Padres todoterreno

· 18 de marzo, 2016

Texto: Fotos: José Luis Abad

Millones de padres recibirán mañana el abrazo de sus hijos. Será, sin embargo, más cálido e intenso que otros días. Desde 1948, el día de San José se homenajea a los padres. El mejor regalo es y será recibir el afecto, el respeto y la admiración de sus hijos.

Indescriptible es la palabra que Santiago, Alejandro, Danilo y Fernando utilizan para describir lo que sintieron el día en que se convirtieron en padres. Responsabilidad, la que emplean para hablar de cómo están criando a sus hijos. Y miedo, a la que acuden cuando piensan en el futuro. Criar, coinciden, no es fácil, pero regala muchas satisfacciones y momentos imborrables. Una mueca, una llamada o un abrazo es suficiente para que al exfutbolista y ahora presentador y comentarista, al cocinero y a los odontólogos se les humedezcan los ojos e incluso les salten las lágrimas de felicidad. Mañana, como otros muchos padres, celebrarán su día. Para los cuatro, el mayor de los regalos será la compañía y el beso de sus hijos.

El fútbol como punto de inflexión

Santi Cañizares exprime su día a día. Las horas se le hacen cortas. En casa no para. Presentador de televisión (Movistar Plus) y comentarista en el Carrusel Deportivo de la Cadena Ser, el exfutbolista aprovecha su tiempo libre para disfrutar de sus hijos. Tiene siete. Lamenta que, cuando su vida giraba en torno al fútbol, se perdió muchos «momentos» porque su profesión le absorbía. Ahora, con 46 años, antepone su familia a cualquier otra cosa. Se siente joven, la paternidad le ha devuelto a la niñez. Irradia felicidad.

«Me apasionan los niños», lanza mientras juguetea en La Patacona, a orillas del Mediterráneo, con sus trillizos de tres años: India, Martina y Santiago. Los peques de la casa son los que requieren ahora de su mayor atención; Sofía, de seis años, ejerce de hermana mayor. Los cuatro niños son fruto de su matrimonio con Mayte García. De su anterior pareja tiene otros tres hijos: Carlota, de diecinueve años; Lucas, de trece, y Olivia, de nueve. De los Cañizares Conchello, actualmente, sólo Olivia reside en Valencia. «Vive con su madre, pero estoy en permanente contacto con ella», apunta Santi. «Mi hija mayor estudia en Francia, segundo de Ingeniería. Cuando ella nació, yo jugaba en el Real Madrid», concreta tras recordar que, cuando la ahora universitaria nació, él tenía 27 años.

La misma semana que el Valencia ganó la liga en Málaga, en mayo de 2002, nació Lucas. «Dejé la concentración para venir a conocerlo», recuerda con nostalgia. Su primer vástago, para orgullo de su padre, sigue sus pasos. El adolescente es portero, juega en el infantil A del Real Madrid, vive en la Ciudad Deportiva del Real Madrid y apunta alto. «Hablamos todos los días, una o dos veces», incide. Precisamente, su experiencia como padre de aspirante a futbolista llevó a Cañizares a escribir Papá, yo de mayor quiero ser futbolista. Un libro, con reflexiones y consejos, sobre todo lo que un padre debe saber para poder guiar a su hijo en su sueño de ser futbolista profesional.

Ya retirado del fútbol, el madrileño experimentó la paternidad desde otro ángulo. «Cuando jugaba, me tomaba mi trabajo prácticamente como lo único de mi vida. Soy muy autoexigente, y estar bien requería de toda mi energía y concentración. Estaba, además, mucho tiempo fuera de casa. En mi vida, sin duda, hay un antes y un después. El fútbol absorbía toda mi energía. No he dejado de trabajar, pero es diferente. Ahora empleo el tiempo libre de forma distinta ya que antes me tumbaba en el cama para reservar energía y llegar mejor al entrenamiento. Cuando jugaba, si me podía ahorrar la energía que consumía al llevar a los niños al cole, lo hacía. Ahora me encanta llevar e ir recoger a los niños aunque me haya acostado tarde y mi mujer me pida que no vaya. Me dedico a ellos porque tengo más tiempo y mis tareas no son del estrés y exigencia que yo me atribuía cuando jugaba al fútbol», comparte el ahora piloto de ralis.

En la cría de los últimos cuatro niños (Sofía, India, Martina y Santi), el exjugador se ha involucrado «mucho más». Biberones, baños o cambios de ropa han sido para él un «gustazo». «Antes, mi mente estaba siempre en el fútbol. Es un trabajo en el que debes dar lo máximo de ti, tanto en la competición, como en los entrenamientos como en el descanso», remarca. «La realidad es que ellos son los que más están disfrutando de mí, y yo con ellos. Mi vida ahora es diferente». Distinta.

