Annemarie Jacir: “Cuando en Palestina se asesina a tiros a civiles desarmados, no se puede hablar de ‘enfrentamientos'”

· 30 de abril, 2018

Wajib. Una tradición que obliga a los palestinos a ir casa por casa entregando en mano las invitaciones de boda. Esta es la excusa de la que se sirve la realizadora Annemarie Jacir, palestina de rancia familia cristiana, para mostrar en Invitación de boda (Wajib) la resistencia de su pueblo a dejarse arrebatar la identidad e incluso la existencia.

Annemarie Jacir es una cineasta palestina, perteneciente a una antigua familia cristiana de Belén, que ha dirigido y producido casi una veintena de títulos. Su cortometraje Como veinte imposibles (2003) fue el primero de la cinematografía árabe en ser seleccionado oficialmente en Cannes, y terminaría alcanzando la final de los Óscar de Hollywood. Más tarde, en 2008, La sal de este mar sería el primer largometraje dirigido por una mujer palestina nominado a los Óscar como mejor película en lengua no inglesa, como ocurriría de nuevo en 2012, con Al verte, mejor película asiática en la edición número 63 de la Berlinale.

Invitación de boda (Wajib) se estrena justo cuando la tierra natal de Jacir vive otro momento dramático a raíz de la protesta denominada la Gran Marcha del Retorno. Es inevitable, por lo tanto, empezar esta conversación con la directora demandándole su opinión al respecto.
«Creo y espero que en el futuro se encuentre una solución justa y pacífica –responde la cineasta y escritora–. Tengo esperanza, a pesar de todo lo que está sucediendo en Palestina, precisamente porque, en este momento, miles de hombres, mujeres y niños en Gaza se acercan a la frontera para exigir sus derechos básicos como seres humanos. Y eso no son enfrentamientos. Cuando los civiles desarmados son asesinados a tiros no se puede hablar de enfrentamientos. Son refugiados que no tienen nada, que viven en la prisión más grande del mundo, y a los que un ejército les dispara. Ni un solo israelí ha sido herido, ni siquiera tocado, por un manifestante palestino en los últimos días, mientras que los francotiradores israelíes han asesinado a más de veinte personas y herido a mil cuatrocientas. ¡Y los medios occidentales insisten en hablar de enfrentamientos! Sí, a pesar de todo esto, tengo que creer que llegará una paz justa. Precisamente, porque gente como la de Gaza se despierta cada mañana e insiste en vivir. Insisten en la belleza de la vida y están dispuestos a marchar hacia uno de los ejércitos más poderosos del mundo para decirle: «¡No podéis seguir tratándonos de esta manera!».

¿Se siente usted parte de la lucha de su pueblo con la cámara en la mano?
Nuestra realidad es negada; nuestra existencia, borrada. El gobierno israelí incluso ha convertido en algo ilegal que enseñemos nuestra propia historia en nuestras propias escuelas. Nos ha prohibido decir la palabra nakba [catástrofe o desastre; es el término utilizado para referirse al éxodo palestino]. Sí, cada película, cada poema, cada canción y cada historia que logramos contar es un acto de resistencia que dice que nos negamos a ser aplastados.

Su película nos permite ver las interioridades de un universo en el que conviven varios conflictos: el familiar, el generacional, el político…. ¿Cuál de todos ellos señalaría usted como central?
Que hay una potencia colonial, con uno de los ejércitos más fuertes del mundo, que nos presiona en Nazaret, en Jaffa, en Gaza, en Belén, en Jerusalén… Hasta que los palestinos sean libres, estén donde estén, no habrá paz. Y cuando uno habla de paz, hay que tener claro de qué tipo de paz se está hablando. Yo hablo de una paz justa, una paz que permita que todos los pueblos vivan en libertad e igualdad, sin importar su religión, etnia o clase social.

La resistencia de la identidad a través de una tradición como la que muestra su película…
Una de las cosas que me pareció más interesante cuando escribí la película fue que, en el norte de Palestina, la antigua tradición de entregar en mano las invitaciones de boda fuera tan fuerte y estuviera tan viva. Comprendí que era una forma de no olvidar su propia identidad, aun cuando conviven con un millón de contradicciones, el aislamiento y las amenazas a su existencia.

Cuando destaca la beligerancia del hijo que vive en Roma contra las circunstancias de su padre, que ha de arreglárselas para continuar en una situación tan difícil, se coloca usted en una posición muy neutral…
No quería tomar el partido por Shadi [el hijo] ni por Abu Shadi [el padre], aunque política y emocionalmente estoy más de acuerdo con uno de ellos. Pero mi idea era mostrar a dos hombres adultos con su propia realidad, dos personas que han tomado decisiones diferentes en sus vidas. En lo esencial sí están de acuerdo, pero se han perdido el uno al otro y están tratando de encontrar una manera de reconciliarse. Yo quería que el final fuera un momento tranquilo, sin respuestas, pero que también mostrara esa conexión entre dos personas que se aman mucho y que necesitan aceptarse el uno al otro.

En su película también juega un papel importante… no digamos la mentira, pero sí la ocultación de ciertas realidades como forma de autoafirmación. Y al mismo tiempo traslucen el cariño que late por debajo de las diferencias ideológicas o de otra índole.
En realidad, Shadi y Abu Shadi tienen mucho en común. Ambos lo sienten, pero no lo admiten. Y es que, a veces, los seres humanos somos más duros con las personas que nos recuerdan a nosotros mismos. ¿Por qué está tan obsesionado con las debilidades de su padre? Porque sabe que también son las suyas y no le gusta, así que ataca a su padre.

La película muestra a la comunidad palestina cristiana, a la que pertenece su familia, que aquí, en España, es bastante desconocida. ¿Hay diferencia entre el estatus de los palestinos árabes y los cristianos en la actual relación con Israel?
La película no habla solo de la comunidad cristiana palestina, sino sobre todos los palestinos en Nazaret, porque los personajes son cristianos y musulmanes. Nazaret es una ciudad 60% musulmana y 40% cristiana. Shadi y Abu Shadi son laicos, pero algunos de sus familiares son cristianos. La madre de Shadi era musulmana. Visitan varios hogares musulmanes en la película. Así que he intentado retratar la imagen de una ciudad mixta, no solo en términos de religión, sino también en términos de clase social. Cristianos y musulmanes son palestinos y están unidos en su lucha contra el ocupante colonial. Libran la misma batalla por existir, para evitar ser borrados del mapa y para aferrarse a sus tierras. Los cristianos palestinos también se han convertido en refugiados y no se les otorgan derechos bajo el estado de Israel. Las ciudades más sagradas del cristianismo, como Jerusalén y como mi propia ciudad, Belén, permanecen bajo la ocupación israelí, y esto debe terminar.

Imagino que tiene más proyectos entre manos. ¿Podemos saber algo de ellos?
En este momento estoy trabajando con mi familia para renovar y restaurar nuestra casa familiar en Belén, que tiene 127 años de antigüedad y que abriremos este año como un espacio comunitario y artístico, Dar Yusuf Jacir. También estoy escribiendo mi próxima película.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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