«En busca del Óscar», primer film español que llega a la Semana de la Crítica de Berlín

· 19 de febrero, 2018

Mañana, martes 20 de septiembre, se estrena en la Berlinale En busca del Óscar, de Octavio Guerra. Se trata del primer filme español de la historia que se exhibe en la Semana de la Crítica del prestigioso certamen internacional alemán. La película, que su director (canario afincado en València desde hace veinte años) encuadra en el género de la no-ficción, está protagonizada por Óscar Peyrou, escritor, periodista y peculiar crítico de cine de origen argentino, que ya se ha convertido en leyenda por su insólito método a la hora de escribir sus críticas («no hace falta ver la película en sí, basta con analizar su cartel…», afirma). Peyrou fue jefe de Cultura Internacional de la Agencia EFE, es el presidente de la Asociación Española de la Prensa Cinematográfica y delegado de FIPRESCI en Madrid. Jubilado y actualmente residente también en València (colabora con la revista Canibaal), los festivales de cine son el motor de su vida. En busca del Óscar está producida por Calibrando Producciones y el propio director de la película, con el apoyo del Institut Valencià de Cultura de la Generalitat Valenciana y con la participación de À Punt Mèdia. Parte del film se rodó en el festival valenciano Cinema Jove. El proyecto también participó el año pasado en la primera edición del DOCS València, concretamente, en su DocsLab.

Octavio Guerra estudió en varias escuelas de cine y talleres en València y realizó el cortometraje La máquina de los rusos (nominado al Goya en 2015). Su primer largometraje documental, Agua bendita, recorrió más de medio centenar de festivales internacionales, entre ellos, Toulouse y La Habana. En busca del Óscar es el segundo.

¿Qué se siente cuando uno va a estrenar mundialmente en la Semana de la Crítica de Berlín?
Un poco de vértigo, la verdad. Es algo que para nada esperábamos. Pensábamos que el recorrido de la película iba a ser mucho más modesto, y cuando nos llamaron de Berlín… Porque además esa es una programación que hacen los críticos, y nosotros no habíamos tenido ningún tipo de contacto con ellos. Hicieron su propia investigación y nos llamaron, porque se trata de una sección que no tiene convocatoria. Es un orgullo que los críticos alemanes consideren En busca del Óscar como una las películas más interesantes del año, porque además teníamos la intuición de que los programadores no estaban aceptándola muy bien, no sé por qué, quizá porque les incomodaba…; nos temíamos que quizá no iba a salir bien del cajón. La sorpresa fue mayúscula cuando vimos que los críticos la han entendido, la han recibido con sentido del humor y son ellos mismos los que la abren. Toda una satisfacción. No se me ocurre un lugar más perfecto para estrenarla que en una Semana de la Crítica de la Berlinale.

Sentido del humor tiene, desde luego. Pero quizá sería bueno empezar aclarando cuánto tiene En busca del Óscar de ficción y cuánto de documental.
Realmente, ese es un tema que también tiene que ver con la programación, con el encasillado…, un problema de los programadores, que se preguntarán dónde la meten. Pero esto se lleva haciendo desde hace mucho mucho tiempo, desde que Flaherty hizo Nanuk, el esquimal, fíjate si ha llovido ya [Nakuk, el esquimalNanook of the North– es un docudrama de 1922, dirigido por el cineasta estadounidense Robert J. Flaherty. Está considerado como el primer documental de la historia del cine], y luego todas las corrientes que han ido utilizando este género, que está entre la ficción y el documental. De modo que yo diría que el concepto que mejor le va es el de no-ficción. En el caso concreto de En busca del Óscar, yo creo que desentrañar qué es realidad y qué ficción agotaría el misterio de la película. Lo que se ve en ella es todo real, pero hay momentos en los que se juega más con la puesta en escena, con la exageración, con otra realidad… En definitiva, lo que hemos intentado hacer es una película utilizando todas las herramientas de la ficción, que tienen más que ver con la narrativa, con el estilo, con la forma…, y, por otra parte,un producto que es muy documental porque el protagonista existe realmente y todo lo que le pasa en la película también es real, por más que muchas cosas están predispuestas o, digamos, conducidas para el desarrollo de una trama. Claro, lógicamente, la película se mueve en el campo de la subjetividad, y es en ese territorio de frontera donde se acomoda.

