Cédric Klapisch: “Quería respetar todo el ciclo de la naturaleza y no podía hacer trampas”

· 31 de octubre, 2017

El realizador Cédric Klapisch abandona sus universos urbanos, para sumergirse de lleno en la naturaleza a través de la viticultura francesa. Nuestra vida en la Borgoña es una película rodada y ambientada en una producción vitivinícola familiar durante un año completo.

El último trabajo para el cine del realizador galo Cédric Klapisch (Neuilly-sur-Seine, París, 1961) fue Nueva vida en Nueva York (2013), un melodrama romántico eminente urbano, y con Romain Duris y Audrey Tautou en el reparto. Nuestra vida en la Borgoña, una cinta ambientada en una producción vitivinícola de la región francesa del título, supone, por lo tanto, un cambio total en la producción que llega ahora a los cines. Sin embargo, la idea de esta historia, que el propio Klapisch ha coescrito con Santiago Amigorena (hacía quince años que no trabajaban juntos, desde el filme de suspense Ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario, 2004), es anterior a la neoyorquina. «Ya tenía ganas de hacer una película sobre el vino desde hace unos cuantos años -explica el director-, y en 2010 incluso contacté con algunos viticultores conocidos, porque nunca había estado en una vendimia y sentía mucha curiosidad. Una vez allí, me dije que aquel podría ser un buen tema para una película, y más tarde me planteé observar con atención el cambio de los paisajes con el transcurso de las estaciones. Así, durante los meses siguientes hice visitas continuas a la Borgoña, para encontrar un árbol ideal que pudiera contar el paso del tiempo y el ciclo de las estaciones. Allí me encontré con el fotógrafo Michel Baudoin, y él me ayudó a documentarme. En 2011 volví a la vendimia, pero el clima no había acompañado y las uvas no eran bonitas. Comprendí entonces hasta qué punto el universo del vino depende de la meteorología y entonces decidí rodar Nueva vida en Nueva York».

Nuestra vida en la Borgoña (protagonizada por Pio Marmaï, Ana Girardot, François Civil y Jean-Marc Roulot, y con la joven actriz madrileña María Valverde formando parte del reparto), empieza con Jean regresando a su casa natal diez años después de su partida. Su padre está a punto de fallecer, y, en esas circunstancias, se reencuentra con sus dos hermanos, Juliette y Jérémie. Su padre muere al fin cuando está a punto de empezar la vendimia en la producción familiar, y a partir de esa situación los tres hermanos irán reencontrándose y madurando al mismo tiempo que el vino que producen en los terrenos heredados, que aportan sus propios conflictos.

LA BELLEZA DE TODO UN AÑO DE RODAJE
Uno de los atractivos de Nuestra vida en la Borgoña radica, precisamente, en esa evolución paralela entre los personajes de la historia y la naturaleza en la que se desarrolla la acción. Para lograr ese objetivo, los artífices de la película tuvieron que superar la nada desdeñable dificultad de prolongar el trabajo durante todo un año: «Quería respetar todo el ciclo de la naturaleza -explica Cédric Klapisch-, y para lograrlo no se podía hacer trampas. Los maravillosos colores del otoño solo duran medio mes, y lo mismo ocurre con la vendimia, que solo se sabe cuándo se realizará con un par de semanas de antelación. Del mismo modo -añade el director-, únicamente podía filmar a Ana [Ana Girardot] pisando la uva durante cuatro o cinco días. Rodamos un día de enero porque había nevado, y en primavera los frutales echan flor durante solo una semana…».

El proceso de rodaje, como resulta evidente, se concibió justamente al revés de lo que suele ser habitual, ya que fue la naturaleza la que determinó cuándo había que plantar las cámaras. Pero el resultado es de una gran belleza plástica, al tiempo que la película transpira una inspiradora organicidad entre el desarrollo argumental, la evolución de los personajes y la transformación ambiental durante el año que dura el cultivo, la vendimia y la elaboración del vino.

Se puede decir en este sentido que Nuestra vida en la Borgoña encierra también en su carcasa dramática los elementos de un completo documental (de hecho, el director de fotografía, Alexis Kavyrchine, tiene mucha experiencia en ese género). Un documental sobre el vino, que Cédric Klapisch confiesa con satisfacción que «es mi padre. Me familiaricé con el vino -explica- gracias a mi padre, que bebe casi únicamente Borgoña. Yo empecé a beber a los 17 o 18 años, porque él me hacía catar sus vinos. Cuando tenía 23 años, estudiando en Nueva York, fui camarero en un restaurante francés. De todos los que trabajábamos allí, yo era el único que podía aconsejar un vino, y en ese momento me di cuenta de que el vino es una cultura. Del mismo modo que en literatura hay que leer para conocer y distinguir ideas y autores, cuando se trata de vino hay que beber para identificar el origen y diferenciar los sabores».

CINE Y VINO, UN PARECIDO RAZONABLE
Cine y vino, vino y cine, unidos en Nuestra vida en la Borgoña. Un vínculo que, para Cédric Klapisch, no se termina ahí, ni mucho menos. De hecho, el realizador galo opina que ambos mundos tienen muchísimas semejanzas entre sí. «Hay similitudes sorprendentes entre el proceso de elaboración de una película y el del vino. Por ejemplo, la relación con el tiempo: un proceso lento, que exige paciencia. Y el montaje, que tiene grandes similitudes con la vinificación: te gustaría saber si la película y el vino envejecerán bien, o la elección de las uvas, de manera que el resultado será diferente según se empleen unas u otras, del mismo modo que la elección de unos actores y no otros producirá resultados diferentes…».

¿Y los directores? Porque unos envejecerán mejor que otros, sin duda. «Sí, algunos envejecen muy bien, como Ken Loach -responde Klapisch-. Muchos mejoran con el tiempo, como Huston, Kurosawa o Hitchcock… En cuanto a mí, creo que mi mejor película es Le péril jeune, hecha cuando empezaba (1994); pero también creo que ahora soy mejor director que entonces, lo cual no quiere decir que haga mejores películas: eso forma parte del misterio del cine. No sé si dentro de diez años seré mejor que hoy».

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN.
Licenciado en Geografía e Historia.
Máster en Comunicación y Periodismo.
En “Levante-EMV” desde 1984.
Ex-jefe de edición de “La Cartelera”.


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