Satué «La mediocridad se ha elevado a categoría»

· 28 de marzo, 2018

Texto: Carles Gámez

Como otros niños crecidos en la postguerra Enric Satué (Barcelona, 1938) tuvo su primer aprendizaje visual en las páginas del TBO. «Recuerdo los dibujos estructurados y sintéticos de un tal Urda, que complementaba con tipografías dibujadas a mano. Eran una suerte de viñetas, autónomas unas de otras, que ahora me parecen auténticos protodiseños. Entonces no lo sabía, pero ahora pienso si mi fijación por ellos no se debió a una precoz sintonía con el diseño gráfico». Una temprana vocación por el dibujo y su matriculación en la Facultad de Bellas Artes señalan sus primeros pasos hacia la disciplina del diseño. «El diseñador gráfico como tal no existía.

Estaban el cartelista, al cual se homologaba con el artista, y el dibujante, un profesional anónimo y gregario destinado a dibujar anuncios, cubiertas de libro o propaganda comercial en general». «Vivíamos en una pobreza cultural difícil de creer, militarizada y clericalizada, y las novedades europeas se transmitían con cuentagotas. Para los aficionados, el diseño llegaba en unas pocas revistas extranjeras. El diseño suspiraba por ser, pero existir, no existía». Premio Nacional de Diseño en 1988, Enric Satué ha colaborado decisivamente a ponerle cara y ojos al diseño español en los últimos cincuenta años. Desde sus primeros trabajos para la revista CAU, más tarde continuados en Arquitectura Bis, su colaboración con editoriales, Alfaguara, Taurus, RBA y la emblemática Colección Austral de Espasa Calpe, cartelismo (Juegos Olímpicos Barcelona 92), logos como los del Instituto Cervantes o el diseño de la mayor parte de la discografía de Joan Manuel Serrat. «Me considero deudor de la llamada Escuela Suiza y la tipografía Helvética, y del imaginativo diseño gráfico norteamericano (mejor dicho, neoyorquino), estilos aparecidos en la década de los cincuenta y desarrollados en los sesenta y setenta». A las referencias exteriores, su compromiso con la propia historia del diseño en España. «Me siento como humilde continuador del original e interesantísimo diseño practicado en España durante la Segunda República».

Estudioso y divulgador de la propia historia del diseño gráfico ha vivido las turbulencias de la revolución digital. «Creo que ha elevado la mediocridad a categoría» señala categóricamente.
Y reflexiona. «Puede que se haya evaporado la genialidad, escasa como el uranio, pero en cambio se ha mejorado muy notablemente la media, hasta el punto de dejar el diseño en un nivel de calidad de la comunicación visual bastante digno». Y lo contrapone a lo sucedido en otros ámbitos. «Por ahora, se salva del aberrante mal gusto global que representan la infame arquitectura de la especulación inmobiliaria, los banales platós de los estudios de televisión —escenarios de la industria del espectáculo comunicativo—, o el vulgar espectáculo kitsch que ofrece el incesante desfile turístico».

«Parece una perogrullada, pero sin cliente no hay diseño» subraya Satué sobre las relaciones de «dependencias» entre cliente y diseñador. «El diseñador es un mero intermediario, y será en la medida que uno y otro se entiendan y confabulen, que el resultado final sea un éxito». Y apunta: «Muy a menudo, del fracaso son responsables factores que se hallan más allá del cliente y el diseñador: en el contexto social o en las estructuras del país». «Todo diseño contiene dos tipos de mensaje: uno coyuntural, perecedero, y otro intemporal, de larga duración.
El primero se ofrece al consumo materialista y su vigencia la determina el tiempo. En cambio, el segundo connota unas derivadas culturales, ajenas al mensaje literal, que superan fácilmente su época». «Es por eso que un diseño añejo suele despertar nostalgias, por más que el mensaje que transmite a las generaciones posteriores a su creación sea objetivamente desfasado». Investigador infatigable de los misterios tipográficos reconoce haber «encontrado la piedra filosofal» al final de su trayectoria.

«Nicolas Jenson grabó en 1470 una tipografía de un estilo llamado romana, que ha marcado la historia de punta a cabo. Pese a figurar en el mercado una versión deficiente, casi apócrifa, los diseñadores de los grandes tipos históricos de romana que la sucedieron, han coincidido sin ninguna excepción en considerarla el modelo insuperable». Y enumera sus amores tipográficos. «La tipografía Garamond, cercana a la Jenson original, la considero genial; la elegante estilización que supone la Bodoni, también; su contrafigura, la Clarendon,me encanta; y por supuesto, las versiones de palo Futura y Helvetica, con su funcionalidad no exenta de belleza». Y confiesa que le hubiera gustado «haber diseñado la señal de tráfico que indica irección prohibida», «original como una bandera» y el diseño del símbolo de Nueva York I love NY creado por Milton Glaser «divertido y ecuménico». «Con eso me sentiría en la gloria, como un verdadero elegido del diseño gráfico».


Te puede interesar...