Lucrecia Martel: “La identidad es una invención peligrosa”

· 22 de enero, 2018

«Monumental y arrolladora». Desconcertante y embriagadora»… La crítica no ahorra elogios para calificar Zama (en esta revista, Urban, ha recibido la calificación de “obra maestra”), la película con la que Lucrecia Martel vuelve a los cines después de nueve años. Con varios premios ya en su haber, esta coproducción internacional sobre la peripecia de un representante del rey de España en las Indias occidentales también aspira al premio Goya como mejor película hispanoamericana.

Hacía la friolera de nueve años que Lucrecia Martel (La ciénaga; La niña santa; La mujer sin cabeza) no estrenaba un largometraje de ficción. Y la realizadora argentina vuelve a hacerlo ahora, nada menos con un título que, tras haber ganado premios como el especial del jurado en Sevilla; los de mejor dirección, dirección artística, sonido y Fipresci en La Habana, y obtener once nominaciones (incluidas película y dirección) a los Premios Sur, opta también al Goya 2018 como mejor película hispanoamericana.

«Monumental y arrolladora. Desconcertante y embriagadora. Una maravilla extraña y sensual». Son tan sólo algunas de las flores que la crítica especializada le ha lanzado hasta ahora a esta cinta basada en la novela homónima de Antonio Di Benedetto, que narra la peripecia de un funcionario de la Corona española que a finales del siglo XVIII, en una remota colonia sudaméricana, espera en vano el traslado a un sitio más prestigioso. Durante ese interminable y desequilibrante impasse, Diego de Zama sufre humillaciones y manejos políticos mientras sucumbe a la lujuria y a la paranoia». Zama es una coproducción internacional con participación de Argentina, Brasil, España (El Deseo), Francia, Holanda, México, Portugal, EE UU, e incluso de conocidos actores, como el mexicano Gael García Bernal.

Comenzamos la conversación con la aclamada Lucrecia Martel constatando que hemos entendido bien su propuesta fílmica, que podríamos resumir parcialmente en una idea que destaca tanto en la novela del escritor argentino como en su película: el hombre es un pez en continua y denodada lucha por permanecer en un río de la vida que no ceja en su empeño por expulsarle de su seno. Y, de inmediato, nos interesamos por conocer los motivos por los que, después de tanto tiempo, Martel eligió precisamente esta historia para regresar a los cines por la puerta grande. «Es muy difícil saber cómo suceden las cosas –nos explica–. Yo nunca pensé algo así como, bueno, ahora, después de mis primeras películas, voy a hacer una adaptación, o una película de época, porque de este modo mi carrera… No, nunca tuve un pensamiento muy estratégico respecto de mi trabajo. Sucedió así porque leí la novela, me apasionó y, muy rápidamente, tuve la pulsión de transformarla en película; no exactamente la novela, sino ese algo que me había transmitido».

¿Podría ilustrarnos un poco más sobre ese poderoso algo?
Mucho se ha hablado sobre esta novela en cuanto a la idea de la espera [el libro, como la película, está dedicado por Di Benedetto «a las víctimas de la espera»], pero el punto de vista desde el que yo analicé o perseguí la espera fue la identidad, esa compulsión occidental de tener una identidad, de ser una persona definida de una manera… Algo que, finalmente, genera una gran cantidad de expectativas, de obligaciones incluso, que pueden no ser las que uno desea realmente, de manera que, si eso se trunca, la frustración humana es enorme. La identidad me parece una invención peligrosa; no me parece algo natural ni capaz de salvarnos de nada, por más que la psicología se mueve en torno a eso. La psicología… y la policía también.

Puestos a mezclar tan extraño cóctel como la policía y el arte del cine, digamos entonces que la Zama de Lucrecia Martel es, sin duda, una historia a la contra, puesto que, desde esa mirada a la identidad nos dice que la inmensa mayoría de nosotros no hacemos más que vivir una gran y calderoniana impostura: siempre hay algún poder superior al nuestro, por no hablar de nuestra propia y fragilísima naturaleza. Así, el protagonista de Zama es un representante del rey de España, pero en realidad es tan esclavo, si no más, como sus esclavos indígenas. «Sin duda. Y como nosotros mismos –asiente la realizadora–. Si uno analizael tiempo del día que trabajamos y en lo que lo hacemos, ¿cuántas horas realmente placenteras podríamos contar? ¿Cuántas veces podríamos decir qué divertido, qué interesante lo que hice hoy? Invertimos un montón de tiempo en trabajos poco interesantes tan sólo para pagar las cosas que tienen que ver con la mínima subsistencia. Yo creo que el que hayamos aceptado vivir de esta manera indica un grado de locura. Si estuviéramos cuerdos, nadie aceptaría trabajar ocho horas diarias para tener unas semanas de vacaciones al año».

