Harina y verbo

· 28 de julio, 2016

Volumen 29:

«En el pan es de día -murmura Johnny, tapándose la cara-. Y yo me atrevo a tocarlo, a cortarlo en dos, a metérmelo en la boca. No pasa nada, ya sé: eso es lo terrible. ¿Te das cuenta de que es terrible que no pase nada? Cortas el pan, le clavas el cuchillo, y todo sigue como antes. Yo no comprendo, Bruno»

(El Perseguidor, Las armas secretas, Julio Cortázar)

Olvidaron la poesía. Arrinconaron la belleza. Cercaron las palabras. Eran tiempos confusos y contusos, desquiciados, los tiempos en que las manos de acariciar se usaban para matar, las de dar para robar y las de crear para borrar. Las gentes andaban a lo que andaban; perdieron la memoria; abolieron, casi sin darse cuenta ni darle importancia, la poesía. Unos ambicionaban, ansiaban, subían, ganaban, y para qué. Otros se conformaban, cedían, bajaban, perdían, así que para qué. Había prisa, había miedo, había que correr, había que comer, entonces para qué.

Pero un día un panadero, acostumbrado a ver crecer la masa entre los dedos como la tierra y los vientres fertilizados, recordó. Buscó en los rincones de su memoria y de su casa y lo encontró. Un poema. Pero nadie quiso leerlo. No reconocían los libros. Así que el panadero copió los versos en la bolsa del pan. Un día tras otro, una barra tras otra, una frase tras otra. Y los hombres y las mujeres empezaron a acordarse. La palabra tomaba las calles, las cocinas, las bocas. La panadería se llenó de los viejos libros. Los poetas volvieron a escribir, inventaron verbos nuevos. Así fue como el mundo recuperó la poesía.

Hasta que, de nuevo, olvidaron….

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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