Fangoria: «Sentimos mucho respeto por el pop»

· 12 de febrero, 2016

Texto: EDUARDO GUILLOT

El veterano dúo formado por Alaska y Nacho Canut publica «Canciones para robots románticos», una nueva colección de historias de amor y desamor, salpicadas de referencias a la cultura pop y con un sonido marcado por el uso de la electrónica . Veinticinco años después de su debut, en 1991, Fangoria mantienen su posición de privilegio en el panorama pop español. Tras reinventarse con Cuatricromía (2013), publican Canciones para robots románticos, donde repiten con dos de los productores con quienes trabajaron entonces: Guille Milkyway (La Casa Azul) y Jon Klein (exSiouxsie & the Banshees). Hablamos con Alaska.

El disco consolida la regeneración que mostró Cuatricromía. ¿Estás de acuerdo?

Cada vez que cambiamos de productor nos regeneramos. Ya nos pasó con Carlos Jean. Y con Sigue Sigue Sputnik. Por eso no hacemos más de tres discos con cada uno. En Cuatricromía, Guille y Jon tenían licencia para llevar las canciones a su terreno, pero aquí la idea era unificar el sonido.
En un proyecto como Fangoria, ¿los cambios son la manera de evitar caer en la rutina?

Claro. Guille también ha participado en la composición de algunas canciones. Y este año, por ejemplo, hemos cambiado a las bailarinas. Parecerá un chorrada, pero no lo es. Resultó doloroso, porque somos muy felices viajando con ellas, pero eran las mismas desde la gira de El paso trascendental del vodevil a la astracanada (2010) y no se podía sostener más. En lo personal ha sido un drama, hemos llorado y nos ha dado mucha pena. Pero tienes que hacerlo.

Tras diversas encarnaciones previas (Pegamoides, Dinarama), Fangoria se ha caracterizado por la apuesta electropop. ¿Es el terreno donde os sentís más cómodos?

En un grupo, cada uno tiene una opinión, pero aquí somos Nacho y yo desde el principio, y eso contribuye a mantener la estabilidad, porque siempre hemos pensado lo mismo en lo que respecta a la orientación del sonido. También somos muy conscientes de que un tema con determinados arreglos y con mi voz suena indefectiblemente a Fangoria, porque hay determinados elementos que siempre están ahí.

El disco vuelve a estar repleto de referencias a la cultura pop. ¿Es una fuente inagotable?
Lo maravilloso de la cultura pop es que se nutre de cualquier cosa. Tiene muchas ventajas, es infinita pero, al mismo tiempo, inabarcable, y eso puede complicar las cosas. Sentimos mucho respeto por el pop, porque es el estilo musical más libre y no tiene leyes. Eso lo hace más difícil.

La muerte de David Bowie, una de vuestras grandes referencias, pone de manifiesto la carencia de figuras de su trascendencia en la actualidad. ¿Estás de acuerdo? 

Ha cambiado la posibilidad de crear figuras de esa dimensión. La paradoja del acceso ilimitado a la información es que al final no hay tal información. Lady Gaga es la última estrella que trasciende el ámbito puramente musical, y todavía es muy del siglo XX, aunque haya surgido en este. Antes había papel, te costaba conseguir una revista musical, era un triunfo escuchar un LP mil veces, y todo eso contribuye a que una figura tenga una dimensión. Hay gente joven para la que eso sigue existiendo y que ve a sus ídolos de esa forma, pero para la mayoría, la música es un politono, una cosa que tiene en el móvil, y el artista no le importa demasiado. Y en televisión, el medio más icónico, ha dejado de interesar la música. Es la era digital la que hace que los ídolos no se creen de la misma forma ni tengan la misma magnitud. Existe creatividad, pero no se ve de la misma forma.

Trabajáis con compositores por encargo. ¿De qué forma se desarrolla el proceso?

Es muy libre. Nos presentan canciones y nosotros elegimos unas y desechamos otras. Nos fijamos, sobre todo, en las melodías, independientemente de cómo estén arregladas. A veces hay gente que cree que queremos una cosa determinada y luego no cogemos su canción.

¿Habéis aceptado alguna vez una propuesta anónima?

A lo mejor sería una fuente estupenda de descubrir gente, pero no. Trabajamos con personas de nuestro entorno, que conocemos previamente. Son artistas que nos interesan o han estado en grupos que nos han gustado. Es un círculo de confianza bastante cerrado y algo endogámico, aunque vamos cambiando, pero estamos contentos de que sea así. Cuando llegan otras cosas, la verdad es que ni las escuchamos.

Una de las canciones del disco se titula La nostalgia es una droga. ¿Pero no se alimenta la música pop del pasado? ¿O debemos distinguir entre nostalgia y mitomanía?

Es un planteamiento interesante, nunca lo había pensado. Pero en ese caso toda la música se alimentaría de nostalgia. Una cosa son los homenajes o influencias, pero de ahí a la nostalgia hay un paso muy distinguible.

Las canciones siguen centradas en cuestiones emocionales, en un momento en que muchos artistas españoles están significándose sobre la situación política. ¿Descartáis hacerlo?

Nosotros, que somos más mayores que esos artistas, venimos de una época en que lo normal era el comentario político. Y fuimos unos apestados por no hacerlo. Ahora estamos viviendo esta segunda transición, en la que volvemos a ser unos apestados y nos acusan de frívolos. La muerte de David Bowie me hizo darme cuenta de una cosa: Soy adulta y tengo otras implicaciones personales diferentes a las de entonces, pero a mí no me define pagar impuestos: a mí me define Bowie, y los Ramones, y Warhol. Y ninguno de ellos se presenta a las elecciones. A partir de ahí, me interesa bastante poco el panorama que tenemos, igual que no nos interesaba el de 1977. Me niego a subirme a un carro de opinión políticamente correcta o incorrecta, porque no me representan. Nacho y yo nos acordamos muy bien de lo que la crítica erudita y los chicos de la transición que luego se metieron en política llamaban a Bowie: Era un mamarracho maricón que se pintaba. Que no se me olvide eso nunca.

Pero sí has tenido gestos personales que han provocado reacciones controvertidas.

Cualquier decisión en la vida va a ser contestada por alguien. Si haces un cartel antitaurino, te odian los taurinos; pero si no insultas al torero, también te odian los antitaurinos. Siempre estamos mal. Esto es así. Siempre ha sido «nosotros contra el mundo», desde que éramos pequeños, y eso nos ha permitido que no se nos subiera nada a la cabeza.

¿Y eso conduce a la desafección, a la indiferencia ante quien gobierne?

Es distinto, porque entonces no nos iba nada en ello. Ahora implica desde que haya un mejor ambiente cultural en el país a que no se impongan leyes agresivas y dictatoriales. Hoy en día te sientes más implicado en la vida diaria, pero más allá de eso, insisto: No me defino como ciudadana que paga sus impuestos, sino por todo lo demás.


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