Mario Gas: “¿De qué serviría el teatro si estuviéramos reflexionando sobre algo que no tuviera que ver con el mundo que nos rodea?”

· 21 de agosto, 2017

Fotografía: David Ruano


El festival Sagunt a Escena acaba de acoger en su última edición, la trigésima cuarta, todavía en marcha, el Calígula de Albert Camus, protagonizado por Pablo Derqui y dirigido por Mario Gas, del que, en mayo, València fue testigo de otro gran éxito, Incendios, de Wajdi Mouawad, con Núria Espert encabezando el reparto.

Calígula ha llegado a Sagunt a Escena con el éxito de los festivales de Mérida y el Grec bajo el brazo. Éxito de público y de crítica. Pero Mario Gas ha recibido una mala crítica alguna vez. ¿Qué tal las encaja?
Todos hemos recibido alguna mala crítica en algún momento, claro que sí. Y a veces, cosas peores: cosas que al resto de los mortales le pueden parecer buenas, pero que uno cree que no aciertan con aquello que quería explicar. ¿Encajar? Bueno, hay varios estadios… A uno le gusta que le quieran; por lo tanto, un rechazo siempre produce un primer contrarrechazo. Pero todas sirven después para ver cosas y analizar un poco cuál ha sido tu trabajo. Finalmente, unas veces estarás y otras no estarás de acuerdo con esa crítica que en principio ha sido negativa. Yo ya dije hace muchos años que los críticos y nosotros somos dos líneas paralelas que nos dedicamos a lo mismo. Ahí vamos, cada uno por nuestro camino, y que mañana los sevillanos se las compongan, que decía Zorrilla en el Tenorio… Todos somos necesarios en el teatro.

El Calígula de Camus, palabras mayores. ¿Calígula se hace dios a sí mismo porque se revela contra los dioses?
Exactamente. Y de esa incongruencia nace un camino que, a la postre, resulta muy equivocado. Es el camino de la aniquilación, del asesinato… y de la búsqueda final de un verdugo que lo elimine para, de algún modo, poder restar en paz.

¿La obra nos dice al final de algún modo que el hombre no puede vivir solo, que es un ser gregario?
No, la obra habla, por un lado, de esa especie de pasmo cósmico y ontológico del ser humano, o de esa pasión perdida que hace que, ante una incomprensión de la colectividad, se pueda ir aniquilando todo aquello que está alrededor de uno. Pero aniquilar todo aquello que vive alrededor de uno sin saber ser positivo…, entonces los dioses ya no sirven, los hombres están desamparados, no son felices y mueren. Esto lleva a Calígula a intentar conseguir la luna, lo imposible, y a establecer unos sistemas absolutamente abusivos, exterminadores, aniquiladores. Pero él mismo reconoce al final que se ha equivocado, que matar no es la solución. La obra habla, por supuesto, del nihilismo, del enfrentamiento a la nada, del ser humano como algo absurdo. Y habla también de la superación de todo eso, de una posible luz al final del camino: la solidaridad, el alejamiento de las corrupciones y del personalismo de las élites. Fíjese que el pueblo no aparece nunca en la obra: todo se resuelve entre un dictador y las élites, más un personaje antagónico que cree en unas reglas para poder modular la existencia compartida.

Tiranía. Y ausencia, incluso conformismo del pueblo. ¿Un paralelismo con el presente?
¿De qué serviría el teatro si estuviéramos reflexionando sobre algo que no tuviera que ver con el mundo que nos rodea. El teatro siempre está auscultando lo que ocurre a nuestro alrededor, y Calígula es un texto incómodo que nos remite a ciertas actitudes personales y colectivas.

¿Camus se lo ha puesto a usted difícil como director?
Por un lado, lo pone muy fácil, porque es muy explícito en lo que dice, y, por otro, lo pone muy difícil para que lo que plantea sea recibido en toda su amplitud y profundidad. Decía Matthias Langhoff, un gran director europeo, que él ponía en escena las obras para acabar de comprenderlas.

Uno de los grandes éxitos de este Calígula es Pablo Derqui, su protagonista. ¿Cómo trabajó con él?
Desde la humildad y el trabajo conjunto, intentando hacer entre los dos un personaje que no cayera en lo anecdótico, en lo histriónico. Construyendo un ser humano doliente, que escoge el camino equivocado. Es, como decía Hannah Arendt, la normalidad del mal. Eso inquieta mucho más que un loquito haciendo tonterías, aunque esas tonterías sean tan tremendas como el asesinato.

La puesta en escena se concibe como un plano inclinado…
Sí, está inspirado en un edificio de la época fascista de Mussolini, a su vez inspirado en la época romana. Una plataforma para que, más allá de las togas (Camus quería que la obra se representara sin togas romanas), podamos entender el nexo de unión con ese personaje que viene a visitarnos desde el mundo clásico para plantearnos dudas contemporáneas. Para eso hay que tener una gran compañía. Y hacer con el lenguaje un trabajo escueto, duro, que siga todos los meandros de Camus. Y, desde luego, hay que tener a un actor como Pablo Derqui, capaz de dibujar, desde la seriedad y la profundidad, todos los vericuetos de este tremendo, terrible personaje. Un personaje que le llega en un momento de madurez, con el que se mide y sale victorioso en el sentido más amplio de la palabra. Creo que hemos hecho un gran trabajo.

Algún crítico ha puesto reparos a la solución que usted le ha dado al momento en que Calígula aparece en la obra como Venus. ¿Qué tiene que decir al respecto?
Pues la verdad es que no tengo nada que decir. Como director, he pensado que la actitud de los personajes de Camus podía ir por ahí para acercarlos a la comprensión actual. Se me ha acercado mucha gente para alabar esa opción. Uno cree honestamente lo que tiene que hacer, lo lanza, y luego el público y los entendidos lo recogen y, ¡aleluya, cada uno con la suya…!

También es usted actor, y actor de doblaje… ¿Tiene entre manos algún trabajo por ese lado?
No, ahora estoy descansando un poco… Tengo en escena un Calígula. E Incendios, que ahora vuelve a Madrid y luego sigue con la gira y recala en Barcelona. Y, bueno, también estoy preparando proyectos para la temporada que viene, un Buero Vallejo entre otras cosas. ¿Le parece poco?

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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