Sabores

· 25 de mayo, 2018

Volumen 121

«Si estoy en la ciudad

meriendo tarde a secas:

mastico lentamente los minutos

-tras haberles quitado las espinas-

y cuando se me acaban

me voy rumiando sombras (…)»

(Meriendo algunas tardes, Ángel González)

 

Piruletas, de esas que teñían de rojo la lengua. Grumos de cacao en la comisura de los labios. Bocadillos de pan con chocolate. Sabores de la infancia, cuando todo es posible porque no se piensa en lo imposible. Los niños pinzábamos con dos dedos las estrellas y nos las prendíamos en el pelo. Luego había sabores que no sabíamos cómo llamar, que no tenían nombre, ni falta que les hacía, porque ni siquiera eran sabores. Pero sabían. El gusto de la lluvia fresca sobre la cara en verano. El amargor de una regañina. El gustillo metálico de la sangre. Burbujas de risa. Lametones a una montaña de azúcar en la palma de la mano.

Sabores antiguos, perdidos. Paladares nuevos, civilizados, exquisitos, refinados, maduros. Sabores insípidos. Nada sabe igual. Sapidez de polvo en los dientes. Degustaciones de besos con y besos sin. Saborear(nos). El regusto del café, del vino y la coca-cola. Salazones de llanto. Los adultos le ponen nombre a todo, ven lejanas las estrellas, no cultivan rosas en los asteroides.

Piruletas con forma de corazón. De esas que teñían de rojo la lengua. De esas que, si se caen, se rompen en mil pedazos. Y saben entonces a fresa, y a tierra agria.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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