La risa

· 26 de mayo, 2017

Volumen 69:

«Es tu risa la espada más victoriosa.

Vencedor de las flores y las alondras.

Rival del sol».

(Nanas de la cebolla, Miguel Hernández)

 

De niños jugábamos al juego de la risa. Al juego de la risa se podía jugar de varias maneras. Por ejemplo, dos amigos se situaban uno frente al otro y se miraban fijo y muy serios, todo lo serios que pueden mirarse mucho rato dos niños, y había que aguantar. Hasta que uno, a veces los dos, estallaba en carcajadas. Y el otro. Y todos los demás. Entonces el cielo olía a chicle de risa y tenía el color de las sonrisas anchas.

El juego también podía jugarse en plan me da el ataque, la risa tonta, y no puedo parar. Mira eso, fíjate en aquello, me acuerdo de, y venga ji ji ja ja. Los mayores pidiendo silencio, y formalidad, y los niños agarrándose la barriga con las manos. En el sitio más inoportuno o en el momento menos adecuado. Son niños, qué se le va a hacer, decían los adultos. Y los pequeños muertos de la risa, con lágrimas de tanto reír, porque sabían que no era cosa de ellos, sino del juego. Cuando eso ocurría, las campanas parecían repicar al unísono pero en vez de a hierro sonaban a cristal. O a agua fresca de manantial.

Para cuando las risas se apagan -porque, créanme, un día se apagan, se consumen, se congelan- está la fábrica de risas. La fábrica trabaja sin descanso, día y noche. Está seguramente al norte, en alguna colina junto a un manantial de agua fresca, y repleta de niños. Suena a campanillas de cristal. Y huele a chicle de risa.

Susana Golf

Susana Golf es la directora de la revista Urban. Periodista de Levante-EMV desde 1988, ha sido jefa de sección de Valencia y de Sociedad y coordinadora del suplemento Extra Moda.


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