“El ermitaño” quiere un Goya para València

· 8 de enero, 2018

Los mismos artistas que en 2003 trajeron para València el Goya al Mejor Cortometraje de Animación por Sr. Trapo aspiran a repetir éxito el 3 de febrero, en la 32 edición de los premios del cine español. La película candidata es El ermitaño, una original creación en 3D con influencias del teatro kabuki japonés y del mimo de Marcel Marceau.

El próximo 3 de febrero, en el Madrid Marriott Auditórium Hotel, sede de la gala de la 32 edición de los Premios Goya, la Comunitat Valenciana podría repetir el éxito logrado en 2003, cuando Raúl Díez y Daniel Díez lograron el premio al mejor cortometraje de animación con su recordado éxito internacional Sr. Trapo, pionero del 3D. Y es que ahora, catorce años después, esta pareja de hermanos vuelve a estar nominada al máximo galardón del cine español en la misma categoría por su película El ermitaño, producida, como aquella, por Pasozebra, asociada para la ocasión con La Claqueta.

Los hermanos Díez, Raúl y Daniel.

El ermitaño, por medio de dos personajes morfológicamente a medio camino entre los insectos y los humanos, nos sumerge en un mundo apocalíptico en el que la supervivencia exige recuperar a toda costa la comunicación entre los seres vivos. En este contexto argumental, y en un paisaje desolado que nos remite a un desierto que bien podría ser igualmente un océano, El ermitaño muestra un impresionante trabajo técnico y artístico que incorpora elementos tan novedosos en la animación como los códigos orientales del teatro kabuki japonés o las técnicas de la respiración de Marcel Marceau, aportados por la actriz cántabra Blanca del Barrio (Escena Miriñaque).

«A la hora de concebir el cortometraje, para nosotros era fundamental la idea de apocalipsis, la hecatombe de las sociedades -comentan los hermanos Díez-. No desde un punto de vista ideológico, de lo cual hemos huido, sino para contar una historia de alcance universal y perfectamente creíble, empezando por nosotros mismos».

Para lograr esa credibilidad de la que nos hablan ambos hermanos, había que trabajar muy bien al ermitaño, el protagonista de la historia. «Cuando empezamos a hacer pruebas -explican-, todos lo animaban como si fuera un insecto, y de ningún modo queríamos que sucediera eso. Queríamos romper el tiempo y la simetría, animar con elementos extraños de equilibrio, y ahí, al igual que en la música y el ambiente, se encuadra la influencia del kabuki japonés. De cualquier manera, todo son influencias -aclara Raúl-, y del mismo modo que me baso en ciertos personajes japoneses para crear ese samurái, el ermitaño, todo lo demás parte en gran medida de la admiración que siento por los dibujantes y los ilustradores franceses de los setenta y los ochenta del siglo XX».

Uno de los bocetos creados para el cortometraje.

En pleno siglo XXI, y con trabajos de animación que implican una evidente labor de investigación, los hermanos Díaz afirman que «la tecnología nos duele. Por eso rodamos El ermitaño como si estuviéramos allí mismo, buscando lo físico; creyéndonos al personaje cuando actuaba; huyendo del Chroma Key, siempre un poco impostado, en el que al final no hay vínculo entre el actor y el fondo. De alguna manera -concluyen-, nosotros hemos jugado con un todo, completo, algo difícil en 3D por la complejidad técnica, de peso, el renderizado… Por eso creemos que, en realidad, nuestra película, siendo evidentemente de animación, está más cerca del cine fantástico. Creemos que, de algún modo, hemos roto con los esquemas de la animación».

Huir de la ideología, como se ha dicho antes, pero también, por lo tanto, de la moda de la animación actual, en la que, según los hermanos Díez, todo es comercial en exceso. «Creemos que falta un poco de cine independiente europeo; que se ha perdido lo bueno de aquella animación europea del cine del Este, los rusos, los polacos, incluso los ingleses…, que creaban obras de autor, originales, muy diferentes entre sí. Era un placer

verla. Hoy, en cambio, todo está muy estandarizado, y especialmente en el mundo del 3D, donde ni siquiera te permiten hacer lo que quieres a tu manera. Hay muchos vicios adquiridos sobre cómo animar, y por eso también nos fuimos hacia el kabuki, que es más parco, no es tan ostentoso en los movimientos y te permite huir del efectismo. Mis personajes existen y se mueven a su manera -afirma, rotundo, Raúl Díez-, no tienen por qué hacer exhibicionismo en pantalla».

La estandarización, esos vicios de la animación de los que hablan los Díez, no son, sin embargo, las únicas dificultades a las que se enfrentan creadores como ellos. La prueba más evidente es que empezaron a trabajar en El ermitaño en 2005, hace la friolera de trece años. Desde entonces y hasta 2015, cuando se decidieron a ir «a muerte» con la película, en parte para no rendirse tras el desgraciado fallecimiento de su hermana, Sonia, que también estaba implicada en la producción, el sustento vino de la publicidad. En total, cuatro años de trabajo efect

ivo. «Nadie se imagina el esfuerzo que hay destrás de esos quince minutos que dura el cortometraje -afirman-, y al final para que ni siquiera tengamos asegurada la conexión con el público: Incluso si ganamos el Goya, Televisión Española no nos comprará la película. Eso sí, hemos tenido mucha libertad de creación y hemos hecho lo que queríamos hacer».

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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