Monstruos

· 8 de junio, 2018

Volumen 123

«He redondeado esquinas

para no encontrar monstruos a la vuelta

y me han atacado por la espalda.

He lamido mi cara cuando lloraba

para recordar el sabor del mar

y solo he sentido escozor en los ojos.»

(Mi vida huele a flor, Elvira Sastre)

 

Desde pequeña me han gustado los monstruos. Las brujas de los cuentos, los fantasmas, los vampiros, los demonios, los engendros, los kaiju, la criatura del pantano… De siempre he preferido a los malos, los indios a los vaqueros, los piratas a los contramaestres, los ladrones a los policías, los villanos.

Esas bestias, el monstruo de Frankenstein, Drácula, la momia, el hombre-lobo o King Kong, me provocaban ternura. Me parecían seres necesitados de afecto («Si no he de inspirar amor, inspiraré temor»). Como todos. Y lo eran. Tardé en entender que los malvados eran otros. Lo que tienen los monstruos de veras, los monstruos por dentro, es que si rascas un poco, si les quitas las falsas escamas, la ilusión de enormidad, las garras, los dientes afilados y el rugido de pega, si te pones a su altura y les miras bien, de monstruo no queda nada. Estos no son como aquellos, estos son cobardes. Lo malo es que, mientras les miras poderosa -tú en lo alto, ellos en lo bajo- riéndote de su ridícula espada, de sus balas de fogueo, van y te rajan los tobillos, te tambaleas y caes. Porque la cobardía es lo que les hace peligrosos, monstruosos. Y lo más triste es que, desde el suelo, muchas noches, sigo soñando con el monstruo.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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