JAZZ. AQUÍ Y AHORA

· 27 de enero, 2018

Texto: Eduardo Guillot

Aunque el jazz es un género musical en el que la tradición y la historia poseen un peso enorme, en los últimos años han aparecido una serie de artistas en todo el mundo que parecen sugerir un momento de revitalización como no se había visto en mucho tiempo. También en València. Músicos y expertos abordan el tema.

Fue en 1959. Hace ya sesenta años. El compositor y director musical estadounidense Edward Bland filmó un documental titulado “Cry of Jazz” donde se pronunciaba una frase que resuena desde entonces: «El jazz está muerto». Una forma de expresar que, de algún modo, el género se despojaba de la herencia de la tradición para lanzarse a explorar nuevos caminos. Ese año se publicaban “Kind of blue” (Miles Davis), “The Shape of Jazz to Come” (Ornette Coleman) y “Time Out” (The Dave Brubek Quartet), entre otras obras de relevancia de Charles Mingus, Duke Ellington o Bill Evans. Y en los primeros días de 1960 llegaba “Giant Steps” (John Coltrane). El free jazz, el jazz modal o la llamada third stream asentaban el jazz como la música más importante de la primera mitad del siglo. A su vez, generaron un nuevo canon, que posteriormente llevaría a muchos comentaristas a proclamar una vez más la muerte del género, esta vez por su incapacidad, precisamente, de superar un pasado tan brillante. De hecho, derivaciones como el jazz fusión o el progresivo parecían dar la razón a quienes argumentaban que nunca volvería a producirse una similar eclosión de talento.

Siempre quedaba, claro, la nostalgia. El jazz no morirá mientras haya un trío o un cuarteto de músicos en un club recreando los grandes temas de los maestros. Pero quedaba en el aire la incógnita de si podría seguir dando pasos de gigante, por parafrasear a Coltrane. En 2017 se cumplió el centenario de Thelonious Monk, Dizzy Gillespie, Ella Fitzgerald y Buddy Rich, pero en foros jazzísticos no se habló tanto de conmemoraciones como del buen estado del género en Inglaterra, con Shabaka Hutchings como punta de lanza; de la floreciente escena de Chicago, liderada por Makaya McCraven; de Yazz Ahmed y Christian Scott; o de “Exposure”, el álbum improvisatorio de Esperanza Spalding (calificado con un 7.7 por la influyente web Pitchfork). Síntomas que han hecho preguntarse al crítico Jon Caramica, del New York Times, si el jazz había superado finalmente su pasado. No en términos de calidad, sino de lenguaje, en el sentido de haberse desprendido de la losa creativa que suponía. Un cuestión retórica, pero que pone sobre la mesa un interesante debate. Para hablar de ello, consultamos al crítico y especialista Jorge García, al pianista Quique Ruiz (Naima) y al contrabajista Xuso Barberá (BRB Quartet, Krama, Pau Viguer Trío). Esto fue lo que nos contaron.

Hace unos días, el podcast del New York Times emitió un programa con el título “¿El jazz de hoy finalmente supera el pasado?” ¿Cuál es tu respuesta a la pregunta?

Jorge García: No creo que en el jazz de hoy se haya superado el pasado de una forma “definitiva”, como da a entender la pregunta. El pasado siempre forma parte, con mayor o menor presencia, de todo lo que se hace hoy en día. Incluso el pasado remoto. Del mismo modo, aunque un músico quiera tocar en el estilo de otra época, siempre hay algo en la forma de hacerlo que le vincula al presente.

Quique Ruiz: ¿Superar? ¿Supera el cine de los últimos veinte años al de los años cuarenta? La respuesta varía según la generación que conteste. Aunque quizá no es comparable. ¿Superó el jazz del sesenta a la música clásica de cincuenta años antes? Como ejercicio intelectual está guay. A día de hoy yo oigo mucho más jazz actual que del pasado. El actual se sirve del pasado y, desde luego, puede llegar a ser más complejo o elaborado, además de que tiene un espectro más amplio.

Xuso Barberá: No entiendo la pregunta, ¿superar al del pasado en qué?, ¿en difusión?, ¿en autenticidad?, ¿en calidad? Creo que no podemos hablar de estilos de música en términos cuantitativos. Sí es cierto que es diferente al jazz de mediados del siglo XX, ha evolucionado, a nivel rítmico u armónico, se ha fusionado y bebido de otros estilos, como creo que lo habrán hecho otros géneros. En cualquier caso, veo algo interesante en el jazz y es su internacionalización. Ahora puedes viajar a cualquier país del mundo y encontrarte músicos que se sepan el repertorio tradicional americano y tocar “All of me”, “How high the moon” o cualquier otra y entenderte perfectamente. Respondiendo a la pregunta, no creo que pueda “superarlo” por el motivo que acabo de mencionar. El bebop o el hard bop forman parte de la historia de la música, se estudian en los conservatorios y ese es el mejor caldo de cultivo para la fusión con otras músicas. Me atrevería a decir que puede ser un buen puente entre músicos con tradiciones musicales diferentes.