En resumen: Ni comprendemos la vida ni, en consecuencia, sabemos vivirla. Si acaso, con dos excepciones en Zama: los indígenas y ese forajido a cuya persecución se apunta el protagonista como única salida a la alienante quietud de su vida; ese Vicuña Porto que tanto dice con sus tremendos y restallantes condicionales: Si quieres vivir, haz esto; si quieres vivir, no hagas esto otro… Símbolos, tal vez, de las reglas que aceptamos y nos esclavizan en nuestra vida loca, y que además casan a la perfección con el instante clave y revelador en el que alguien (nos) hace la pregunta de las preguntas: ¿Quieres vivir? Y todos, aunque no tenemos ni idea de cómo vivir, porque morimos sin haber sabido crecer, respondemos con un rotundo sí, quiero vivir. «Claro, pero yo quise apartarme la gran cantidad de aspectos simbólicos que tiene la novela –aclara Martel–, porque nunca me ha entusiasmado ir por el lado de lo simbólico. Por eso ese personaje que pregunta no aparece en la película como en la novela, donde permanece igual a lo largo de toda la historia». Todo un acierto, porque la novela de Di Benedetto es un texto existencial que puede resutar un poco difícil para lectores no demasiado avezados, lo cual habría dificultado muchísmo su traslación al cine. «Efectivamente –asiente la directora–, y además para qué. Creo que habría sido un despropósito hacer eso».

Zama, tanto desde un punto de vista formal, como de géneros, se divide claramente en dos partes: la espera que conduce a la desesperación del protagonista, y una segunda, infinitamente más tensa, en la que se transforma en una historia de acción y aventuras. Dos partes clara y magníficamente diferenciadas mediante la fotografía, las luces, los colores, los tempos… «Me parece a mí –nos explica la argentina– que en la vida uno resiste, y resiste, y resiste… Pero en el momento en que uno suelta la mano, es como si se lanzara por un tobogán vertiginoso. Esa estructura me pareció muy atractiva para la película».

No se puede dejar de hablar de Zama sin reparar en la banda sonora, compuesta por sonidos que, por decirlo así, buscan la naturaleza, pero parecen artificiales. «En general, en mis películas es el aspecto sonoro el que define la imagen, y no al revés. La imagen es resultado del sonido. Así, todavía en la etapa de escritura del guion, tomamos la decisión de buscar en la naturaleza sonidos naturales que parecieran electrónicos: hay cientos de insectos, de pájaros…, cuyos sonidos parecen MIDI, de manera que uno no los asociaría rápidamente con algo orgánico. Nos pareció muy interesante esa contradicción, que en realidad es nuestra. Usar esos sonidos era como poner en la película la idea de la ambigüedad del mundo».

Zama, película de época. La historia sucede en el siglo XVIII, próxima ya la Revolución de Mayo, madre de independencias, pero no hay en la cinta recreación historicista alguna. Si acaso, una muy lograda descripción de contexto, aportada por las complicadas relaciones entre españoles, criollos e indígenas. La historia interna, pues, no la factual, tantas veces escrita por el poder, luego tantas veces falsa. “Sí, pero no por un esfuerzo documental, sino por simple sentido común –aclara Martel–. Yo quise apartarme de la representación tradicional histórica del XVIII, porque esa imagen épica, heroica, según la cual todo tenía un sentido, no creo que sea real. Y también, efectivamente, porque, de alguna manera, la historia, sobre todo la historia que nos contamos en Latinoamérica, está escrita por quienes tienen el poder. Si uno quiere ser documental y se agarra a esa idea tradicional de la historia, la verdad es que se está sumando a una estrategia que busca hacer desaparecer la realidad del pasado. Porque nuestro problema (bueno, voy a hablar de Argentina, pero creo que es general a Latinoamérica)… Decía que nuestro problema –continúa la cineasta– es que nos contamos la historia en tres momentos: el del horror, la colonia y, después, la maravilla de la independencia; y, en verdad, las peores cosas que se hicieron en nuestros países se hicieron a partir de la independencia, cuando se calcificaron estructuras y formas, por ejemplo, en relación con los indígenas y el territorio, que generaron una injusticia que al final ha perdurado mucho más en el tiempo que la colonia misma.

En realidad, podríamos decir que los únicos que en el sentido histórico se salvan en la inmensa película de Lucrecia Martel son los indígenas. Esas gentes que, puesto que están integrados con la naturaleza de su tierra y por su forma de vivir en simbiosis con ella son los únicos hombres verdaderamente adultos; los únicos, por lo tanto, capaces de ser felices. Así, la secuencia en la que se ve cómo cazan a los blancos es impresionante y definitoria en ese sentido, puesto que permite apreciar quiénes están realmente en su casa y quiénes no. “Sí, y también ese texto tan divertido de Padilla, el capitán, cuando les da la bienvenida en nombre del rey de España…”, comenta Martel.

Claro, el rey de España, que vive… en Marte por lo menos. Permítanos terminar con un ruego: no espere otros ocho años para estrenar su próxima película.
Pues mira, mientras se demoraba el financiamiento de Zama empecé a escribir otra película sobre una cosa que todavía no sé bien qué es. Y la sigo escribiendo, que eso es lo peor… Sí, estoy en ese camino ahora.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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