espacio pasó aser parte esencial de la personalidad de la película, incluso desde el punto de vista estilístico…
Sí, claro, porque la búsqueda estética, en buena parte, consistía en encontrar la distancia justa para estar cerca de los personajes, pero permitiéndoles sentirse libres. La distancia, el jugar con la luz para acercarme a las películas de ficción que me gustan…

¿Por ejemplo?
Pues, por ejemplo, después de hacer mi peli, vi Sieranevada, de Cristi Puiu, y me pareció que en ciertos puntos estaba muy cerca de la mía. Como también puede tener similitudes Verano 1993, de Carla Simón, aunque desde puntos de vista distintos y contando cosas muy diferentes. Me refiero a sugerir ideas, a no subrayar todo el rato lo que quieres contar y por dónde quieres ir, y a hacer una película viva y que te dé ganas de vivir a pesar de las diferentes situaciones dramáticas que puedan atravesar los personajes.

El rodaje fue tremendamente largo…
Cinco años y medio. Pero, claro, filmábamos todo en invierno. La película está contada con Niñato en un presente continuo, solo se ve el paso del tiempo en momentos determinados, con los niños, y se nota al final, cuando se siente como un peso… Para hacer eso, siempre filmamos en otoño e invierno, así manteníamos la continuidad lumínica, de vestuario… Filmábamos uno o dos días a la semana, y después, en primavera-verano, me juntaba con Ana Pfaff [montadora], veíamos el material, decidíamos qué nos interesaba y, a la vez, pensábamos qué podríamos querer para el año siguiente. Así fuimos construyendo la película.

Habla usted de optimismo, pero la situación material de Niñato y los suyos tampoco es para tirar cohetes.
La película está rodada en pleno apogeo de la crisis, pero mucha gente como Niñato ya la vivía mucho antes de que estallase. El optimismo, por otro lado, le viene también de su pasión por la música, de su actitud con los niños, sus hijos… Es la ilusión por hacer, por vivir, y se la contagia a ellos, que además tienen esa energía natural que da siempre la posibilidad de aprender. David está aprendiendo a ser padre y el niño aprende a ser niño. Para mí, siempre que tengas ganas de aprender, mejorarás, serás mejor persona.

¿Diría usted que ese podría ser el planteamiento político de Niñato?
Toda película es política. La sola elección de qué y cómo filmas ya es política. Para mí, la política en esta película está, básicamente, en la decisión de David de no aceptar un trabajo convencional de mierda por 600 euros y renunciar a hacer música, que es su sueño de siempre. Esa energía es la que alimenta a los niños. Y yo creo que esa manera de hacer las cosas es el único modo de transformar la sociedad.

¿Habla de quedarse al margen del sistema?
No tanto eso, sino cambiar a las personas íntimamente para cambiar la sociedad. Tiene más que ver con la educación, y posiblemente, en ese sentido, los niños son la semilla que deja para intentar transformar una sociedad que él no pudo o no supo cambiar. Está abriendo caminos que ni a él ni a mí nos abrieron cuando éramos pequeños.

¿Algo que añadir?
Quizá que lo que me parece muy interesante es el ver cómo un padre le enseña autonomía a su hijo, cuando él no puede tener la mínima que se espera de un adulto hoy en día. Y el cambio de roles: es la mujer la que sale a trabajar, mientras él se queda con los niños. Y todos están juntos: él, ella, los niños, los abuelos…


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