Abundando en ese carácter fronterizo, por el propio desarrollo y la factura de la película da la impresión de que en buena medida se ha construido durante el montaje.
Sí, por supuesto. Pero es que habría que empezar por decir que este género es imposible concebirlo en un papel. Hemos estado rodando con Óscar Peyrou durante tres años, y luego hemos trabajado en el montaje durante un año. Lógicamente, todo lo que tiene que ver con el camino hacia la producción (rodaje, montaje…), todo ha ido cruzándose continuamente, siempre. Este género lo que te pide es precisamente eso, que todo esté vivo. No se pueden cerrar fases, de manera que hay que ir siempre en paralelo hasta el final de la película. El guion se construye siempre intuitivamente; empezando por la idea, que nace de una intuición hacia Óscar, y desde ahí, a cuatro años vista, todo lo que hemos hecho es ir rascando, como quien busda el oro en una mina, hasta que lo encuentras y ya puedes ir sacándolo poco a poco. En este sentido, como bien dices, el guion se construye mucho en montaje, porque ya lo has grabado todo a partir de aquella intución y sabes que tienes una capa política, una capa de escritor, otra de un ser humano que sufre una pérdida, la del irónico o el cínico, una capa más superficial de alguien que dice que escribe sus críticas solo mirando el cartel de las películas… Sabes que todo eso forma parte de Óscar Peyrou y lo vas grabando de manera independiente; pero luego, cuando vas con él a los festivales de cine, te vas dando cuenta de que hay una rutina: sabes que primero desayuna, después va a pasear… De ese modo, vas incorporando todas las capas, y a medida que pasa el tiempo vas más a tiro hecho. Por ejemplo, en Chicago fuimos a por la capa más profunda de Óscar porque ya no nos hacían falta otras que abíamos contado en otro lugar. Y después viene el montaje, por supuesto, que es superimportante y muy difícil, porque ahí también hay que dosificar.

¿Qué tiene tan especial Óscar Peyrou? ¿Realmente merecía la pena tanto esfuerzo para una película que, dejémonos de historias, no va a batir los récords de taquilla el fin de semana del estreno?
Supongo que no batiremos récords, no. Nunca se sabe, pero supongo que no… Estoy de acuerdo con que esta es una película arriesgada, porque además hablas un poco de las vergüenzas del sector de la crítica, o lo pones un poco en cuestión, y realmente no sabes si estás haciendo bien… Pero cuando yo entro en un proyecto no estoy pensando en la película terminada, ni tampoco en su rango comercial, o en qué festival va a estrenarse. Pienso en algo que me ha llamado poderosamente la atención, así que cuando entras en un proyecto y sabes que vas a estar cuatro años, al principio lo testas. De todo lo que grabé con Óscar durante el primer año, no me sirvió nada, sencillamente, porque no se dejó entrar. Sin embargo, yo sabía que tenía cosas muy valiosas y quería sacárselas. Y a medida que fue transcurriendo el tiempo, llegó un momento en que plantamos el trípode y dijimos: ¡Esta es la peli y esto ya es lo que queremos de Óscar! Al año siguiente, ya teníamos una dirección, un patrón claro… Ya teníamos lo que buscábamos.

Óscar Peyrou, en una imagen de la película tomada durante el Festival de Chicago.

