Blanco

· 19 de enero, 2018

Volumen 103
«Tantas cosas que empiezan
y acaso acaban como un juego».
(Graffitti, Julio Cortázar)

 

Los lápices de colores Alpino. La caja de ceras. Los rotuladores Carioca. Siempre había uno, o dos, que se desgastaban deprisa, como con urgencia. Los codiciados, los deseados. Solían andar en el centro. O en los extremos. En los lugares de honor. Te abalanzabas sobre ellos cuando un estuche de cartón lleno de pinturas era un espejo a través del cual viajar al otro lado. Los olfateabas y te olían a hierba recién cortada, o a lluvia, o a tierra o trigo. Hasta a humo de chimenea, según. Y luego siempre sobraban uno, o dos. Por supuesto sobraban el lápiz blanco, la cera blanca, el rotu blanco.
Pintabas con fuerza, casi con rabia, con el blanco sobre la hoja blanca, y decías puf el blanco. Pero un día descubrías que servía para cosas insignificantes e importantísimas. Para un brillito sutil por aquí, para difuminar por allá, para suavizar otro color, para escribir secreto e invisible… Y otro cogías una cartulina negra y ahí sí, ahí el blanco crecía crecía, y de chiquito pasaba a gigante, y se hacía más poderoso y brillante que el negro sobre el blanco, dónde iba a parar, era como la tiza y la pizarra, la luna y la noche. Entonces pintabas y pintabas hasta agotarlos. Y te dabas cuenta ­-a buenas horas- que a ver cómo si no ibas tú a pintar las nubes, y la espuma de mar, la nieve, la nata y el merengue. O el algodón. El blanco de los ojos. Las sábanas tendidas. El velo de la novia. Los pétalos de las margaritas. Y tantas cosas blancas y bellas.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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