Solitudes de Kulunka Teatro

· 19 de junio, 2018

Cuando la mejor compañía de un anciano es un moscardón, es que algo no funciona. Porque la vejez, toda una bendición si se llega en plenas facultades, es un viaje por el que transitar acompañado. Pero, como se narra en Solitudes, no siempre ocurre. La obra de máscaras conmueve, sorprende e invita a la reflexión

La vejez es un viaje para transitar acompañado. Un último tramo en el que la vida regala una perspectiva total antes de perderla del todo. Sentirse incomprendido genera soledad y una gran amargura. Así se siente el protagonista de Solitudes, la última producción de Kulunka. Un anciano que se considera arrinconado porque su vida es prácticamente una espera. Un octogenario que ya solo desea cosas simples y sencillas. Cosas que los demás no llegan a valorar ni le dan su verdadera importancia, pero que para él son detalles superlativos. Y quizás ahí radica lo extraordinario de esta obra de máscaras, porque el anciano -contra lo que podría esperarse de alguien con una vida ya casi sin alicientes- no se resigna, no renuncia a sus pequeños deseos, y pelea por ellos con determinación y dignidad. Pero esto, claro, tiene consecuencias para él mismo y para quienes le rodean. Solitudes es un viaje por universos cotidianos que, combinando la gravedad con la sonrisa, conmueve, sorprende e invita a la reflexión. Una historia sin palabras que, a través del humor, ahonda en la soledad y la incomunicación de los miembros de una familia.

Siguiendo la estela de André y Dorine (abordaba el tema del alzhéimer), Iñaki Rikarte vuelve a zarandear al público y realiza una puesta en escena magistral sustentada fundamentalmente en la música original de Luis Miguel Cobo y la actuación sobresaliente de José Dault, Garbiñe Insausti y Edu Cárcamo.

Solitudes narra la historia de un viejecito que se queda solo al enviudar y de cómo se tiene que enfrentar a un mundo completamente deshumanizado y movido por las nuevas tecnologías. Un mundo incapaz de comprender su estatus de soledad, y al que lo único que le pide es que alguien le dedique unos minutos para algo tan simple como jugar a las cartas. Algo que no consigue porque su atareados hijos y nietos miran hacia otro lado. Su vacío llega a tal punto que su única compañía es un moscardón. Para poner en escena esta emocionante historia de soledades, la compañía Kulunka Teatro, premio del público y premio a la mejor dramaturgia en el festival Be de Birmingham, premio al mejor espectáculo extranjero Villanueva en el festival Internacional de teatro de La Habana 2011 y premio Ceres de Mérida a la Mejor caracterización, se apoya en muchos personajes. Además del viejecito, aparece su hijo, la nieta que siempre está enganchada al móvil y a la televisión, y que se ha echado un noviete un poco chulo, y otros personajes callejeros. Solitudes habla de lo pequeño, de lo cotidiano, de un problema que podría estar pasando en nuestras casas; y lo hace con dureza, pero también con guiños cómicos.

En Solitudes, alrededor de la trama principal, pivotan otras tantas secundarias para completar el todo. Así, la historia no solo tiene lugar en la casa del abuelo, sino que también la calle juega un papel fundamental. Allí aparecen otros personajes, como dos prostitutas, el chulo que siempre las está acosando, y también un mendigo borracho que pide limosna. E, incluso, al principio de la obra aparece un electricista que es el personaje desencadenante de la trama, que emociona sin palabra y que es toda una lección de vida y amor.

Amparo Barbeta

Redactora de URBAN


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