HISTORIAS DEL ROCK

· 5 de febrero, 2018

Texto: Eduardo Guillot

Ofrecemos un repaso a algunas novedades editoriales relacionadas con la música aparecidas en España durante los últimos meses.

 

“¡Ponte ya a bailar! Mis años de revuelta mod con Los Elegantes”. Emilio J. López. (Chelsea Ediciones)

Más allá de círculos mod, pocos recuerdan actualmente a Los Elegantes, pero por encima de su adscripción a una tribu urbana determinada, lo cierto es que fue una de las mejores bandas españolas en directo de la generación de los ochenta, en plena movida. Lo recuerda el periodista Juanjo de la Iglesia en el prólogo de “¡Ponte ya a bailar!”, un libro publicado por Chelsea Ediciones en el que Emilio J. López, guitarrista y cantante del grupo, recuerda sus «años de revuelta mod», tal como reza el subtítulo. Las grabaciones nunca hicieron justicia a aquellos incendiarios conciertos, pero canciones como “Chicas y dinero”, “En la calle del ritmo”, “Dispararé”, “Dos años atrás” o versiones tan potentes como “Mangas cortas” y “Soy tremendo” son clásicos del pop nacional. Por eso resulta más que pertinente echar la vista atrás como lo hace un volumen tan cuidado como los que le precedieron en la editorial, encuadernado en tapa dura, con abundancia de material gráfico de la época (fotos, carteles, memorabilia) y una serie de ilustraciones elaboradas por el valenciano Álex Barbarroja para acompañar los textos.

Emilio J. López estructura el libro como si fuera el disco que le da título, dedicando cada capítulo a una de las canciones de su álbum debut, lo que le permite hablar de las composiciones y sus influencias (música negra, rhythm & blues y soul principalmente, pero también nueva ola), así como de otras cuestiones relacionadas con lo que suponía montar una banda de rock en la España de principios de los ochenta. Se trata de un relato que, como el autor reconoce, «cose como puede recuerdos dispersos, olvidos y anécdotas», lo que quiere decir que incluye algunos episodios de alto valor histórico y emocional (especialmente, el personal relato de la muerte de Canito, batería de Tos), pero que también adolece de lagunas importantes. Es decisión de López no entrar en temas como la marcha de Juan Ignacio de Miguel (el Chicarrón), tras la grabación de sus dos primeros singles, o asuntos como su relación con los sellos discográficos (pasaron por Zafiro y DRO), que seguramente hubieran dado más peso a un libro muy ameno, de contenido relativamente breve (se lee casi de un tirón), en el que queda claro que el autor ha aprovechado sus estudios de periodismo. Aunque desde hace quince años reside en Miami, donde ejerce como corresponsal de la agencia Efe, en las páginas de “¡Ponte ya a bailar!” es capaz de conseguir que el lector viaje hasta las puertas de Rock-Ola, se sienta protagonista de las escaramuzas entre mods y rockers y, sobre todo, experimente ese escalofrío de electricidad que recorre el cuerpo de los músicos cuando se suben al escenario.

 

 

“Te potaría encima”. Andrew Matheson (Contra Ediciones)

Ni siquiera un grupo de culto. Los Hollywood Brats fueron, simplemente, una de tantas bandas anónimas que lo intentaron y perecieron en el intento. En su caso, en la Inglaterra de mediados de los setenta. Y en ese olvido seguirían de no ser porque su líder, Andrew Matheson, escribió en 2015 “Sick on You”, una divertidísima biografía del grupo ahora traducida al castellano por Contra con el título de “Te potaría encima”. Gracias a su relato, el aficionado ha descubierto a un quinteto que bien podría ser la versión glam de Spinal Tap. Un hatajo de perdedores que no tomó una sola decisión correcta a lo largo de su breve trayectoria, circunscrita al periodo histórico entre el auge del glitter rock y la llegada del punk. Su único disco, de hecho, solo apareció en Noruega, hasta que años después, cuando ya ni siquiera existían, el sello independiente Cherry Red lo rescató y fue reivindicado por algunos críticos.

El libro es pródigo en anécdotas y nunca abandona un tono humorístico que redime el resentimiento y la necesidad de ajustar cuentas de su autor. Pese a que la banda no ofrecía un material especialmente novedoso (en realidad, sonaban como una versión británica de los New York Dolls), Matheson no desaprovecha ocasión alguna para despreciar a todo músico con el que se cruzaron en su corta historia. Predecesores, compañeros de generación y futuras estrellas (The Clash, Sex Pistols) reciben palos sin compasión, de lo que podría deducirse que el rencor es el motor del relato. Nada más lejos de la realidad: Quienes peor parados quedan en el texto son los propios Hollywood Brats, una panda de incapaces que parecen dedicarse al auto-sabotaje cada vez que tienen ocasión. Como unos aprendices de Mötley Crüe, se dedican a emborracharse, despreciar las escasas oportunidades que se les presentan y exhibir dudosa autenticidad rockera mientras su proyecto musical se va irremisiblemente a pique, despertando cierta empatía en el lector, pero demostrando, sobre todo, que para pasar a la posteridad hay que demostrar algo de inteligencia.


