«Cantábrico»: Magia y misterio en un mundo cercano, pero con mucho por descubrir

· 4 de abril, 2017

Fotografía: Herminio Muñiz


Después de su último y reconocido trabajo, Guadalquivir, Joaquín Gutiérrez Acha (en la foto superior) presenta un impresionante documental sobre la naturaleza de la Península ibérica. Cantábrico. Los dominios del oso pardo descubre un universo tan cercano como mágico y desconocido.

Parece una obviedad, pero no estará de más recordarlo. Realizar un documental de naturaleza no tiene absolutamente nada que ver con el hecho de coger el equipo y salir al campo a ver qué te encuentras. Muy al contrario, una película de estas características también cuenta una historia, y, lógicamente, esta hay que afinarla todo lo posible sobre el papel antes de coger las cámaras. Entre otras muchas cosas, además, en un proyecto de este tipo es fundamental el trabajo de preproducción, que incluye visitar los lugares donde luego se grabará, conectar con la población local, con científicos, investigadores, guarderías de medio ambiente… Esa es una etapa para las sorpresas, y también para saber que muchas cosas que deseas, finalmente, resultarán imposibles de conseguir. «Al fin y al cabo –termina de explicarnos Joaquín Gutiérrez Acha, principal artífice de Cantábrico… y quien nos guía por este reportaje–, un guion de naturaleza no es más que una voluntad de intenciones, porque son los animales los que acaban marcando qué se puede hacer y qué no».

Deseos imposibles, pero también fantásticas sorpresas. Verdaderos regalos de la naturaleza, como esa cacería de un gran ciervo por una manada de lobos ibéricos en un impresionante paisaje nevado, que hasta ahora jamás se había registrado con una cámara. «Y no solo el hecho en sí de la cacería –añade, orgulloso, Joaquín Gutiérrez Acha–, porque además algo así te revela cosas sobre la conducta de esta especie, como el hecho de que el animal que caza realmente, el que busca el cuello de la pieza a abatir, es solamente uno, el macho alfa, apoyado por la hembra alfa, en tanto que todos los demás integrantes de la manada se dedican a colaborar desarrollando una estrategia de acoso».Lobos, todo un espectáculo. Pero si hubiera que señalar a un único protagonista entre la auténtica sinfonía coral de la fauna terrestre de norte peninsular que es Cantábrico, ese sería, sin duda alguna, el oso pardo, un animal espectacular, como espectacular es el ver a una hembra conviviendo con sus oseznos en la libertad de la agreste naturaleza de los montes cantábricos.

Trabajar en esa parte de la geografía peninsular tampoco es especialmente fácil. Muy al contrario, la atmósfera está casi siempre muy cargada de agua y la luz escasea, lo que dificulta mucho la grabación con larguísimos teleobjetivos, necesarios para salvar la distancia (que muchas veces alcanza fácilmente o incluso supera los trescientos metros)  a la que se hace posible tomar imágenes  de alta calidad de las especies salvajes.

De este modo, superar todos esos obstáculos obliga necesariamente, por ejemplo y como es lógico, a darse grandes madrugones, pero también, por supuesto, a emplear una tecnología capaz de ofrecer la mayor calidad en las difíciles condiciones ya mencionadas. Así, en Cantábrico fue necesario utilizar recursos como los helicópteros y los drones, junto a cámaras de hasta 6K de resolución y otras de alta velocidad (capaces de trabajar a más de 1.500 fotogramas por segundo) para los momentos culminantes de la película, como, por ejemplo, el fabuloso registro de un ligerísimo mirlo acuático («un manojo de plumas que pesará unos cuantos gramos», remarca el director) al que, en otra de las impresionantes secuencias del documental, se le ve perfectamente capaz de desafiar la fuerza del agua cayendo en una gran cascada y atravesarla sin dificultad aparente. O esas otras tomas donde se disfruta con impresionante claridad del remonte de los salmones en su búsqueda de las cabeceras de los ríos donde nacieron y, finalmente, morirán después de desovar. Realidades que rodean al hombre que visita esa naturaleza todavía en plenas facultades, en suma, pero que al ojo humano le resulta prácticamente imposible  observar, y que Cantábrico permite disfrutar al detalle y con una espectacular nitidez.


Pese a las enormes barreras que un proyecto como este exige salvar, las circunstancias del trabajo sobre el terreno no cambian demasiado el trabajo previo de una buena planificación. «Básicamente –afirma Gutiérrez Acha–, nuestra película empieza donde queríamos empezar, es decir, bajo el suelo, en esas cuevas donde ya está escrita desde tiempos inmemoriales la historia del Cantábrico, y acaba después de recorrer un ciclo estacional completo, en el que hemos visto todo lo que habíamos planificado en un principio. Desde luego –continúa el director–, se nos han escapado imágenes que queríamos obtener, como el ataque de un oso macho a los cachorros para provocar de nuevo el celo de la hembra, pero, a cambio, hemos recibido regalos como los que hemos comentado antes, a los que hay que añadir otros, como las secuencias de urogallos obtenidas en remotos lugares de la cabecera del río Sil».


No fue posible obtener esas imágenes de los urogallos durante el primer año de trabajo. Esos fantásticos animales, en gravísimo peligro de extinción, no aparecieron entonces por los lugares que frecuentan. Sin embargo, en el segundo año el equipo tuvo la inmensa suerte de que el cantadero por el que apostaron se llenó de vida. Ello les permitió lograr mucho más de lo que en principio creían, quizá un macho cantando y poco más. No fue así, porque finalmente se juntaron en el lugar cuatro o cinco machos y dieron un espectáculo impresionante: cantos, peleas, apareamientos… Un documento, en definitiva, que «yo creo que difícilmente se podrá volver a conseguir con un animal como este, prácticamente ya en la zona crítica del peligro de extinción», afirma Gutiérrez Acha.

Acostumbrados como estamos a sentir la grandiosidad de la naturaleza a través de trabajos hechos por realizadores extrajeros en lugares remotos, Cantábrico (una película para disfrutar, si es posible, en la gran pantalla) demuestra que aquí, a tiro de piedra, es posible vivir la naturaleza en su máximo esplendor. No solo en el norte de la Península ibérica, desde luego, como el propio director y cámara Gutiérrez Acha demostró en  trabajos anteriores (Guadalquivir, de 2013, es el penúltimo), aunque bien es verdad que en ese espacio dominado por los más de 400 kilómetros de la abrupta cordillera Cantábrica, paralela al mar del que toma el nombre, y en su vertiente septentrional, la influencia cálida del mar y el elevado régimen de lluvias han propiciado la proliferación en sus montañas, valles, cañones y bosques de numerosas formas de vida solo comparables con las de otras latitudes. «El Cantábrico es un lugar mágico y misterioso del que muchos de sus rincones todavía no han sido descubiertos (…). Es el reino de los bosques, el dominio de los caballos salvajes, la tierra donde las nieblas esconden a los lobos, los gatos monteses y los urogallos», además, por supuesto, de al rey indiscutible de su fauna, el oso pardo.

Cantábrico…, producido por José María Morales (las productoras han sido Wanda Natura y Bitis Docu) ha sido grabado, durante dos años, en la Cordillera Cantábrica, Castilla y León, Asturias, Cantabria y Galicia, e incluye también una secuencia sobre la pesca del bonito por parte de los arrantzales vascos.

Antonio M. Sánchez

Redactor de URBAN. Licenciado en Geografía e Historia. Máster en Comunicación y Periodismo. En "Levante-EMV" desde 1984. Ex-jefe de edición de "La Cartelera".


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