El backstage de La Traviata

· 9 de Febrero, 2017

Fotografía: José Luis Abad


Texto: Susana Golf

En el escenario de Les Arts todo brilla: las burbujas del champán, las paillettes que salpican como estrellas la capa de tul de Violetta, las lámparas de araña que presiden los salones de París… La Traviata brilla en Valencia (segunda parada mundial tras Roma). Todo en esta ópera es mayúsculo: la producción de Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti, la alfombra roja (la alta costura, la vieja Europa), la dirección de Sofía Coppola y la escenografía a cargo de Nathan Crowley (puro Hollywood, la joven América), las voces líricas (Plácido Domingo, Arturo Chacón y Marina Rebeka)… Detrás, hay estructuras gigantescas de madera que se convierten en mármol, vestidos exclusivos mimados entre algodones, jarrones de cartón-piedra pintados primorosamente a mano, perchas, operarios, barajas, monedas, cepillos y perfumeros que entremezclan, sin distinción, la ficción y la realidad… Porque así es la ópera. Entramos en el backstage de La Traviata de Valentino.

Los camerinos de Les Arts custodian la joya de la corona: el vestuario. No podía ser de otro modo tratándose del modisto lombardo. Valentino firma los cuatro de la protagonista; Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli los de Flora, la amiga de la cortesana, y el coro y la maison, el resto. Para Violetta, dos modelos (dos vestidos de baile) que el diseñador asegura que le costó poco crear. Así de claro lo tenía. Uno, negro, con una larga cola turquesa de plumas. Pensado para el descenso por la escalinata (como si de aquellos desfiles de la piazza de España en Roma se tratara). El otro, por supuesto, rojo. Rojo de pasión, de pecado, de escándalo, de traviata (extraviada) y rojo Valentino (un color que, según confesión propia, le inspiró España). Un vestido en tafeta de seda que, de cerca, gana visto desde atrás: allí se concentra la «arquitectura» de los volúmenes en la parte trasera, en los abullonados. Un vestido, al tacto, suave y ligero a pesar de su apariencia. Y dos camisones. Pudimos (privilegio enorme) acariciar el conjunto del tercer acto, con el que Violetta Valéry se desploma y muere. ¿Camisón, hemos dicho? Atención actrices: deslumbraría en una alfombra roja de los Óscar. En piel de ángel rosa palo y encaje de Chantilly, acompañado por una bata con flores aplicadas bajo unas mangas de farol en tul plumetti y unas mules forradas.


Cada juego de vestidos (que se ajustan al milímetro en los cuerpos de las intérpretes) cuenta con un carro de transporte. Los vestidos de Flora (uno negro con transparencias y falda de baile, otro blanco de volantes) son de Pierpaolo y Maria Grazia, por entonces tándem de directores creativos de la Maison Valentino, así como los del coro. Nos detenemos en estos. Menos clásicos, más actuales, parecen sacados de un desfile internacional: corsés nude y tul negro. En otros «burros» penden los ternos de ellos: sastrería clásica, chaqués, esmóquin, levitas oscuras… En los estantes resposan máscaras, guantes largos (esos bailes) y sombreros de copa. Y esas cajas con el logo de la V.

Seguimos por los pasillos laberínticos del Palau, las tripas del edificio de Calatrava. Y de repente estamos en la plataforma principal. A nuestra espalda, el foso para la orquesta y el (inexistente entonces) público. Sobre nuestras cabezas, unas gigantescas arañas traídas (en una larga hilera de tráilers) desde Roma. Detrás, las paredes —toda la decoración es en azul pavo y dorado- de un salón parisino. Hay operarios, escaleras, vigas de madera… pero habrá una fiesta (en el primer y el segundo actos). Cada noche, en cada representación. A un lado, vemos la casa de campo a la que se retirarán Violetta y Alfredo en el segundo acto. Al otro, la escalinata que simula mármol. Y, tras las paredes, el dormitorio de la traviata (tercer y último acto) que mantiene los mismos colores. Sobre un tocador, sus cosas (atrezzo de alquiler, idéntico al de la representación romana). Hay mucho trajín, pero se puede intuir entre las sombras a Violetta… Su postrero canto del cisne.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


Te puede interesar...