Carlos Huber: «En un perfume hay ciencia… y un toque de magia»

· 12 de julio, 2018

Los aromas, a veces, cuentan historias, incluso nos llevan a ellas, en otro tiempo y lugar. Es lo que hace Arquiste, la firma de perfumes de nicho de Carlos Huber con sede en Nueva York pero tan mexicana como él y uno de sus ‘narices’, Rodrigo Flores-Roux (también trabaja con Yann Vasnier). El arquitecto pasó por València, donde tiene uno de sus puntos de venta, Linda vuela a Río.

 

Todo empezó con un libro. Narraba el encuentro entre la corte francesa de Luis XIV y la española de Felipe IV en la isla de los faisanes, en el país vasco–francés. Había una descripción muy minuciosa de la arquitectura, de la moda, de lo que pasó. «Yo estaba leyendo esto y le dije a Rodrigo [Flores-Roux] ‘de esto podemos hacer un perfume.’» Así nació el concepto de Arquiste. Y dos perfumes. Uno del lado francés, Fleur de Louis (muy clásico, la cosmética, la madera del pabellón, el río Bidasoa, notas salinas porque el estuario desemboca en el mar, lys, jazmín, rosa, azahar, almizcle) y el de la parte española, Infanta en Flor (azahar, talco, el polvo de arroz que las mujeres utilizaban -las francesas criticaban a las españolas porque usaban demasiado maquillaje- y una nota de cuero porque el cuero español era el mejor de Europa). Él y Ella hablan de la jet set en los 70’s en Acapulco. Nanban funde Oriente y Occidente, las materias que los samurais llevaron a Japón desde Europa y México y a muchos les costó la vida: café, incienso, especias, chocolate, pimienta negra, cuero. Anima Dulcis es la evocación de un día en un convento en la Ciudad de México donde las monjas cocinaban una receta de chocolate caliente con tres infusiones de chile; contiene chocolate, chile, incienso de la iglesia, las vigas de cedro, el estuco del yeso de las paredes, el jazmín de los patios… huele a todo eso y los hábitos pesados que han absorbido los olores. Alexander recrea el último día de Puskin, poeta ruso, que sale de su casa con botas de cuero, un abrigo de piel de oso, oliendo a violeta y agua de colonia -los perfumes más populares en Rusia en la época- y llega a un bosque de abetos y abedules donde tiene lugar el duelo. El perfume, las últimas notas, terminan ahí.

 ¿Cuánto puede llevar una investigación así?
Pues depende de la historia y de la información que tengamos. Cuando no tengo más, paro. Lo que no quiero es que sea inauténtico. Quiero que las referencias de los ingredientes estén bien mencionadas y localizadas dentro de la fórmula. Que no esté inventado nada.

¿Todos esos aromas los ‘extraen’ de libros, cuadros, fotos…?
Sí. Por ejemplo, a mí me interesaba trabajar la gardenia pero algo más neutro, no solo para la mujer. En internet, buscando la manera más elegante para un hombre de usar una gardenia, encontré lo del botonier [elegido uno de los cinco mejores perfumes en Estados Unidos Premios Fundación Fragance 2013, Boutonnière No.7 es la evocación de una gardenia en el ojal de un esmoquin durante la Belle Epoque] A partir del siglo XVIII, aristócratas y gente bohemia, en lugar de las condecoraciones militares, se ponen una flor en el ojal. En el XIX con la etiqueta negra los hombres usan las flores para aderezar un poco su look porque con la etiqueta tan severa era el único reducto de individualidad, un clavel para esta ocasión, una violeta para visitar a la familia y una gardenia para la ópera.

En México hay mucha cultura floral.
Mucha, un escritor modernista de principios del siglo XX [el poeta Carlos Pellicer] decía que los mexicanos tenían dos obsesiones: la muerte y las flores. Para los aztecas, las flores eran una manera de comunicación entre el mundo de los dioses y el ser humano porque que huelan es un mensaje. El nardo era el olor de la diosa Xochiquétzal, la Venus del parnaso mexicano. La leyenda dice que el rey del inframundo envió un murciélago, que la atacó, le arrancó un poco de carne y de la carne y la sangre que cayó en la tierra salieron los nardos.

El perfume siempre estuvo ligado a ritos, personajes históricos…
Lo bonito es que todo tiene una historia. Como toda creación humana. El perfume de autor ha recuperado eso. Y el papel del perfumista tiene más importancia hoy en día. Yo creo que el perfume es un lugar, un lugar donde el mundo del storytelling toca mucho, pero no sólo. Hoy en día la gente está hambrienta y con sed de historias.

 ¿Hoy el lujo no es poseer, sino vivir?
La gente quiere gastar su dinero en la experiencia. Vamos de crisis en crisis, momentos políticos muy extraños, la gente quiere viajar, salir a cenar, ir de viaje, ponerse un perfume, ligar, eso vale más que tener un coche bonito, una casa muy grande o algo muy caro.

Cuando Proust habla de su magdalena, todo el mundo piensa en el sabor, pero seguramente fue el olor lo que le transportó.
Es el aroma sobre todo. Sin olfato el sabor se reduce a la mitad.

¿El olfato tiene límites?
El olfato es muy primitivo. Hoy se valora más la vista o el oído, sentidos mucho más nuevos en la evolución humana. Los reptiles huelen de la misma manera o más que nosotros, pero no ven las cosas igual. Nuestra cultura se ha vuelto mucho más visual. Esto es muy instintivo. Si huele bien te atrae. Si huele mal huyes.

Tus historias olfativas se ‘ven’, resultan muy cinematográficas.
Yo los veo como perfumes muy cinematográficos y una manera de aportar tu propia historia a la historia que nos une a todos. Tú hueles y estableces una conexión con ese perfume, con esa historia que no sabías.

 ¿Esto que hacéis es arte?
Sí, sí, es un arte. Como la arquitectura es un arte práctico, porque tiene una función, pero yo creo que es un arte.

¿Qué le contestas a quien dice que el perfume es caro?
Si lo comparas con el mundo de la moda, es mucho más accesible que un vestido, o un traje de sastre, o unos buenos zapatos.

¿Cuánto de razón y cuánto de corazón tiene una fragancia?
Por supuesto que hay ciencia, investigación, pero también cosas que, a veces, no tienen explicación. En muchos perfumes a veces se agrega agua dentro de la fórmula, no podemos explicar por qué funciona pero funciona. Sabemos lo que hace, da como espacio. Es como un toque de magia. De alquimia. Hay ciertas combinaciones que son un poco fortuitas y tienen esa magia.

¿Existe alguna esencia imposible de capturar?
Muchas cosas. La gardenia no se obtiene de la flor natural, no se puede, es demasiado delicada. También el aroma del cuero.

¿Qué momento o lugar te gustaría plasmar?
Muchos. Ahora he estado en Granada, un lugar muy especial, pero no quiero caer en el cliché. Hacía un poco de frío aún y el naranjo estaba todavía en flor. También estuve en Sevilla pero ya no olía a azahar, sí a jacaranda. Hay tantos lugares, tantas historias… Es una manera de descubrirlos. Los perfumes pueden transportarte.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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