Paúl Urkijo Alijo: “Me caen bien los demonios”

· 6 de marzo, 2018

Un cuento de la tradición oral vasca le ha servido a Paúl Urkijo Alijo para estrenarse en el largometraje cinematográfico. Errementari es una fantasía gótica rodada en el antiguo euskara alavés y que mete al espectador directamente en el infierno.

Errementari. El herrero y el diablo: Alfredo, comisario del Gobierno español, llega a un pueblecito de Araba/Álava. Corre 1841, ocho años después del final de la Primera Guerra Carlista. Alfredo está interesado en un asunto que le conducirá a una herrería en las profundidades del bosque, donde, en total aislamiento, vive el arisco y peligroso Patxi, sobre el que circulan terribles historias relacionadas incluso con pactos diabólicos. Un aterrador misterio que empezará a desvelarse cuando las circunstancias hagan que Usue, una niña del pueblo, entre en ese temido lugar.

Hemos leído por ahí que este era su cuento favorito cuando era niño. Vamos, que ya apuntaba usted maneras…
Sí, este cuento, que pertenece a la tradición oral vasca. Lo recogió Bariandarán [el sacerdote José Miguel de Barandiarán y Ayerbe fue un antropólogo, etnólgo y arqueólogo, cuya importancia pasó muy desapercibida en la España del siglo XX (no así en el extranjero), donde se negaba incluso la existencia de, entre otras, una cultura vasca con entidad propia], y así me llegó una versión para niños. A mí me hacía mucha gracia y me caían muy simpáticos los demonios, que sufrían las gamberradas del herrero. En realidad, siempre me han encantado los monstruos, el cine de género…, y siempre pensé que este cuento en concreto tenía claves muy interesantes para desarrollar una película, con esos personajes tan oscuros, capaces de generar situaciones muy cómicas también.

Una historia sencilla, que crece con elementos como las interpretaciones, el ritmo, el diseño de producción… No deja de ser llamativo en una ópera prima, por más que tenga experiencia en el cortometraje.
Pero me ha costado siete años levantar la película. Yo estudié Bellas Artes y soy ilustrador también, de manera que cuando empiezo a desarrollar un guion voy trabajando paralelamente el aspecto visual. Tenía claro desde el principio que esta iba a ser una película gótica, oscura, con una ambientación muy barroca, recargada, con contraluces, fuego… Para mí, la estética va íntimamente unida a la sinopsis, porque la experiencia cinematográfica es un todo. Tenía muy claro que quería hacer un cuento de terror gótico.

La película estaba clara en el papel, ¿pero también en lo físico? Las localizaciones, por ejemplo, son clave en esta historia.
Sí, tenía las localizaciones muy cerradas. Conocía las herrerías [en la película hay dos, una para el exterior y otra para el interior], conozco muy bien los bosques de la zona, los pueblos… Ya cuando desarrollé el dossier de la película para buscar dinero, edité un libro con ilustraciones, fotos de las localizaciones… Tenía mucha información. En cuanto al rodaje, fueron siete semanas, en invierno, y fue muy bonito, la verdad. Esta es una película compleja en cuanto a producción, con una puesta en escena bastante ambiciosa, que requiere mucho trabajo, y teníamos un presupuesto relativamente pequeño. Esto exigió mucho trabajo de los técnicos, mucho trabajo en equipo… Ha sido duro, la verdad. Yo, por ejemplo, como director, he tenido que optimizar muchísimo las tomas, los planos…

Pero la entrada de Álex de la Iglesia en la producción habrá sido una bocanada de oxígeno, ¿no?
Cuando apareció Álex, nosotros ya íbamos a ir a rodar, ya teníamos el presupuesto. De manera que su aportación ha servido más para poder terminar bien la postproducción y para el tema de la distribución.

