“Maudie, el color de la vida”: Una historia de talento, superación y amor conyugal

· 23 de junio, 2017

La realizadora irlandesa Aisling Walsh, que en 2003 impactó a buena parte del público y la crítica españoles con su película Los niños de San Judas, sobre el maltrato en algunos orfanatos católicos de su país durante la década de los años treinta del pasado siglo, vuelve hoy, viernes, a los cines con un nuevo drama. Se trata de Maudie, el color de la vida, un biofilm sobre la original pintora folk canadiense Maud Dowley, aquejada por una terrible artritis reumática desde muy temprana edad, y que mantuvo una larga y peculiar historia de amor con su marido.

South Ohio (Nueva Escocia, Estados Unidos). El 7 de marzo de 1903, nacía en esta pequeña y fría localidad canadiense Maud Dowley Lewis (la siguiente fotografía muestra su aspecto real cuando ya era adulta). La pequeña, deforme, tenía los hombros inclinados y la barbilla caída sobre el pecho. Durante su juventud, cuando aprendía a tocar el piano con su madre, una artritis reumática juvenil desfiguró sus manos, y muy poco tiempo después, sus padres fallecían. ¿Quién cuidaría de Maud? Primero, quedaría bajo la tutela de su desaprensivo hermano. Pero, afortunadamente, una tía que vivía en Digby se encargaría pronto de ella, y poco más tarde, un anuncio de un hombre llamado Everett Lewis, que buscaba una asistenta para su casa de Marshalltown, cambiaría su vida por completo. Everett, inculto y tacaño, pero buena persona y muy trabajador, se casó con Maud en 1938, y se dedicó a cocinar y cuidar de la casa mientras su esposa dedicaba la mayor parte de su tiempo a profundizar en su mundo interior, creando imaginativas, sencillas y originales obras de arte pintadas en sencillas tablillas. Su trabajo terminaría llamando incluso la atención de la Casa Blanca durante la presidencia de Richard Nixon.

Que a nadie le extrañe demasiado si, el año que viene, la reputada actriz británica Sally Hawkins (candidata al Oscar como mejor actriz secundaria por su interpretación en Blue Jasmine, de Woody Allen, 2013) es nominada de nuevo al Oscar, ahora como protagonista, o a algún otro de los grandes premios de la cinematografía mundial por su interpretación en Maudie, el biofilm sobre la artista folk que la realizadora irlandesa Aisling Walsh (Los niños de San Judas, 2003) estrena hoy, viernes, en los cines españoles, con el título de Maudie, el color de la vida.

El de Hawkins es el papel protagonista de una cinta que, de cualquier modo, centra fundamentalmente su argumento en la peculiar relación sentimental entre Maud y Everett, su marido, interpretado por Ethan Hawke (El Club de los Poetas Muertos. Peter Weir, 1989). No obstante, la película cuenta también con otros alicientes en absoluto menores, como lo es el de tratar una cuestión social de plena actualidad: la indiscutible valía de las personas con problemas físico y su relación con el entorno social, además de poner en valor el hecho de que la actividad artística puede servir como válvula de escape y fuente de felicidad para personas con limitaciones de este tipo.

“Maud y Everett Lewis son una pareja incompatible -explica la directora de la película-. Dos almas que solamente existen en los márgenes de la sociedad, pero que se encuentran y se cambian mutuamente a lo largo de su vida juntos. Maudie es el retrato íntimo de estas dos personas y de su viaje hacia el descubrimiento del amor. La película muestra dos paisajes -continúa explicando Aisling Walsh-. Por un lado, la vastedad de Nueva Escocia, los grandes cielos, las estaciones que los atraviesan, la belleza, la desolación, el aislamiento… En dicho paisaje, la intimidad de una  diminuta cabaña, plantada en el margen de una carretera. La casa de Everett Lewis, gris y monótona. La casa que Maudie convertirá en la Casa Pintada, llena de color, transformando cada pulgada de cada superficie”.

“El segundo paisaje de esta película -prosigue Walsh- es la interpretación de Maud del mundo que la rodea. El paisaje de sus pinturas, el color y la simplicidad, naíf y esperanzado. Sus obras son el mundo tal como lo ve a través de su mente. Sus pinturas no representan personas; solo ella y Everett son las figuras humanas que aparecen en algunos de sus cuadros. Si Maud es un pájaro herido, Everett es el espantapájaros. Son ese par de figuras que no encajan, plantadas una al lado de la otra en el paisaje. El pájaro herido y la figura alta y harapienta, a menudo vestida de rojo. Estos son Maud y Everett Lewis. La dama frágil que mira el mundo desde la ventana de su casita y el hombre con el que ha venido a vivir. Vemos como se enamora de esa figura alta y silenciosa. Me la imagino mirando por la ventana y viendo a Everett, observándole mientras trabaja, vestido de rojo. Entonces hace la primera marca en el cristal de la ventana, pintando a Everett una y otra vez. Se convierte en la figura que observa en muchos de sus cuadros pero, a medida que la relación que hay entre ellos va evolucionando, Maud consigue pintarse también a sí misma, un retrato espejo muy sencillo. Ya no es una figura solitaria sino que forma parte de una pareja. Maud y Everett Lewis. Juntos”, termina Aisling Walsh.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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