Si Óscar Peyrou no se dejaba entrar, ¿por qué aceptó hacer el documental?
No es que no tuviera predisposición; tenía, y mucha. Lo que pasa es que el Óscar que me estaba dando no era el que yo quería. Me estaba dando el Óscar más superficial, el más clown, por así decirlo. Cuando lo conocimos, él vivía un sentimiento de culpabilidad muy fuerte por la muerte de su exmujer, pero a medida que fue pasando el tiempo se lo ha fue quitando de encima. Yo creo que, de algún modo, él también lo empezó todo como una especie de catarsis, sin ser muy consciente de ello: Yo le decía: Esto te va a ayudar. Y él respondía: Puede ser, puede ser… Al principio, no se dejaba tanto, pero cuando ya empecé a conocerlo había un pacto entre ambos, habíamos llegado a un acuerdo. Nos dijimos el uno al otro cuáles eran nuestras líneas rojas, y ahí nos movimos siempre. Porque yo habría podido hacer otra cosa que quizá al público le hubiera gustado mucho más, pero a Óscar no tanto…

¿Cuáles eran esas líneas rojas de Óscar Pyrou?
Tienen que ver con su privacidad. Digamos que se ha abierto hasta donde ha querido.

¿Por qué vive en València?
Dio la casualidad de que, al año de empezar la película, se vino a vivir a València. No sé por qué, Óscar es muy misterioso… Bueno, él tiene amigos, visitaba mucho València, y yo creo que en Madrid se le agotó un poco todo.Le gustaba la ciudad, el clima, y además tiene el AVE… Lleva aquí unos años y está muy contento. Está jubilado pero tiene su actividad con la revista Canibaal, donde él escribe.

En busca del Óscar parece un título que tiene al menos doble intención…
Lo que hablamos: toda la película se maneja entre dos aguas. Cualquier plano, todo lo que dice Óscar, el títuo, el propio cartel… Así que En busca del Óscar tiene muchísimos significados. Y por eso mismo nos gusta mucho, porque remite a unas cuantas cosas de Óscar: el festival de los festivales;  sus fantasmas cuando dice, por ejemplo, nadie me persigue…, sus miedos… Y también remite a su propia actuación en la película y en la vida real.

Supongo que él, como crítico, habrá visto la película y habrá emitido su veredicto, basándose en el cartel…
Cuando terminé la película, me dijo: No le quites ni un plano. Yo sabía que le gustaría, porque durante estos años hablamos mucho de lo que queríamos hacer los dos. Cuando él la vio es verdad que yo estaba un poco nervioso, porque tampoco sabía en qué momento anímico estaba Óscar; pero cuando la vio, le gustó mucho.

La película es densa en el sentido de que tiene profundidad y varias capas, pero al mismo tiempo se ve con facilidad y es incluso divertida por la personalidad del protagonista.
Es un ser humano, no deja de ser un superviviente. La película tiene una dosis autoral bastante marcada, pero que tiene más relación con la forma. Al principio filmabamos con cámaras al hombro, con mucho movimiento, pero nos dimos cuenta de que no funcionaba. En cambio, en el momento en el que paras la camara, la colocas en un trípode y grabas a Óscar, dices, ¡ostras!, ahí hay un retrato. Creemos que la fuerza está fijada ya desde el primer plano, cuando sale ese cuadro de su bisabuelo que es magífico: estamos hablando de 1893 ,y es un cuadro de un simbolista argentino, con un paisaje quemado… Y luego hay que tener en cuenta la familia de donde viene Óscar, que está entre lo militar y lo artístico … Su tío Manuel es uno de los poetas más importantes de argentina, hermano literario de Borges y un gran amigo suyo, por ejemplo. Logicamente, Óscar se educa en una casa donde ve a Bioy Casares, a Borges…

Tengo entendido que hay por ahí otro proyecto relacionado con este, y titulado, al menos en principio, Cómo encontré a Óscar…
Sí, pero digamos que sea sería una película que Óscar y yo estamos proyectando hacerla en un futuro, todavía está en la fase de tenemos ganas de hacerla. Claro, es que se ha quedado mucho material grabado durante estos años… La apuesta sería esa, cómo encontramos a Óscar. No un making…, sino una una historia en sí misma; el proceso, sobre todo, de ese primer año del que te he hablado.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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