Santi, de la noche a la mañana, vio como su familia aumentaba en tres miembros. «Mi mujer quería volver a ser madre. Yo creía que tener cinco niños era una barbaridad, pero bueno… hoy por ti y mañana por mí. Nos fuimos a Ibiza un verano y … embarazo. Fuimos a una ginecóloga en la isla y nos confirmó que era una gestación múltiple. Sin embargo fue en Valencia, y cuando mi mujer estaba ya de dos meses y medio, cuando la ginecóloga nos dijo ‘no hay dos, hay tres’. ¡Joder, ¿cómo puede ser?, ¡qué locura! Resultó que el embarazo era de dos gestaciones distintas. Una cosa rarísima. Nacieron con siete meses y tuvieron que estar un mes en la incubadora, pero al mes siguiente ya estaban fenomenal», relata tras revelar que el aumento de la familia, entre otras muchas cosas, le obligó a hacer reformas en la casa. «No olvides que hablamos de tres y de golpe», bromea. Mañana, como todos los 19 de marzo, el papá Cañizares se sentará en la mesa con sus hijos, y, «cuantos más pueda reunir mejor», desea.

del padre cocinero al niño que juega con garbanzos

Izan está acostumbrado a jugar con ralladores, varitas y sartenes. Nació prácticamente entre fogones. El pequeño, de dos años y siete meses, se siente cómodo merodeando por los restaurantes de sus padres. En Macel.lum y en Come&calla, Izan sabe qué puede y qué no puede hacer. Es, cuando el niño está en los locales de su padre, cuando Alejandro Platero más sonríe. Para el jefe de cocina, Izan es el epicentro de su vida, la razón por la que ser mejor cada día. «Es un niño buenísimo» define el cocinero, finalista del popular talent show Top Chef 3 y, que hace un año, en Madrid Fusión, quedó segundo en la votación a cocinero revelación de 2015. «Cuando participé en el programa el niño tenía solo año y medio. Me pasé tres meses grabando en Madrid y solo venía a Valencia los fines de semana», recuerda mientras el pequeño corre de un lado a otro del restaurante y las nueve personas que trabajan en el local ultiman los platos que, al mediodía, servirán. «Esta es su segunda casa y se siente bien aquí», se vanagloria. «A veces le damos una sartén con unos garbanzos y ahí lo tienes, entretenido dándoles vueltas a los garbanzos, y pasándolos de una olla a otra», describe.

Si Platero tuviera que cocinar un plato para su peque, le haría un arroz al horno porque «es su plato favorito». Cuando acude a un restaurante, para no fallar, pide que a Izan le cocinen «brócoli con algún pescadito». «No come carne porque no le gusta; pescado, todo el que quieras. Las chuches ni las huele», bromea. Con matices diferentes, pero Platero tiene más hijos. Dos. «A los restaurantes hay que criarlos, cuidarlos, mantenerlos y acompañarlos a diario. Son una responsabilidad muy grande, porque no los puedes dejar nunca solos», compara. Todo requiere su tiempo.

Cuando llega a casa, tras una larga jornada de trabajo, a Alejandro le espera «otra cocina». «De pequeñito le compramos una cocinita y le encanta jugar con ella. Hay días que juego a cocinar con él; otros, a montar cosas, porque le gustan los trabajos manuales, y otros, a trastear con tornillos. Como cualquier padre, hago lo que él quiera. La verdad es que es difícil combinar ser padre y ser cocinero porque este trabajo requiere de muchas horas, pero trato de aprovechar al máximo el tiempo que estoy con él. Me levanto pronto, desayunamos juntos y, cuando él se va al cole, yo me voy al mercado y hasta la tarde o noche ya no puedo volver a verlo», comparte mientras Raquel, su mujer, atiende al niño. En plena semana fallera, el pequeño quiere tirar bombetes. Su padre también las tirará. Como cualquier progenitor, Alejandro tratará de complacer al niño. Es algo innato. Ley de vida. El día de San José será su día, aunque advierte que «desde que eres padre, todos los días son el día del padre».

