“De Sukei a Naima” o desterrar el odio

· 15 de noviembre, 2017

La actriz y directora alcoyana Gemma Miralles se estrena como dramaturga con la obra De Sukei a Naima, un drama que abarca tres generaciones de una familia morisca valenciana en los traumáticos años de la expulsión de su pueblo a principios del siglo XVII. La obra, que se exhibió en el pasado festival Sagunt a Escena, se estrenará en el Teatro Rialto mañana, martes 16 de noviembre. Es una coproducción de la compañía La Dependent y el Institut Valencià de Cultura, y ganó el Premi Eduard Escalante de los XXXIV Ciutat de València.

Tres generaciones, tres mujeres y tres decisiones que marcarán el destino de una familia. Es el nudo de la historia de una saga de moriscos españoles durante el dramático episodio de su expulsión del país a principios del siglo XVII, bajo el reinado de Felipe III. De Sukei a Naima es la obra con la que la actriz y directora alcoyana Gemma Miralles debuta como dramaturga, y que su propia compañía, La Dependent, representará en el Teatro Rialto de València entre el 16 de noviembre y el 3 de diciembre próximos. La obra también se representó el miércoles 8 en el Paraninfo de la Universidad de Alicante, como parte de la programación de la 25 Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos.

Pese a trasladarnos a un mundo de hace la friolera de cuatrocientos años, De Sukei a Naima aborda cuestiones de rabiosa actualidad, como lo son el sufrimiento que provoca la persecución por parte del poder, la resistencia a la pérdida de la identidad cultural y religiosa, la integración en otra cultura, o el mismísimo trauma de las migraciones. La propia Gemma Miralles, quien nos ayuda a profundizar en esta coproducción de La Dependent y el Institut Valencià de Cultura, forma parte de un reparto hoy en día muy poco habitual por lo numeroso e integrado también por Pep Sellés, Vicent Pastor, Marta Chiner, Rafa Segura y Aina Gimeno. La dirección del montaje la firma Cristina Lügstenmann, catalana de origen suizo.

Gemma Miralles explica que su decisión de ponerse a escribir vino parcialmente determinada por la necesidad de producción propia que determinó la crisis que aún perdura. «Pensé y busqué –explica la actriz–, pero no encontraba nada que conectara conmigo. También era un momento en el que, debido a los casos de corrupción valencianos, había un desencanto general y bastante pesimismo, que nos hacía ser muy duros con nosotros mismos. De manera que, pensando en la riqueza de nuestra propia historia, pensé en buscar algún capítulo que, por una parte, hablara de nosotros y tuviera capacidad de conectar con el público, y, por otra, reflejara al mismo tiempo mis intereses e inquietudes. Hablé con un profesor de historia que había tenido y me decanté por el momento histórico de la expulsión de los moriscos, bastante desconocido para la mayoría de la gente, cuando afectó a un tercio de la población valenciana de entonces. Pero es que, además –continúa Miralles– es una circunstancia que tiene muchas conexiones con la actualidad: sigue habiendo guerras de religiones, el problema de las migraciones, el amor a la patria, la fidelidad a la indentidad frente a la necesidad de salvar a la familia…».

La familia es, justamente, el núcleo argumental elegido por Gemma Miralles para desarrollar De Sukei a Naima en el contexto histórico citado. Algo completamente lógico, por cuanto es el más determinante punto de conexión de todo ser humano en cualquier época. La familia, con su complejidad de relaciones, con la herencia que transmite a sus miembros de generación en generación, con su carga de odios y rencores…, «y también un modo –explica la autora– de darle a la obra un sentido positivo, porque hay maneras de cortar las herencias de nuestros antepasados basadas en el odio o el abandono, y apostar por la paz y el perdón, por la vida sin odio».

De Sukei a Naima plantea, entre otros dilemas con un tremendo potencial destructor (y su contrario), el de la necesidad de elegir entre la fidelidad a la propia historia y a la religión de los ancestros, el ser absorbido por otra fe y otra cultura, o la peligrosa aventura de abandonar el país. Una elección que exige elevar la mirada para contemplar cómo será el futuro de los seres queridos en función del camino que finalmente se adopte.

Gemma Miralles carga todo el peso de esas decisiones, que en definitiva es el peso de la obra entera, en las mujeres que protagonizan De Sukei a Naima, aunque ello suponga retorcer un poco la realidad histórica en este sentido. «Es cierto que son decisiones que probablemente no tomarían las mujeres de entonces, pero también es cierto –se justifica la autora– que las mujeres musulmanas eran las que realmente sustentaban su lengua y su cultura, precisamente porque permanecían en la casa. Los hombres eran los que salían y tenían que hablar castellano y valenciano, mientras que muchas mujeres musulmanas de la época solo hablaban el árabe, sobre todo en la zona de Alicante, donde se dedicaban a trabajar el campo en las zonas más aisladas, más duras y agrestes. Eran las mujeres, por lo tanto, las transmisoras de la religión, la lengua y las costumbres de generación en generación, y lo hacían con tanto empeño que en muchos casos ni la Inquisición podía doblegarlas. Esa es la razón –concluye Miralles– de que me haya permitido darles en la obra un papel quizá más determinante del que les correspondía en la realidad».

Gemma Miralles ha huido claramente en De Sukei a Naima de cualquier tentación maniquea, pese a que la desigualdad de poder entre moriscos y cristianos era manifiesta. Para ello, introduce en el drama el personaje de Ángela, una cristiana vieja que tampoco es de una pieza, pero que finalmente establece una relación afectiva con los moriscos. «El conflicto existía, eso es evidente –explica Miralles–, pero se convivía, y concretamente en València hubo bastante permisividad hasta casi el mismo momento de la expulsión».

De Sukei a Naima combina un lenguaje esencial y poético a la vez. «Son doce escenas, cada una de ellas con un conflico importante, pero presentadas con una gran simplicidad, porque cuando la emoción abunda, sobra la verborrea –afirma la actriz y dramaturga–. Quería que los personajes hablaran de una manera sintética, pero perfumada, cuidando mucho las palabras». Y añade: «Antes de terminar, quiero destacar también la puesta en escena, sencilla y brillante a la vez», y que se imbrica a la perfección con «una dirección que ha sumado muchísimo al texto».ue ha sumado muchísimo al texto».

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN.
Licenciado en Geografía e Historia.
Máster en Comunicación y Periodismo.
En “Levante-EMV” desde 1984.
Ex-jefe de edición de “La Cartelera”.


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