Lluís Homar: «Todavía hay noches que me pregunto si podré subir al escenario»

· 14 de junio, 2017

«He mort el llop/He matado al lobo», grita Manelic al final de Terra baixa/Tierra baja, la obra de Ángel Guimerá que ha marcado la trayectoria vital y profesional de Lluís Homar. A los sesenta años -cuarenta en el teatro, el cine y la televisión- se ha podido enfrentar al lobo que es su yo oscuro y se confiesa con luces y sombras, en Ahora empieza todo.

Cuenta Lluís Homar (Barcelona, 1957), a través de Jordi Portals y tras años de terapia, que los traumas del Lluís adulto arrancan en el Lluís niño que se vio separado de forma abrupta de su madre por una enfermedad. Lo repite muchas veces en Ahora empieza todo (Now Books), lo mismo que su devoción por Marlon Brando, el actor al que no solo quería parecerse, el actor que quería ser. Homar desgrana en este libro de memorias que no es un libro de memorias sus sesenta años de vida e interpretación, un pedazo de la historia del teatro (Homar fue uno de los fundadores y directores del Teatre Lliure), del cine y la televisión en España y un ejercicio de autopsicoanálisis que no esquiva la debilidad y la culpa. Y el perdón. Tras el actor reputado (con un premio Goya, un Gaudí, un Max…) que ha interpretado a Valle-Inclán, a Shakespeare, a Pinter, que ha rodado a las órdenes de Almodóvar, que ha conocido el cielo y el infierno, el niño abandonado aflora una y otra vez. Ese niño ya se subía a las tablas en los grupos amateurs del barrio de l’Horta. Y ahí, y ahora de nuevo, empieza la historia, empieza todo.

Sorprende que un actorazo como usted confiese dudas, temores, debilidades, inseguridades, celos, envidias, errores, complejos; que cuando se mira al espejo no se ve como le ven los demás.

Pertenezco a un mundo en el que hay que guardar las apariencias, en el que la debilidad no computa. Lo que he pretendido es algo más que contar mi vida personal y profesional, he querido que este libro fuera útil. Todos vamos con nuestra personita a cuestas, una personita que escondemos con sigilosa intimidad, que no enseñamos. Lo que hago en este libro es el trabajo que he hecho conmigo mismo, ver lo que hay, no mirar hacia otro lado, llamar a las cosas por su nombre, mirarlas a la cara… No hay que tener miedo a mostrarnos como somos, esa es la diferencia entre lo que sentimos y lo que hacemos.

No parece casual su admiración por Marlon Brando, un grande de la escena pero un hombre con muchos fantasmas internos…

Hay un documental extraordinario, creo que lo grabó él mismo, en el que Marlon Brando explica el paralelismo entre su vida personal y su vida profesional… no he podido verlo todavía, tengo que hacerlo. Brando todos sabemos quién es y qué representa pero creo que hay cosas extrapolables: la imagen que damos para intentar sobrevivir y en cambio la personita con la que nos encontramos a solas y que tiene que ver mucho con lo que fuimos de niños. Y a pesar de esa fragilidad tener que tirar adelante, hacerte fuerte aunque sigan ahí las heridas. Yo durante mucho tiempo he negado a ese niño: ‘por qué estás ahí, estás dando la lata’. Pero a ese niño hay que tenerlo en cuenta.

¿Y el adulto y el niño conviven ahora en armonía?

Yo sigo viviendo esa contradicción. Ahora interpreto a Ricardo III, que no puede ser más malo, y que me obliga a ser casi un actor atleta. Cuando acaba la función me siento contento pero en mi interior hay noches que me vuelvo a sentir la persona desvalida y me pregunto ‘¿cómo me voy a subir yo mañana al escenario a hacer este personaje?’

En ocasiones se ha «peleado» con sus personajes, ha sentido que no estaba a la altura o no estaban hechos para usted.

Por características físicas, hay personajes por los que siento fascinación pero a mí me van mejor otros más rudos, malos, rotos. Yo hice una obra, Te diré siempre la verdad, en la que hablaba de cómo he crecido a través de los personajes que he interpretado. Y estoy agradecido por mi trabajo, soy un apasionado de mi profesión y me ha hecho crecer como persona. Gil de Biedma decía «Yo creía que quería ser poeta y quería ser poema». Amo esta profesión por encima de todo, es tan suculenta, te da una identidad, pero lo importante es que cuando estás contigo mismo eres anónimo, eso nos iguala a todos. En los momentos en que me sentía poca cosa pensaba ‘no eres menos que nadie, pero tampoco más’. Y por eso digo que personas como Messi o Ronaldo, o líderes políticos, los que están en primera línea mundial, todos tienen detrás personitas como cualquier otro ser humano. Yo apelo a la personita, no a la persona ni al personaje.

Es evidente que ama el teatro, pero parece una relación de amor-odio, con crisis, rupturas y reconciliaciones, una relación de amantes.

Dejé el teatro seis años y no lo eché de menos. Fue sano marcar distancia.

Pero volvió a sus brazos. Y con el cine entabló más tarde otro idilio pero parece que también le queda una espinita clavada.

Volví al teatro, pero fue volver a empezar. Yo había estado ese tiempo más pendiente del mundo de la imagen, el cine, la televisión. Y volví con Valle-Inclán. He hecho a los grandes del teatro y en cine papeles como el de Eva o el papa Borgia… Cuando veo una película como Mejor… imposible de Jack Nicholson o a Marlon Brando en El último tango en París, pienso que yo quiero desarrollar ese lenguaje cinematográfico tan de verdad. Pero si no pasa, no pasa nada, estaré feliz con lo que he hecho.

El penúltimo capítulo está dedicado al perdón y, en él, por primera vez Jordi Portals toma la palabra para explicar cómo le vio llorar y romperse. ¿Necesitaba perdonar y hacerse perdonar?

Sobre todo a mí mismo. Ese capítulo, que no estaba previsto, ha sido el gran regalo del libro. Han sido dos. Uno, haber encontrado a un cómplice de vida, un amigo inesperado, que es Jordi Portals [el periodista que ha dado forma a sus recuerdos]. «Te tendré que contar muchas cosas de mí», le dije: Lo he hecho y no se han publicado todas. Pero creo que hemos conseguido que tenga alma. El otro regalazo es el perdón, porque yo pensaba que estaba preparado para hablar de ciertas cosas, las malas y dolorosas, pero no lo estaba realmente y me pasé quince días pensando quién me mandaba a mí remover toda la mierda del pasado. No sabía cómo manejarlo. Hasta que entendí no que no podía hacerlo con rencor y una noche lo vi de repente, el perdón, tenía la capacidad de perdonar, no mentalmente sino carnalizarlo. Era la única salida. No podía titular Ahora empieza todo con tres o cuatro asignaturas pendientes, no era coherente. Y el perdón era el mejor ejemplo de madurez. He sido, hemos sido, víctimas de personas que no nos han tenido en cuenta, sí, en la vida nos hacen daño, pero también hacemos daño. No olvido, pero ahora sé que lo que ha pasado es lo mejor que podía pasar, que la vida no es como la imaginamos, es por ella misma.

Recuerda sin censura rivalidades, celos, discusiones, el puñetazo que le pegó a Lluís Pasqual o cómo le hizo llorar Almodóvar…

Son situaciones que cuento, pero dentro de un contexto. Un amigo me dijo «está muy bien porque no cuentas lo que ha pasado, sino lo que te ha pasado». No soy notario de nada. Esa es mi verdad.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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