Mariposas

· 6 de octubre, 2017

Volumen 88

«Io senza dar risposta

me ne starò nascosta

un po’ per celia

e un po’ per non morire

al primo incontro»

(Madama Butterfly, Puccini)

De un sueño roto no se sale indemne. Te rompes con él. Por fuera no se nota. Pueden tejerse otros. Pero quedan por ahí esquirlas, astillas, cenizas sueltas que un día, al cabo del tiempo, se te traban en la garganta y te ahogan, o callando callando llegan hasta el corazón y te desangran unas gotas, unas cuantas, o trepan hasta las sienes y notas una punzada. Y no sabes qué es.

No se muere de amor, Butterfly, lo que mata es otra cosa. Pero se empieza a morir un poco cada vez que se apaga un sueño. Por eso los conservamos así, con ese mimo y ese cuidado, y ese temor, casi en formol, tozudamente, sin querer despertar. Tú, tres años. Yo mucho más.

Mi niñez rebosó mariposas. Un día encontré una con el ala rota. Tenía una muesca enorme, un semicírculo perfecto, una media luna. Me la llevé a casa haciendo un nido en las manos. La metí en una cajita con agujeros. Cada día la sacaba para intentar hacerla volar. Los dedos se me teñían de colores. Pero no me sentía un hada. Al principio, la mariposa aleteaba apenas. Luego nada. Una mañana, al abrir la caja, la hallé muerta. Mi primer crimen. Avergonzada, la dejé bajo un árbol, entre dos piedras, sin más, sin hacer el ritual que los niños solíamos. De un tiempo a esta parte no veo mariposas. Es como si hubieran desaparecido de la faz de la Tierra. Debe de ser la culpa. O una de esas esquirlas.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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