Cartas

· 2 de junio, 2017

Volumen 70:

«Quiero otra carta tuya, pronto,

una carta tuya»

(Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik )

Yo tampoco escribo ya cartas. Ni las espero, excepto las de Mara Calabuig -como la que le dirigó a Luna, a mi Luna, cuando se fue y me dejó sola y vacía: la carta más bella del mundo- y las de algunos lectores agradecidos (lo mejor que le puede pasar a un periodista). Pero hubo un tiempo en que las escribía y las recibía, y las cartas lo eran todo. Durante los años que estuve fuera, estudiando, incluso tenían un lugar, un edificio: el casillero. Entrabas en el colegio mayor y frente a ti, tras el mostrador de recepción, se erigía imponente, del suelo al cielo. Era un zigurat, una torre de Babel, uno de los bloques de Metrópolis, un microcosmos repleto de historias.

Allí estábamos todos reflejados. Cada uno en una casilla. Por plantas, por habitaciones, por carácter. Había días en que el hueco estaba vacío, tan solo cobijaba una llave solitaria. Había casillas con algún muñeco, una nota, cierta muesca, regalos furtivos. Otros días, y esos eran días de fiesta, rebosaban cartas blancas. Te escribían los amigos que habías dejado atrás. A menudo los sobres llegaban pintarrajeados y en ocasiones abultados, porque nos daba por enviarnos cosas, pequeñas y sin importancia, tan grandes e importantes. Por aquel entonces nos escribíamos veranos, mariposas, risas, helados, sueños. Nos escribíamos ganas y amores, incipientes y rotos. Así iba creciendo día a día. El portero de noche lo vería respirar dormido, desperezarse al amanecer. El casillero, ahora me doy cuenta, tenía latido propio. Tenía corazón.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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