Urban · Moda

Moda Arte

· 28 de marzo, 2018

Fotografía: Miguel Zaragozá


Texto: Álex Villar

Desde Urban hemos abordado siempre la moda como un eslabón del arte y la cultura estrechamente implicado en la definición de una sociedad. El sistema del arte, los analistas del patrimonio, comisarios y conservadores por fin miran la moda no sólo como documento sino como expresión y lenguaje. Nos ha costado, pero proyectos recientes confirman esa vía investigación entre la dimensión histórica del arte y la creatividad en la moda: «Art en Blanc»–comisariada por Josep Lozano-, la exposición «Pinazo y la Moda» –de la que fui comisario con Mar Moya- o «Sorolla y la moda» actualmente en el Museo Thyssen y el Museo Sorolla de Madrid y comisariada por Eloy Martínez de la Pera.

Esa reticencia a admitir la moda en el discurso de la historia del arte no era ningún problema para sus propios artífices. A finales del XIX Van de Velde, Klimt o Emilie Flöge crean los vestidos túnica, péplum dorados e inspiraciones vegetales bajo el latigazo del modernismo. Ya en la vanguardia Sonia Delaunay aplicó su abstracción cromática a estampados textiles y el propio Picassio diseñó el vestuario de los ballets rusos de Diaghilev, donde conoció a su mujer Olga Koklova, aristócrata rusa, que le introdujo en un mundo más sofisticado y burgués. De manera coetánea Giacomo Balla, en su manifiesto futurista, nos hablaba del traje antineutro para los hombres que debían seguir patrones dinámicos, geométricos y tonos vivos para estimular la idea de velocidad y de riesgo que tanto estimulaba al movimiento vanguardista.

Como vimos hace unos años en la exposición «Reflejando la moda» del Museo de Arte Moderno de Viena, fueron los surrealistas los que otorgaron a la moda una posición privilegiada en el olimpo de las artes. La provocación y la trasgresión de los estereotipos sociales llevó a Max Ernst a proclamar Fiat modes-pereat arts (larga vida a la moda, el arte perezca) subrayando el carácter temporal y vertiginoso de la moda como signo de identidad personal con el que el arte puede realizar sus simulacros. Dalí exclamó «yo soy el surrealismo» e hizo de sí mismo su mejor obra articulando la unión entre cuerpo y sueño, arte y vida. En 1937 crea con la diseñadora Elsa Schiaparelli el célebre Traje langosta, sale en las portadas de la revista Vogue y colabora de manera estrecha con Paco Rabanne. También fue portada del Vogue en 1945 Duchamp y su Gran Vidrio en el contexto de una editorial de moda.

Innegable es la influencia de Andy Warhol en la moda y en la valoración de esta como una expresión artística e inherente a la cultura contemporánea. Más reivindicativos eran las acciones y performances de otros artistas que querían combatir los convencionalismos de la indumentaria y los estereotipos sociales que suponían sobre todo una cárcel para la mujer.  Pero al mismo tiempo el diseño de moda suponía un camino de liberación, de reivindicación de igualdad y muy estimulante a nivel creativo y crítico para artistas como la fotógrafa Cindy Sherman que colaboró con Comme des Garçons, Issey Miyake y Balenciaga o la suiza Sylvie Fleury que realizó una colección para Hugo Boss. Hay un camino trazado y una apasionante aventura de placer y conocimiento a través del arte y la moda siempre a punto de descubrir.


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