Lilian Rosado y Pedro Pérez Rosado: «Antes uno podía dedicarse a ser artista»

· 17 de abril, 2018

Fotografía: Photopithecus


Pareja artística y pareja en la vida real. Pedro Pérez Rosado, director, y Lilian Rosado, guionista, han vuelto por sus fueros cinematográficos con un drama enraizado en tierras valencianas y en las consecuencias de la crisis que a tanta gente se llevó por delante. Cine con Morvedre, los Lagartijas, sarcasmo… y mucho esfuerzo.

La coincidencia de un apellido tan característico como Rosado todavía provoca alguna que otra confusión. Pero no, el realizador Pedro Pérez Rosado, valenciano, y la guionista de origen cubano Lilian Rosado González son pareja personal y artística, sin parentesco previo alguno. Dicho queda. Otra vez… Aunque a nosotros, como es lógico, únicamente nos interesa el segundo de los tándems mencionados, el artístico, que ha vuelto a los cines con una comedia dramática, esta sí ciento por ciento valenciana, con más de un tropezón de mala leche (humor negro, e incluso sarcasmo, para ser justos) y algunos sorprendentes pero en absoluto terroríficos aires sobrenaturales…

El sueño de las lagartijas, que así se titula la película estrenada en viernes 13 de la mano de Seven Films, es uno de esos títulos que juegan con las polisemias. Por los Lagartijas, que es el sobrenombre popular de la familia protagonista («los motes en los pueblos ya se sabe –comenta el director de Wilaya y Agua con sal, entre otros títulos–. En el pueblo de mi abuelo son los Rojos, sin que tenga nada que ver con la política…»)–, y que, ya en femenino y con minúscula, son esos pequeños reptiles protegidos que siempre vemos calentándose al sol, hasta que ellos nos ven a nosotros y se ocultan a la velocidad del rayo. «Pero es que, además, si pierden el rabo les vuelve a crecer», añade el realizador como regresando a cierto asombro del tiempo de los pantalones cortos y el trompo, lo que nos lleva al mismísimo meollo de una historia protagonizada por personas con muchísimas cosas rotas, por dentro y por fuera, y además muy difícilmente recuperables.

Los Lagartijas son de pueblo (el público valenciano lo situará sin dificultad en la zona del Camp de Morvedre), gente que ha sufrido en sus carnes los aires de grandeza (aquellos sueños…) cuando todo el mundo ataba los perros con longanizas, primero, y después el zarpazo inmisericorde de la crisis, que puso a los altos más arriba y a los bajitos a ras de suelo, o quizá un poco más abajo aún, puede que para que no se les ocurriera volver a soñar con levantarse…  Más concretamente, y en lo que a la película que nos ocupa se refiere: «No sale directamente –explica el realizador–, pero el padre del protagonista masculino [papel que interpreta Ximo Solano] era uno de esos constructores que se hincharon a levantar edificios en espacios donde las lagartijas vivían coleando a sus anchas, hasta que…».

Hasta que estalló la puñetera crisis y, entre otros muchos millones de vecinos de pueblos y ciudades, zarandeó como a peleles a los Lagartijas de Morvedre, y el mundo se les puso patas arriba, aunque ellos no se resignan y son capaces de idear una auténtica animalada para conseguir, por las buenas o a la tremenda, que todo vuelva a ser como antes.

Los Rosado, claro está, entienden perfectamente a los Lagartijas, que para eso los han parido prácticamente a cuatro manos a partir de la propia crisis de su oficio. «Hoy es muy jodido hacer cine –nos dice Lilian–. Tan jodido que cuando te sientas a escribir una historia ya no solo estás pensando en los personajes, en las peripecias… Piensas también en la producción. Antes uno podía dedicarse a ser artista, a soñar, a contar historias con lluvias y truenos y no sé qué más… Pero cuando hoy entras en la realidad de la producción te das cuenta de las limitaciones. Si no hay un presupuesto, tienes que inventar muchas cosas. Y los Lagartijas son precisamente eso, una familia que no llega a más y a la que, para salir de esa situación que los desespera, no se les ocurre más que una barbaridad».

«Es evidente que, además, no estamos en Madrid –interviene Pedro–. Ni siquiera en València. Y somos de cultura mediterránea. La crisis, el pueblo, la miseria económica que atraviesa la profesión y la cultura en general… De ahí salen los Lagartijas, que son eso, pueblo. Eso sí –acota–, todo tamizado por la mirada bonita y siempre bienvenida de la mediterraneidad».

A esta familia de los Lagartijas (además de Ximo Solano, forman parte de ella Lola Moltó, María Minaya, Abdelatif Hwidar y Paula Braguinsky) venida a menos, la ruina, económica primero y después también moral, les llevará a «caer en la maldición del autoengaño –explica el realizador–. Vicent no deja de ser un policía local viviendo en una casa fabulosa que no puede mantener, mientras que su esposa no deja de ser una señora con criada que, a su vez, tiene que trabajar de criada en la capital. Pura y dura hipocresía. ¿Y dirás que es ficción? Pues no. Eso está sacado de la realidad –continúa Pedro Pérez Rosado. Es gente como otra mucha que se empeña en mantener el estatus a toda costa y, claro, a costa de perder la dignidad».

«Y luego está el hijo –tercia la guionista–, que no es más que el reflejo del padre. En realidad, esta es una película de perdedores, porque en medio de su crisis, en medio de cualquier crisis, no hay tablas de salvación: o sales tú solo o te hundes, y la mayoría de las veces te hundes sin remedio. Incluso las lagartijas, que regeneran el rabo… Las crisis tan fuertes lo transforman todo: el amor, las relaciones humanas, los sueños, las esperanzas… Y, ante eso, no hay cosa peor que quedarse fuera de sitio, hasta el punto de que llega el momento que no sabes ni siquiera si perteneces a este planeta en el que vives. Es lo que les pasa a ellos, los Lagartijas».

Los Largartijas, una familia creada mano a mano por la pareja que forman Pedro Pérez Rosado y Lilian Rosado. Mano a mano y bajo el mismo techo. «Un auténtico coñazo –dice ella–. Tenemos perfectamente delimitadas las áreas, pero es imposible evitar comentar y discutir mientras haces la comida, la vida privada se confunde con el cine». Como ahora, que ya están inmersos en su próximo trabajo, una historia en valenciano sobre una mujer mayor con unas alas enormes. Una historia de amor entre dos personas mayores, muy local, muy nuestra. Y las alas, ¿de verdad o de mentira? «De verdad», dice él. «No, simbólicas», dice ella. Y, seguramente por suerte, ya se ha liado otra vez…

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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