Jonathan Cenzual: “El mundo sería mejor si los hombres escucharan a sus mujeres”

· 4 de julio, 2017

El relato de un solitario pastor (interpretado por Miguel Martín), cuyo hogar y forma de vida se ven amenazados cuando unos promotores de la construcción se interesan por su tierra. Así reza la sinopsis de El pastor, una película del salmantino Jonathan Cenzual Burley que el viernes, 7 de julio, y tras un muy bien recibido estreno en el Reino Unido, llegará a las salas españolas.

Al Jonathan Cenzual Burley niño le gustaba pintar. Fue incluso a una escuela de dibujo. Pero después empezó a interesarse por la fotografía y, más tarde, pasó durante un año por una escuela de teatro salmantina, una actividad que continuará cuando, a los dieciséis años, se traslada a Inglaterra. Allí, y puesto que todos sus amigos tocan en distintas bandas, empieza a hacer vídeos para sus conciertos: «Snimaciones y cosas así». En fin, que se ve claro que Jonathan Cenzual Burley siempre quiso contar historias de un modo u otro. Sí, también con el cine, «lo que pasa es que no tenía suficiente dinero para ir a estudiarlo…». Sin embargo, al final, la vida, que no siempre es tan cruel como dicen, le arregló el problema: «Durante un viaje por Ecuador, me encontré con un tío americano que había hecho una película en Sicilia, porque sus abuelos eran sicilianos. Iba camino de Argentina, a rodar otra película completamente independiente (las cámaras digitales, por aquel entonces, año 2006, empezaban a ser accesibles), y me invitó a echarle una mano, eso sí, sin pagarme un duro, claro. Y allí estuve cuatro meses -explica el realizador salmantino-, rodando con esta gente, en lo que fue prácticamente mi escuela de cine. Volví a Inglaterra, trabajé un año en la BBC y en otras televisiones, pero aquello no me hizo mucha gracia y decidí rodar mi primera película, El alma de las moscas, como habíamos rodado en Argentina: sin presupuesto y con un equipo de seis amigos. ¿Y qué pasó? Que la seleccionaron para el Festival de Karlovy Vary y se distribuyó en cines en Inglaterra. Ahí empezó la bola de nieve…», recuerda Jonathan con su voz grave y un tanto entrecortada a causa de los aires acondicionados. [Después vendría El año y la viña, 2013, premiado en el Mill Valley y también distribuido en el Reino Unido.]

Resumiendo: Un culo inquieto, con vocación artística y sin miedo a la aventura.
[Ríe]… Sí.

¿Sigue viviendo en Inglaterra?
No, ahora mismo estoy de vuelta en España. Regresé por temas familiares y decidí rodar El pastor. Después, ya me quedé para editarlo, y luego, yendo a festivales y todo eso, me resultaba más fácil estar aquí. Pero no sé qué haré ahora ni dónde acabaré…

El pastor es un drama con aires de western moderno, o de thriller neo-noir, que trata sobre la avaricia. La historia de un hombre honrado, un antihéroe que, con el devastador negocio del ladrillo de trasfondo, lucha para defender lo suyo contra quienes buscan dinero a toda costa.

¿Dónde nace El pastor?
Nace en el cabreo. Yo andaba viajando por la India y Nepal, viendo unas situaciones completamente injustas y tercermundistas, esas que nos hemos acostumbrado a ver y que no nos afectan porque, claro, no nos tocan. Cuando volví a España, estaba en pleno apogeo lo de los desahucios de la gente porque los habían engañado con las hipotecas. Al mismo tiempo, veías una notica de alguien que se había tirado por la ventana porque no podía pagar su casa, y la siguiente era que tal político había robado no sé cuánto. ¡Qué injusticia más grande! Al mismo tiempo, el pastoreo es algo que me parece visualmente precioso, además de un oficio muy respetable y arcaico. Por eso decidí utilizar a este pastor, a Anselmo [Miguel Martín] como símbolo de la gente que tiene paz moral, que no se deja dominar por la codicia y su poder corrosivo.

¿Naturaleza contra civilización?
Yo no tengo nada en contra del progreso, al revés. Pero estoy en desacuerdo con esa gente que disfraza la avaricia calificándola de progreso. Eso es lo que me enfada, cuando alguien dice que algo va a ser muy bueno para todos, pero quiere secar Doñana. El pastor habla de la integridad moral y del poder corrosivo que tiene la avaricia, y es una llamada de atención contra el abuso de poder por parte quienes, simplemente, se creen superiores a otros. Yo creo que la gente se tiene que mirar a sí misma y preguntarse qué tipo de persona es, ser consciente.

Pues estamos hablando usted y yo al mismo tiempo que en el Parlamento se debate una moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy. ¿Qué cree que ha pasado aquí desde que la indignación le movió a rodar El pastor hasta hoy?
Nada. Aquí, tristemente, no ha pasado nada. Quizá ha bajado el número de desahucios, pero los niveles de corrupción, si antes eran altos, ahora son insufribles. En lo que se refiere a la justicia, lejos de haber avanzado, hemos ido para atrás.

Su película empieza con una cita: «¡Oíd ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán» (Santiago 5:1-6). ¿Por qué empezar ese recurso religioso, que, claramente, anuncia el final?
Yo nunca pretendí hacer una película de suspense. Más que eso, me interesaba describir cómo esa gente llegaba a comportarse de esa manera. Pero cualquier persona atenta sabrá desde el principio que todo acabará mal. Es un poco la crónica de una muerte anunciada, aunque no se sabe de quién. Pero no, me interesaba cómo la gente normal, como tú o como yo, puede dejarse llevar hasta una situación tan extrema.

¿No cree que la gente es tan hipócrita que mirará el mensaje como quien mira el telediario y ve la miseria de Nepal?
No soy tan pesimista. No me parece que la gente sea tan hipócrita, lo que pasa es que todo eso se ha vuelto cotidiano, se ha vuelto la norma. La gente está enfadada, pero se pregunta qué puede hacer ante algo tan grande. Y, de todos modos, aunque a veces no me escuchen, mi labor como artista es, en unas ocasiones, entretener, y en otras, criticar.

Pero la avaricia también tiene colores, ¿no? Está la avaricia pura, la avaricia mezclada con la necesidad…
No se trata de dividir entre buenos y malos. Pero otra cosa es lo que haga cada uno cuando piense, por ejemplo, si el fin justifica los medios… Puedo entender a mis personajes, pero quizá quieren mantener a toda costa un nivel que no pueden.

Y en El pastor salva usted a la mujer. Hay una especie de cordura femenina frente al empecinamiento masculino…
Desde luego, hay una cordura femenina frente al empecinamiento masculino de ver quién la tiene más grande. Los hombres no escuchan a sus mujeres, cuando es evidente que el mundo sería mucho mejor si lo hicieran. Se dejan llevar por la testosterona y al final todo termina mal.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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