El gato

· 7 de julio, 2016

Volumen 23:

«Hay mujeres que miman gatos hechos de suspiros, y con nuevos suspiros los amasan cuando cualquier otra presencia en su cama sería un dolor o una derrota. Y una mujer con gato, aunque a veces pueda olvidarlo, es invencible.»

(Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, Carlos Salem)

El gato no había vuelto a casa aquella noche. No era raro. Podía estar días y días sin aparecer, maullando a gatitas imaginarias del lado oculto de la Luna. O arrullado por caricias ajenas (algún solitario, quién sabe…) Pero esa noche no estaba en su colchoneta a los pies de la escalera. Allí desde donde podíamos oirlo respirar. No estaba y todo andaba fuera de lugar. Salimos a buscarlo. Las dos sabíamos que no tenía sentido. Rondar por las calles a esas horas gritando gato, gato, gato. Oteando las azoteas, arrodillándonos bajo los coches estacionados. Todo por el gato. Por nuestra amistad. Y por el orden universal.

Ella, mi amiga, mi hermana, la que siempre manchaba la cocina con leche derramada al hervir, la que preparaba bocadillos disparatados, la que charlaba y charlaba hasta el amanecer mirando al techo, amaba a los gatos. Incluso a los escurridizos. A esos, más. Los vestíamos de blanco, les pintábamos las uñas, dormían en nuestro regazo, les paseábamos en moto. Y ellos se reían, juro que se reían. Siempre fuimos ella, su gato y yo. Inseparables. Pero esa noche regresamos, muertas de risa y de miedo, sin el gato. Un mal presentimiento. Hoy él, y los demás, me miran con los bigotes inmóviles desde la lápida. Mi amiga, mi hermana, los llevaba metidos en la cabeza. Y, también, un tumor. Un maldito tumor.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


Te puede interesar...