Tres años después, se cumplió el sueño

A Danilo Terré le dolían los ojos de tanto llorar al ver por primera vez las caritas de Danilo y Rosalía. Los gemelos llegaron al mundo en Illinois (Estados Unidos), hace solo cuatro meses. Las lágrimas del odontólogo cubano eran de alegría, pero también de liberación. De dolor y angustia. De preocupación. Al otro lado del Atlántico, Danilo y Fernando Veintimilla veían cómo, tres años después, se cumplía el sueño de ser padres. «Somos una familia poco convencional, pero queríamos formar una familia y ya somos una familia», se felicitan. «Nos dejaron entrar en el paritorio y, desde el primer segundo de vida, ver a nuestros hijos», relata Danilo mientras Fernando acuna a uno de los gemelos. «Ser padre te mejora como ser humano», afirma.

El camino a la paternidad no ha sido fácil para la pareja de Xirivella. La vida los puso a prueba. Sobre todo, a Fernando. «Siempre tuve claro que quería ser padre. Soltero y con 27 años, empecé los trámites para una adopción a través de la Generalitat Valenciana. El día que cumplí los treinta me diagnosticaron leucemia y los asistentes sociales me dijeron que no podría ser padre porque, al tener antecedentes de cáncer, me invalidaban para ello. Un año después conocí a Danilo. Desde el principio lo teníamos claro y empezamos, como hormiguitas, a ahorrar para poder lograrlo. ¿Es un proceso caro?, según como se mire», relata el odontólogo. «El día que nacieron los niños fue el más feliz de mi vida», se emociona el valenciano. Llegar a vivir ese momento no fue sencillo.

La paternidad a través de una gestación subrogada era la única vía que la pareja encontró para experimentar la alegría de la paternidad, ya que este procedimiento les ofrecía la opción de tener relación biológica con el niño, engendrar a un bebé que es genéticamente particular, participar activamente en el embarazo y ser reconocidos en el certificado de nacimiento original como padres legales de los niños. «Tuvimos que ir tres veces a Estados Unidos. La primera vez fuimos a donar el material genético y conocer a la gestante; la segunda, a la transferencia de embriones, y a la tercera, al parto. En este proceso, una de las claves es que tienes que confiar muchísimo en las personas que te brindan la oportunidad de poder tener una familia», comparten. La pareja, afincada en Xirivella, conoció a la gestante en una comida, el 1 de septiembre de 2014. Ese día, el sueño de ser padres empezó a tomar forma. Ahora disfrutan y sufren con la cría de Danilo y Rosalía, unos niños que definen como «buenísimos».

En cómo disfrutan de la paternidad, Danilo y Fernando se contradicen. «Para mí no está siendo un momento fácil porque se me están mezclando muchas cosas y, a veces, la vida no es como la sueñas o te la planteas», confiesa Danilo mientras Fernando le da normalidad al proceso. «Criar es como todo y no lo veo como nada del otro mundo. Creo que la gente exagera mucho. Nuestros niños son muy buenos. La vida te va llevando. Es cierto que he pasado tanto con la leucemia que todo lo relativizo. Sigo estando enfermo y, todos los días, tomo quimioterapia a las cinco de la mañana y a las cinco de la tarde. He pasado tanto que…», se emociona.

«No hay mayor alegría que ver crecer a tu hijo. Con la paternidad dejas de pensar en ti y te centras en tus hijos; es como que te debes a ellos y luchas por ellos. Tu vida deja de ser tuya porque te absorben y todo está enfocado por y para ellos. La verdad es que no hay palabras para describir lo que siento cuando los miro», confiesa Danilo.

En el día a día, la pareja se apoya en los padres de ambos para el cuidado de los gemelos. «Trabajamos juntos. Tenemos una clínica en común y el horario es muy pesado. La vida exige dedicarte a tu trabajo porque hay que buscar con qué vivir. Sentimos que, de alguna manera, nos estamos perdiendo cosas de los niños, porque se pasan el día con los abuelos. El otro día, fui a coger al niño y me hizo la cobra con la abuela», explica Terré. Su madre ha viajado desde La Habana (Cuba) para ayudar y arropar a su hijo en estos sus primeros meses como padre.

A la pareja le fue denegada la baja por maternidad, pero sí se le concedió la de paternidad. «Es todo una incongruencia, porque la adopción sí tiene concedida la baja y el acogimiento también. Se acogen a una normativa errónea porque a los niños se les reconoce como nuestros hijos, los hemos inscrito, tienen DNI y todo como españoles. Si hubiéramos tenido la baja, uno de los dos podía haberse quedado en casa», apunta Fernando, que ya imagina el día en que los niños le digan papá. «Estoy viviendo momentos únicos. Es maravilloso lo que siento cuando los cambio o cuando los visto y las miradas de complicidad que tengo con ellos. Cuando con tres o cuatro años podamos interactuar, será increíble», se sincera. Para entonces, desean, ya habrán celebrado varios días del padre juntos.

Amparo Barbeta

Redactora de URBAN


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