Divinas palabras bailadas

· 10 de abril, 2018

Fotografía: Vicente A. Jiménez


Texto: Susana Golf

Si nosotras paramos, se para el mundo. Si no bailamos, también. #Elles es mouen es el lema de la trigésima primera edición de Dansa València. Una mujer, Mar Jiménez, debuta al frente del certamen del Institut Valencià de Cultura (IVC), con autoría femenina mayoritaria y obras que abordan la problemática de género. Como todos los años, abril pone al mundo en danza.

Una de las obras que forma parte del programa (y es producción de la Generalitat Valenciana) es un clásico de Ramón María del Valle-Inclán. Divinas Palabras, pero sin palabras. Esta pieza teatral «inmensa» ha servido a Rosángeles y Edison Valls para «arrancar» la base de su trabajo coreográfico. No es raro. Los trabajos de los hermanos Valls [Ananda Dansa] tienen esa peculiaridad: la presencia, el contundente peso, de la dramaturgia. Hasta el punto de condicionar las coreografías. Al menos, en el caso de esta complicada comedia bárbara-esperpento. Estas Divines Paraules carecerán de palabras, pero en ningún caso de la historia. A los espectadores, rompiendo la cuarta pared, se les invita a «leer» negro, barroco, brutal, salvaje, actual, denuncia, pasión… a «leer» en el cuerpo de los bailarines [Los cuerpos son letras y las letras son cuerpos, decía la coreógrafa norteamericana Marianne Goldberg]. Las emociones transitan en la música (inspirada en el Misteri d’Elx) y en la danza, en los «maravillosos bailarines-intérpretes», matiza Rosángeles. No sólo las emociones. También los pensamientos. «Yo entiendo -explica la creadora- al bailarín no como un cuerpo sino como una cabeza cuyo cuerpo traduce y transmite las emociones y las ideas, los pensamientos que se expresarían con la palabra». El baile empezaría, pues, en el cerebro. Por eso teatro y danza están, en su visión, tan tan cerca. Son casi lo mismo.

Es la primera vez que Rosángeles y Edison Valls se ponen al frente de una producción pública, del Institut Valencià de Cultura, y cuentan con bailarines del Ballet de la Generalitat. Esto les ha permitido disponer de doce artistas sobre el escenario – Ananda, una compañía independiente prácticamente sin ayudas a pesar del cúmulo de premios (el Nacional de Danza y 10 Max, entre otros) no habría podido permitírselo ni girar con esta obra-. Rosángeles aclara que, a nivel creativo,han trabajado «con total libertad».

En Divinas Palabras, la pieza teatral y en Divines Paraules, la obra coreográfica, se oponen constantemente dos mundos, dos conceptos, dos filosofías: lo profano y lo divino. Entiéndase por divino -y por profano-la razón y el instinto, el orden y el caos, la ley y el delito, lo moral y lo inmoral o lo políticamente correcto, o no. Esto -y sacar la tragedia o tragicomedia o dramatragicomedia de su tiempo, el siglo XIX, y su espacio geográfico, la Galicia rural (no la busquen, esto es el Mediterráneo)- hace que el relato no esté tan distanciado de la actualidad como pudiera parecer. «No -dice Rosàngeles Valls- no son ‘aquellas’ divinas palabras, sino ‘nuestras’ divinas palabras y, en ese eterno debate divino-profano, deambulan por desgracia todavía por la contemporaneidad». A saber: los pecados capitales, sobre todo la avaricia y la lujuria, o las grandes pasiones que arrastran a los personajes valleinclanescos.

Ese, y la fidelidad al texto original, insiste Rosàngeles, son el ‘peso’ citado de la dramaturgia. Aunque el trabajo coreográfico tenga valor per se y pueda ser «leído» por cualquier espectador, conocedor o no de la obra escrita, de la edad o condición que sea. Hay cosas, destaca la coreógrafa, que trascienden el momento, el lugar y hasta las palabras: el «humor macabro» tan típico del autor, la pena que despierta el enano deforme explotado, la riña entre cuñadas, la pederastia, el incesto o el impulso sexual… El impulso sexual (el «demonio» en el drama) o María Gaila. El gran personaje femenino de la trama. En una obra (co)dirigida por una mujer. En un festival en el que 19 de los 11 espectáculos programados llevan firma femenina. En un festival que lleva por lema #Elles es mouen. Esta María Gaila de aquí y ahora, la mujer atrapada en un matrimonio sin sexo que busca liberarse, está más reforzada, más empoderada.

El sexo es la energía que libera a María Gaila como marcharse de su casa hace libre a Nora [Casa de Muñecas, Henrik Ibsen]. El paralelismo feminista lleva el copy de Rosángeles Valls. Ella es una de esas creadoras en las que se centra este Dansa València. Una de las referentes, de las veteranas, de las consolidadas, junto a Sol Picó o Mariantònia Oliver, que compartirán cartel con jóvenes promesas como Las Hermanas Gestring o Judith Argomaniz. Mujeres en danza… El universo danzístico es histórica -y numéricamente- territorio femenino pero ¿existe también brecha? «No brecha, no brecha salarial por ejemplo -aclara la coreógrafa- pero como hay menos coreógrafos y bailarines ellos tienen mayor visibilidad y notoriedad, y eso también es discriminación, discriminación positiva». La codirectora de Ananda Dansa aplaude la iniciativa del IVC-GVA: «Está muy bien que todos, todos, trabajemos en ese sentido, el de visibilizar a las mujeres en el ámbito de la creación, el de la política o el que sea».

Por eso en el festival varios títulos tratan abiertamente la cuestión de género, ya sea desde lo anatómico –Pélvico de la compañía de Asun Noales-; Lo inevitable, diluir las fronteras entre géneros, por lo que aboga Dunatacà; lo histórico -Sol Picó se pregunta en We Women a qué se debe el olvido de la contribución femenina al arte-; lo biológico -Mariantònia Oliver trabaja con mujeres de entre setenta y ochenta años para reivindicar la madurez del cuerpo en Las muchas- o el punto de vista masculino –Me impusieron ser un hombre, como un deber, o lo que es lo mismo y por eliminación, el no ser una mujer [dicen ellos en La maldición de los hombres Malboro de Isabel Vázquez]… Mujeres en danza.


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