Carla Simón: “Lo peor fue no recordar a mi madre biológica y saber que ya no la recordaría nunca”

· 3 de Julio, 2017

Biznaga de Oro a la mejor película española y Premio Feroz Puerta Oscura en el Festival de Málaga. Mejor Ópera Prima y Gran Premio del Jurado Gen. KPlus en la Berlinale. Verano 1993, un biofilm de Carla Simón en el que narra su propia niñez, ya es considerada por muchos como la que podría ser la mejor película española del año.

La salida profesional a la luz pública es un momento trascendente en la vida de cualquier cineasta. Así, pues, la elección del asunto que escoja para esa presentación en sociedad a través su primer largometraje, ha de ser clave desde un punto de vista subjetivo. Carla Simón (Barcelona, 1986) se ha decantado en Verano 1993 (distribuida Avalon) por la autobiografía infantil, retratada a través de su álter ego, Frida, una niña de seis años que afronta el primer verano de su vida con su nueva familia adoptiva tras la muerte de su madre. La realizadora, sin embargo, nos aclara de inmediato que ya ha contado antes mil veces esa misma historia, que narra «sucesos plenamente aceptados por mí, por lo queno necesitaba hacer la película para curar nada. “Yo estudié en Londres -nos explica-, y allí hice un cortometraje sobre unos niños que se encontraron a su abuela muerta. Entonces me di cuenta de que era un tema que me interesaba mucho, seguramente por haberlo vivido yo misma. En resumen, que el hecho de tener una historia personal relacionada con eso, con el cómo los niños se enfrentan a la muerte, que es algo que me interesaba mucho explorar, me permitía contarlo desde mi propio punto de vista”.

Con todo, los antecedentes de esta temática vienen de más atrás en el caso de Carla Simón. Tanto su padre como su madre fallecieron a causa del sida en la década de los ochenta, siendo ella muy niña, lo que marca el contexto de Verano 1993: “Aunque a mí, por fortuna, no me ocurrió –nos dice–, de ahí me surgió la necesidad de saber cómo se sentían los niños que habían heredado el virus de sus madres. Además, mi cortometraje de graduación, Las pequeñas cosas, habla de la relación entre una madre y su hija, afectada de acondroplasia (enanismo). Estaba inspirado en mi abuela y mi tía, por eso son personajes que luego vuelven a salir en Verano 1993. Finalmente, cuando estaba escribiendo el guion de Verano…, me entró un poco de curiosidad por mi madre biológica, e hice otro cortometraje, Llacuna, a partir de sus cartas».

Un regreso al pasado de este calibre exige un diálogo muy sincero con uno mismo y, por lo tanto, arriesgado hasta el punto de poder encontrarse con algún monstruo al otro lado de la puerta. ¿Le ha sucedido algo así?
En realidad, lo que me pasó es que empecé a escribir e hice una primera versión del guion superrápida, en una semana o así, con todo el material que había recogido. Claro, yo veía que era un material interesante, pero no sabía muy bien los porqués. No sabía explicar por qué yo, aquella niña, me había comportado de aquella manera, por qué me contaban ciertas anécdotas, por qué sentía ciertas cosas… Porque no tengo recuerdos muy concretos, pero sí de sensaciones. Entonces, para entender, me puse a leer muchísimo sobre cómo los niños se enfrentan a la muerte, sobre los procesos de adopción y cómo un niño se adapta a la nueva familia. Esto me ayudó mucho a entender el porqué de ciertas cosas que yo había hecho, y también a estructurar luego todo el material que tenía y darle forma como el viaje psicológico de aquella niña. En cuanto a encontrarse algún monstruo, la verdad es que el proceso de elaboración del guion fue muy bonito, porque descubrí muchas cosas sobre cómo me había sentido yo y cómo se había sentido mi nueva familia, que era algo que no me había planteado hasta entonces. Si tuviera que señalar un monstruo, lo más difícil, lo más doloroso, diría que fue el darme cuenta de que no me acordaba de mi madre biológica, esa frustración de entender que, si no me acordaba entonces, ya no me acordaría nunca, porque, evidentemente, los recuerdos no se pueden crear de la nada.

No se crean de la nada, efectivamente. Pero es que incluso cuando no se crean, muchas veces son falsos. ¿Cómo era su relación con la memoria antes de hacer la película? ¿Es distinta ahora?
Sí, ha cambiado. La película me ha hecho reflexionar mucho sobre la memoria. Y mi madre, mi nueva madre, para entendernos, siempre me dice que tengo una memoria muy selectiva. Pero creo que todos la tenemos. La cuestión es que no recuerdo cómo de doloroso fue el perder a mi madre. Me acuerdo mucho más de la necesidad de adaptación, de encajar en mi nueva familia, y de cómo todas mis energías se enfocaban a esto. Creo que esto es un mecanismo de defensa relacionado con la necesidad de tirar hacia delante. Además, claro, de que un niño tampoco tiene las herramientas necesarias para gestionar ese tipo de emoción y por eso intenta como apartarlas. Ahora hay mucha gente que se divierte preguntándome qué fue real y qué fue ficción, pero no está tan claro: hay cosas que quizá no fueron hechos reales, pero sí partieron de emociones, que, de alguna manera, también son reales.

Desengrasemos un poco. ¿No era mucho riesgo para una directora novel empezar trabajando con niños?
Sí, sí que lo era, pero es que a mí me gusta mucho trabajar con niños. Lo he hecho toda la vida. Ahora mismo, estoy en un proyecto que se llama Cine en curso. Es una iniciativa montada por unas chicas de Barcelona, pero que también se hace en Madrid y en Galicia. Es superinteresante y muy bonito, porque nos ponen junto a un profesor de un instituto o una escuela pública, hacemos un curso anual y terminamos haciendo un corto con los niños. Pero sí, trabajar con niños es muy complicado. Empezamos por el casting y luego hicimos muchísima preparación, porque para que a los niños se los crea el público, primero son ellos mismos los que tienen que creerse la historia y sus papeles, en este caso creerse incluso que son familia.

Alguien ha calificado Verano 1993 como una película luminosa y cruel. ¿Está de acuerdo?
Sí, estoy de acuerdo. Siempre creí que el tono de la película tenía que ser ese, porque si bien la película es un drama, un niño nunca deja de ser un niño, nunca deja de jugar, de reír, de divertirse. Yo quería reflejar eso, porque aunque a mí me pasó una cosa muy fuerte, también es verdad que había momentos en los que no lo veía todo tan dramático.

De lo que se deduce que está satisfecha con el resultado.
Sí, aunque he pasado por todo tipo de sensación. Al ser una cosa tan personal y tener imágenes tan concretas en la cabeza, durante el rodaje tenía una especie de pelea conmigo misma por tener que renunciar a algunas de esas imágenes, aunque siempre en favor de la película. Pero sí, he contado la historia que quería y he transmitido las emociones que quería transmitir.

Lo próximo será…
Me interesan mucho las relaciones familiares y yo tengo una familia muy grande, de manera que ahí tengo una mina. Y también me interesa mucho el mundo rural, así que por ahí irán las cosas.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


Te puede interesar...