“Londres, ciudad ocupada. Una memoria musical en los márgenes”. Richard Dudanski. (Libros.com)

En la biografía que escribió sobre The Clash en 1988, la periodista española Sagrario Luna ya señalaba la importancia que el movimiento okupa había tenido en el nacimiento del punk. De una de las muchas casas ocupadas de Londres saldría un grupo llamado The 101’ers, que practicaba un anfetamínico rhythm & blues y tenía como cantante y guitarrista a un joven Joe Strummer. El batería de la banda, Richard Dudanski, recuerda aquellos años en “Londres ciudad ocupada”, una «memoria musical desde los márgenes», como él mismo la califica, donde relata el nacimiento de una formación de efímero recorrido y alineación cambiante, que si pasó a la historia fue, precisamente, por ser la primera aventura musical conocida del que posteriormente sería líder de The Clash.

El relato de Dudanski es sumamente interesante porque comienza en 1974 y captura el momento previo a la eclosión del fenómeno punk, retratando un Londres en el que abundan las ocupaciones de casas deshabitadas y mucha gente joven busca expresarse a través de diversas manifestaciones artísticas. Él mismo acabó con unas baquetas en la mano por pura casualidad, sin tener ni idea de tocar el instrumento. Por sus páginas desfilan personajes como la malagueña Paloma Romero, más conocida como Palmolive, novia de Strummer y batería de The Slits, o su hermana Esperanza, pareja del autor desde entonces y hasta hoy. Es en esa primera parte, protagonizada por The 101’ers, donde se encuentra el mayor valor del libro, al narrar desde la perspectiva personal la efervescencia que se vivía en una escena musical a punto de cambiar para siempre. Llegado el momento, sin embargo, Dudanski decidió declinar la invitación para unirse a The Clash, y mantuvo una carrera posterior algo errática que, no obstante, incluye etapas con Public Image Limited, la banda liderada por Johnny Rotten tras su salida de los Sex Pistols, o The Raincoats. Su salida de ambos grupos fue algo problemática, pero el libro nunca se plantea como un ajuste de cuentas, sino como una amena crónica personal que, inevitablemente, reduce su nivel de interés cuando deriva hacia otros derroteros, como un viaje de vacaciones a Brasil que, al menos, está salpicado de abundante información musical, ya que si algo queda claro leyendo el libro es la curiosidad de Dudanksi y su afición por explorar todo tipo de sonidos y ritmos, sin someterse a ninguna tendencia de temporada. La narración culmina con su llegada a Granada, ciudad donde reside en la actualidad y donde organizó un concierto homenaje a Joe Strummer tras su muerte, cerrando el círculo cuarenta años después de su primer encuentro.


“Lonely Boy. Historias de un Sex Pistol”. Steve Jones (Libros Cúpula)

A veces, llegar al final tiene sus ventajas. Steve Jones, guitarrista de los Sex Pistols, publicó “Lonely Boy” en el año 2016. Su biografía aparecía, por tanto, después de dos libros de Johnny Rotten, uno de Glen Matlock, los de Viv Albertine (The Slits) o Chrissie Hynde (The Pretenders) y hasta el de Richard Branson, fundador de Virgin Records. ¿Convierte esos sus memorias, escritas en colaboración con el periodista musical Ben Thompson, en un volumen prescindible o redundante? Todo lo contrario. Jones ha sido paciente, se ha leído los relatos de los demás, y ahora, con calma y en frío, ofrece su versión de los hechos, a veces incluso contestando directamente a algunos de los citados. Una jugada maestra.

Usando un lenguaje llano, directo y sin florituras, perfectamente volcado al castellano por Pedro Fernández Ramos en la traducción, Steve Jones divide el libro en tres partes: Antes, Durante y Después. El eje central, por supuesto, está marcado por su pertenencia a los Sex Pistols, que le ha dado su lugar en la historia del rock, pero el primer bloque es fundamental para entender cómo se forjó su personalidad, en un entorno de clase trabajadora, digno de Charles Dickens, pobre y carente de asideros emocionales, marcado por la ausencia paterna, que propició su inadaptación social y le condujo desde muy temprano a la actividad delictiva. Y es que de no haber formado una banda, sin duda Steve Jones estaría actualmente en la cárcel. Consumado ladrón, hasta fue capaz de robarle parte del equipo a David Bowie en la célebre gira de despedida de Ziggy Stardust. Y no fue su única víctima famosa.

