Sam Garbarski: “Reír ante un suceso terrible es algo terapéutico”

· 28 de septiembre, 2017

Sam Garbarski estrenó el viernes Bye Bye Germany, una comedia dramática trufada de romanticismo y suspense, que aborda la situación de los judíos liberados de los campos de exterminio nazis al acabar la II Guerra Mundial. Los actores Moritz Bleibtreu y Antje Traue son los protagonistas de una historia que tiene mucho de coral.

El tándem cinematográfico alemán formado por el realizador Sam Garbarski (Irina Palm, 2007) y el actor Moritz Bleibtreu (entrevistado por Urban con motivo del estreno de La cara oculta de la luna, Stephan Rick, 2015) vuelve a rodar por segunda vez después de haberse estrenado con la producción belga Vijay and I (2013), inédita en España. Y lo hace de nuevo en clave de comedia, aunque ahora, y paradójicamente, con un argumento ambientado entre los judíos supervivientes del holocausto nazi e instalados en Fráncfort del Meno apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, concretamente, en el campo 533 de la UNRRA (Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y Rehabilitación).

Es justamente entre esos sórdidos barracones señalados por una estrella de David amarilla de infausto recuerdo, y entre la penuria y las ruinas de una ciudad arrasada por la guerra, donde David Berman (papel interpretado por Bleibtreu) y seis amigos se las ingenian para conseguir la gran cantidad de dinero que precisan para abandonar el país que quiso exterminarlos, e iniciar así una nueva vida en la soñada América. Para ello, el que todavía es un grupo de compañeros circunstanciales al que no ha llegado la amistad, liderado por un talentoso y pícaro Berman, decide organizar con el dinero disponible un negocio de venta de ropa de cama, producto muy demandado en Alemania durante aquellos difíciles años de escasez. Sin embargo, las cosas no serán tan fáciles: el pasado inmediato de David durante su cautiverio en un campo de concentración no está nada claro y una oficial del ejército norteamericano, también judía de origen alemán, le somete a un implacable interrogatorio por etapas para averiguar si realmente colaboró o no con el régimen de Hitler. ¿Por qué David Berman tiene dos pasaportes? ¿Por qué un simple prisionero judío como él visitó personalmente el refugio de montaña del Führer?

La de Bye Bye Germany es una historia construida tomando como base dos novelas de Michel Bergmann, Die Teilacher y Machloikdes, aunque el grueso del guion se basa en la primera, inspirada en su propio padre y su tío David, vendedores ambulantes (teilacher) de ropa interior, y concretamente su tío, además, «un cómico fabuloso», según el propio Bergmann.

NADANDO ENTRE ALBÓNDIGAS
Sam Garbarski, director del filme, recuerda que fue el propio escritor quien le envió el libro con la intención de hacer de él una película. «Y mientras lo leía –declara– me ocurrió algo que solamente me había pasado antes dos o tres veces en la vida: no podía parar. Lo leí entero en una noche, y al hacerlo me sentí como si estuviera nadando entre albóndigas y fideos en la olla de la sopa de mi madre –bromea (¿bromea…?)–. Me sentí como en casa de inmediato. Aunque en mi familia no había ningún vendedor ambulante, me sentí también completamente identificado con la historia. No me lo pensé dos veces: llamé a Michael y le dije que haría la película».

Naturalmente, el recuerdo de la cocina de su madre no fue lo único que decidió a Garbarski a emprender el proyecto. Nacido en Múnich, en 1948, solo tres años después del fin de la conflagración mundial, el director explica que durante muchísimo tiempo, como tantos otros de sus compatriotas, no supo nada sobre los judíos en la época nazi: «Era un tema tabú para los que se quedaron en Alemania o regresaron al país después de la guerra» [una vez terminada la II Guerra Mundial –se explica al final del metraje de Bye Bye Germany– solo permanecieron en Alemania, aproximadamente, 4.000 judíos. Y ninguno supo explicar a sus hijos por qué].

LA HISTORIA DE AMOR
Ni que decir tiene que, tal y como nos dice Garbarski, una de las mayores dificultades a la hora de construir el guion de su película, escrito a cuatro manos con Bergmann, fue la de «introducir elementos de Machloikdes. Sin embargo, el hacerlo le dio sustancia a la historia de David -añade el director-». Garbarski se refiere en concreto a las cuestiones relacionadas con el interrogatorio que protagoniza la agente especial Sara Simon (papel interpretado por Antje Traue, actriz que también desarrolla su trabajo en el cine estadounidense). «Estos agentes –afirma el realizador– existieron realmente». Y en el caso del que interpreta en la película Antje Traue –prosigue–, se trata de «una judía alemana que escapó del país justo a tiempo. Además, es abogada, lo que la convierte en una candidata perfecta para llevar a cabo el interrogatorio. Ella utiliza esa misión para librarse de su culpabilidad, lo cual genera una tensión añadida en su relación con David». Una muy muy tensa relación, sin duda alguna, pero matizada desde el principio por el incuestionable atractivo que Sara y David sienten el uno por el otro, y que aporta a Bye Bye Germany los elementos necesarios para la historia de amor que se impone contra pronóstico y crece misteriosamente a lo largo del metraje.

HUMOR QUE ACARICIA
Alemania, justo después de la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial. Una historia protagonizada por judíos supervivientes del holocausto. Y, sin embargo, Bye Bye Germany destila humor por los cuatro costados. «Un humor muy judío –nos cuenta Garbarski–, que, más que gracioso, es filosófico. Un humor que no te abofetea, sino que te acaricia –añade–. Un humor medicinal que se expresa en lo más absurdo de la historia de David, el protagonista de la película, que salvó la vida durante la guerra por el simple hecho de que era muy bueno contando chistes [recordemos el elemento autobiográfico del novelista Bergmann referido a su tío: ‘un cómico fabuloso’, había dicho]. Eso es lo que le salvó la vida –concluye Garbarski–, pero, al mismo tiempo, algo que le atormenta profundamente. Al fin y al cabo, logró su salvación actuando como el bufón de quienes asesinaron a su familia», explica.

Ahondando en el inteligente sentido del humor que destila Bye Bye Germany, su director y coguionista insiste en que «reaccionar ante un suceso terrible riendo es algo terapéutico. En la película –añade– hay frases que parecen graciosas, pero en realidad son tremendamente sinceras».

Minuto a minuto, Bye Bye Germany va levantando con habilidad sus múltiples capas, para reflexionar críticamente, por ejemplo, sobre el modo que los judíos tenían de sentirse alemanes en un país donde el antisemitismo tenía ya por una larga trayectoria: Mis hermanos se casaron –le dice David a Sara mientras le muestra las ruinas del antiguamente boyante negocio familiar–. Tuvieron los típicos niños judíos… Querían ser más alemanes que los alemanes». Capa sobre capa hasta formar un todo que explica también que la comedia responde a la misma necesidad histórica que el libro original de Bergmann: «He estado en varias lecturas públicas de la novela –recuerda Garbarski–. Al principio me preguntaba por qué tanta gente se sentaba a escucharlas. Y entonces me di cuenta de que en realidad se trataba de una historia exótica, porque muchos judíos, muchos de sus familiares, habían emigrado para intentar sobrevivir en otro lugar lejos de Alemania».

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN.
Licenciado en Geografía e Historia.
Máster en Comunicación y Periodismo.
En “Levante-EMV” desde 1984.
Ex-jefe de edición de “La Cartelera”.


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