Vamos, que se apuntó a caballo ganador…
Bueno, no exactamente. También es verdad que me aconsejó durante el montaje y sin imponer absolutamente nada. En ese sentido, ha sido una gozada para mí porque le admiro mucho. Desde luego, el hecho de que salga su nombre en el cartel, quieras o no, hace que la película tenga mucha más difusión, y eso es un lujo.

Por la propia estructura del guion, la postproducción habrá sido muchísimo más intensa en la parte final de la historia. Vamos, que no debe de ser nada fácil entrar en el mismísimo infierno.
Sí, la última semana de rodaje fue en plató, todo con chroma y una parte de decorado. Claro, ahí hay mucho digital, muchísimos extras… Y yo he hecho también el montaje, la postproducción.

El típico cineasta orquesta.
Claro, las últimas generaciones de cortometrajistas y demás hemos tenido la tecnología más accesible, de modo que puedes tener en casa programas muy potentes. También tenía la experiencia de haber hecho algún cortometraje de animación 3D, y al ser ilustrador me gusta mucho también ese mundillo.

La iconografía infernal de la película está dentro de cánones absolutamente clásicos. ¿Es elección suya o vino determinada por el acercamiento al público?
Un poco de todo. Desde luego, mi imaginería es el resultado de lo que yo he ido consumiendo a lo largo del tiempo. Dicho de otro modo, yo creo que la originalidad de cada autor no es más que el compendio de todo lo que ha mamado, traducido mediante ciertas combinaciones que después serán más o menos originales. En mi caso, tenía claro que mi cuento de demonios tenía que ser lo más tradicional posible. El demonio tenía que ser rojo, tener cuernos, y rabo en punta de flecha… Alguien podría pensar en principio que eso quizá fuera ridículo, pero yo creo que es lo más potente, precisamente, porque es la imagen que todos tenemos interiorizada de ese universo. Ocurre igual con el infierno, con esa iconografía que viene de las pinturas medievales, del akelarre, las puertas del infierno, las fauces, los tormentos, las almas gritando… Una de las cosas que más me apetecían de esta película era traladar precisamente a ella todo ese mundo dantesco, y poner demonios en pantalla, lo más divertido de todo.

Si dejamos la forma y entramos en el contenido, Errementari también tiene su aquel, porque juega un poco con el espectador en cuanto a la moral, los conceptos del bien y el mal…
Claro, es que a mí me caen muy bien los monstruos en general y los demonios en particular; no sé por qué, pero me caen bien. Por eso me gusta ir contra los prejuicios. Si tú no eres capaz de atravesar ciertas líneas para conocer lo que tienes enfrente, a ese supuesto enemigo, nunca sabrás lo que hay de verdad. Y, claro, si hablamos de un cuento de demonios donde hay curas, niños, un herrero malísimo… Quizá las cosas no sean lo que parecen porque, aparte de las apariencias, todos tenemos nuestros infiernos personales. Creo que eso es lo interesante también de la película, que si como espectador vas quitando las capas de la cebolla, al final te puedes encontrar con algo muy parecido a ti. ¿Qué es el infierno: un lugar, un estado mental…? Esa es la cuestión.

Pues una última cuestión, relacionada con el idioma. No solo utiliza el euskara, sino un alavés antiguo, prácticamente desaparecido ya.
Es un cuento vasco y yo soy euskaldún, de manera que para mí era absolutamente lógico y me apetecía mucho. Pero es que, además, cuando íbamos a mercados internacionales, como a Berlín, lo aplaudían porque lo hacía todo mucho más interesante. De repente, estabas mostrando una película más exótica, con un color diferente.. Yo hablo el euskara batua, pero yo soy alavés y la película está ambientada en la Álava del siglo XIX. Utilizar esa variedad le daba más autenticidad. Por otro lado, los euskaldunes lo entienden igualmente, y a la gente que no habla euskara le da igual: para ellos es un elemento exótico, o, como me han dicho muchas veces, un idioma del demonio…

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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