El rock, de algún modo, le salvó la vida. Pero solo para lanzarle en brazos de Malcolm McLaren. El guitarrista no se muerde la lengua, pero también es ecuánime. Reconoce que Rotten era insoportable, pero aplaude su talento como letrista y su valentía al enfrentarse judicialmente a su taimado manager. Esa honestidad es el mayor valor de un libro tremendamente divertido, donde Jones admite su incontenible adicción al sexo y relata en toda su crudeza su oscura etapa de yonqui en Nueva York. También deja caer algunas perlas sobre la escena de su época, que rebaten tópicos sólidamente establecidos. Al hablar de Chrissie Hynde, por ejemplo, recuerda: «Se presentó a pruebas en la mayoría de las nuevas bandas punk que empezaban a formarse, pero la dura realidad era que nadie la quería por ser una chica». ¿Integración? ¿Ruptura de barreras de género? Imprime la leyenda.

Sid Vicious, Vivienne Westwood, Siouxsie o Mickey Rourke son otros de los personajes que desfilan por las páginas de un libro imprescindible para cualquier fan de los Sex Pistols, una nueva pieza en el puzle que conforma la historia de la banda que cambió para siempre el devenir de la música popular.


“Cuatro millones de golpes”. Eric Jiménez (Penguin Random House/Plaza & Janés)

No hay nadie en la escena indie española que no tenga una (o varias) anécdotas con Eric. Lo cual no quiere decir que le conozcan. Una cosa es echar unas risas en el backstage de un festival, donde los abrazos, el alcohol y la euforia tienen precio de saldo, y otra saber que hay que regresar a casa después de recorrer cientos de kilómetros para enfrentarse con una relación de pareja que se va a pique. Porque a pesar de su enorme popularidad en el entorno musical estatal (inusual, tratándose de un batería), lo que explica Eric Jiménez en “Cuatro millones de golpes”, su autobiografía, es que durante toda su vida se ha sentido tremendamente solo. Que la mayoría de gente que le rodea no son más que figurantes en un drama personal forjado en sus años de infancia y aún no superado del todo. Lo dice en la primera frase del libro, desterrando clichés y falaces visiones románticas: A él, la música no le salvó la vida. El público, en cambio, sí. Subirse a un escenario y tocar ante una audiencia que valora el repertorio que interpreta es una de las razones que le mantienen cuerdo. Eso, y su hija pequeña, que desde hace unos meses, y tras una dolorosa separación, vive en Santander con su madre, a muchos kilómetros de Granada.

Esa incursión a corazón abierto en sentimientos personales y el relato de una infancia y adolescencia marcadas por no pocos reveses y sinsabores, son las grandes bazas de un texto donde el lector conoce el reverso sombrío de ese personaje dicharachero que parece ser siempre que aparece en público el batería de Lagartija Nick y Los Planetas. En el libro, claro, no falta el anecdotario musical, mayoritariamente conocido, por otra parte, pero que su protagonista ratifique en primera persona anécdotas que apuntalan el mito del rock and roll way of life (entrevistas bajo los efectos de la bebida, chascarrillos de todo tipo, la famosa bronca con Bob Dylan) es parte del juego, un peaje necesario que, además, contribuye a quitar hierro a episodios más amargos.

Tampoco faltan contundentes opiniones sobre el entorno en que se desenvuelve a diario, especialmente cuando habla sobre los festivales, a los que acusa de vender la privacidad del artista (las entradas con acceso VIP) y de haberse convertido en la misma plaga que Los 40 Principales. En consonancia con mucha voces críticas, Jiménez cree que no son más que «un paquete vacacional para españoles medios», y asume que «tal vez no sean el mejor sitio para ver una banda en vivo». Aun así, es consciente de que forma parte de ese circo, y lo asume.

Como otras memorias musicales recientes, “Cuatro millones de golpes” destaca por su sinceridad, aunque de un personaje tan políticamente incorrecto como Eric se esperaría que entrara sin ambages en cuestiones que quedan demasiado desdibujadas o directamente se eluden. Decepciona, por ejemplo, que ventile con un «por historias que ahora no vienen al caso» su ausencia en la grabación del EP “Dobles fatigas” (Los Planetas) o que pase de puntillas sobre la resolución de los diferentes contratos discográficos que ha firmado a lo largo de su carrera (un par de frases generales sobre el funcionamiento de las compañías solventan el asunto), teniendo en cuenta que su celebrado acuerdo con El Segell del Primavera Sound se limitó al citado EP y nadie ha dicho una palabra aún sobre los motivos de la ruptura. Es cierto que el autor decide qué es lo que quiere contar y lo que prefiere omitir, pero la sensación final que deja la autobiografía del que probablemente sea el batería mejor valorado de las últimas décadas en España es tan honesta en el plano emocional como discreta en el profesional, quizá porque todavía es un músico en activo. Así pues, deja a deber otro libro, dentro de unos años, cuando se retire.


“En éxtasis. El bakalao como contracultura en España”. Joan M. Oleaque (Barlin Libros)

Era inevitable. Y necesario. El libro “¡Bacalao!”, de Luis Costa, aparecido hace ahora un año, puso en marcha una ola de revisionismo sobre la subcultura surgida en València y su periferia durante la década de los ochenta y la primera mitad de los noventa, que nunca había sido abordada desde el rigor periodístico. La historia oral publicada por Contra propició los elementos necesarios para plantear una nueva mirada sobre unos años en los que las discotecas locales estuvieron a la vanguardia del país. En el tiempo transcurrido desde entonces, se han multiplicado los artículos que tratan de contemplar el fenómeno desde posiciones alejadas del periodismo amarillo y que valoran su incuestionable aportación a la cultura popular. Como consecuencia, también se ha iniciado un cuestionable proceso de mitificación, que podcasts como el notable “Valencia Destroy”, del periodista Eugenio Viñas, contribuyen a relativizar y situar en su contexto exacto.

Ante semejante despliegue de atenciones a la ruta del bakalao, era cuestión de tiempo que alguien diera el paso y tradujera “En éxtasi”, el libro de Joan M. Oleaque aparecido en 2004, de la mano de Ara Llibres, con el subtítulo de “Drogues, música màkina i ball: viatge a les entranyes de «la festa»”. Cuando solo habían pasado unos años desde su estigmatización por parte del sensacionalismo y las autoridades, un periodista se atrevía a aproximarse con conocimiento de causa, y a partir de sus propias experiencias y las de otros asiduos a la ruta, a una escena compleja, en la que las sustancias estupefacientes tuvieron tanta importancia como la música, y analizaba, precisamente, la evolución y desarrollo del sonido preponderante en las pistas de baile como catalizador de costumbres y comportamientos de los adictos a los largos fines de semana por las carreteras y discotecas de extrarradio de la provincia. Conscientes del valor histórico del ensayo de Oleaque, pero también del tiempo transcurrido, los responsables de Barlin Libros han puesto en el mercado una nueva edición actualizada y revisada por el autor, con prólogo del escritor Kiko Amat, y un subtítulo más adecuado al presente: “El bakalao como contracultura en España”. Agotado en su edición en valenciano desde hacía años, En éxtasis encontrará así un nuevo público que pueda apreciar su condición pionera y su particular relato de los hechos.


“20 años de ruido y 29 canciones desesperadas”. Zanussi (Cruda Realidad/Flexi Libros).

El tango dice que no son nada, pero veinte años es mucho. Y más cuando se trata del tiempo que una banda rock se mantiene en activo. Si, además, se añade que esas dos décadas de vida se han desarrollado fuera de los canales convencionales y según unos sólidos posicionamientos ideológicos, las posibilidades se reducen todavía más. Pero ese ha sido el caso de Zanussi, un grupo valenciano que celebra la efeméride con un pequeño libro titulado “20 años de ruido y 29 canciones desesperadas”, editado por Cruda Realidad y Flexi Libros.

La edición es modesta y asequible (5 euros), totalmente congruente con la actitud de una formación que declara: «El hardcore punk apenas es un movimiento musical/estético/político, un poco de aire con el que liberar unas pocas frustraciones y otras cuantas esperanzas». Ellos lo han hecho a lo largo de todo este tiempo a base de canciones urgentes y directas, casi siempre por debajo de los dos minutos, donde se concentraba toda su rabia contra un sistema injusto en el que no encontraban su sitio. A veces, tampoco en la escena alternativa. «Entre tanto ruido intentamos comunicarnos, y es casi imposible, porque si nadie nos escucha resulta un monólogo inservible», comentan en un libro que compila letras de canciones, fotos de conciertos y multitud de carteles, según la estética do it yourself del punk y, sobre todo, de la escena hardcore estadounidense de la década de los 80. Una memoria literaria y visual que se complementa con citas de algunos autores de referencia para la banda, como Eduardo Galeano, Gioconda Belli, Bertolt Brecht o el anarcosindicalista Abel Paz, que han sido fundamentales en la articulación de su discurso.

Porque si por algo se ha caracterizado Zanussi a lo largo de todos estos años ha sido por su coherencia, reclamando el modelo de autogestión no como «montar raves y trapichear con drogas» (tal como señalaban en uno de sus panfletos), sino como un modo válido de funcionamiento al margen de una industria voraz, que impone sus reglas a la fuerza y ante la que solo queda la sumisión o la resistencia. Ellos escogieron la segunda opción.

 

Eduardo Guillot

Periodista cultural


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