¿Cómo valoras lo que están aportando músicos como Makaya McCraven, Shabaka Hutchings, Esperanza Spalding, Yazz Ahmed, Kamasi Washington o Christian Scott?

Jorge García: Me parece bien, son músicos jóvenes que tratan de encontrar un camino propio, algunos todavía bastante subterráneos, otros ya muy comerciales, como Christian Scott o Esperanza Spalding, que incluso ha ganado un Grammy. Pero en su música, como en la de otros, escucho diferentes ecos del jazz de los últimos cuarenta años, por lo menos.

Quique Ruiz: Siempre desde el respeto que tengo hacia cualquier músico y su trabajo, de los que comentas es quizá Christian Scott quien a mi juicio ha abierto algún camino interesante, o al menos a mí me motiva más. Sobre todo el de “Yesterday You Said Tomorrow” y “Anthem”. Valoro más lo que hizo Esbjorn Svensson Trío o Avishai Cohen, Brad Mehldau, Gogo Penguin, Neil Cowley Trío, Shai Maestro, Mark Giuliana y Robert Glasper. También me interesan mucho las bandas que están ampliando el espectro del que hablaba antes, como por ejemplo Jaga Jazzist.

Xuso Barberá: Lo que aportan es su propia forma de ver la música. El jazz es solo el medio de expresión. El jazz como estilo de música ofrece tocar con libertad y dejar abierto el proceso creativo mientras se interpreta. Para mí hay dos tipos de música, la música viva y la música muerta. La música muerta es la pensada por un compositor para ser recreada como él tenia en la cabeza. En este caso es recreación, con el reto que conlleva que no pierda la esencia que buscaba el compositor. La música viva es la creada a partir de lo que suena, instantánea y efímera, sin miedo a añadir cualquier aporte personal. Los músicos que mencionas son capaces de crear con una personalidad y libertad tremendas.

¿Crees que propuestas conectadas con el pop como The Bad Plus abren puertas o, por el contrario, banalizan el género?

Jorge García: La relación del jazz con el pop es también algo que va en su ADN, desde su nacimiento. El jazz lo fagocita y se alimenta de todo lo que hay a su alrededor, también del pop de hoy en día. Y cada uno lo hace con su estilo. Yo nunca diría que eso es banalizar. Cuando Louis Armstrong cantaba música de las películas de Disney, ¿estaba banalizando? Por otra parte, a veces algunos comentaristas tratan de dar a la música más trascendencia de la que tiene. The Bad Plus eran tres amigos que hacían versiones de música que les gustaba, sin pretender escribir ningún manifiesto. El grupo ha abierto puertas simplemente a los músicos que han conectado con su propuesta y los han seguido, pero Ethan Iverson (un pianista como la copa de un pino, además de un estudioso de la historia del jazz) acaba de abandonar el grupo para regresar a un estilo más ortodoxo.

Quique Ruiz: Creo que los géneros ayudan a compartimentar en nuestra mente la música para así poder entendernos, pero no deja de ser un orden imaginario nuestro. En la música no existen. Puede haber características que claramente indiquen un género, pero con la cantidad de producción actual las fronteras se desdibujan. Respondiendo a la pregunta más concretamente, no banaliza nada. ¿Qué fueron en el jazz de los cincuenta “My Favourite Things”, “Someday my Prince Will Come” o cualquier canción popular de musical? Fue el pop de la época. Lo mismo pasó en el siglo XIX cuando los compositores clásicos miraron al folklore popular. Y no sólo lo hace The Bad Plus. Brad Mehldau utiliza temas de pop desde siempre, tanto en trío como al piano. Radiohead se ha convertido en una fuente de inspiración para Mehldau, Scott o Glasper. Los estilos y las canciones son un camino de ida y vuelta. Personalmente, creo que Elliott Smith, por ejemplo, tiene mucho potencial.

Xuso Barberá: Desde el principio, el jazz ha bebido de canciones tradicionales o folk de Estados Unidos y las ha transformado a su lenguaje. Canciones como “When the Saints”, de la tradición de New Orleans, se han convertido en clásicos del jazz. Ha ocurrido con muchas otras: “All of me”, “Cherokee”… La adaptación de esas melodías al jazz, con una rearmonización e incluso con un cambio de compás, da un visión nueva y fresca a la famosa canción. Creo que Oasis debe estar muy contento de la versión que grabó Brad Mehldau de “Wonderwall”, además de por los royalties, por la calidad de la canción y de los músicos. En este mundo globalizado ya no podemos hablar como cultura autóctona individual. Ahora cualquier músico valenciano puede estar reinterpretando un standard americano en clave brasileña, por ejemplo. Una de las (pocas) cosas buenas de la globalización es que tenemos al alcance música de cualquier parte del mundo, tanto en papel como en audio, vídeo o incluso músicos, pudiendo fusionar el bagaje de cada uno sin que sea anacrónico.

¿Consideras que propuestas como las citadas están teniendo algún tipo de calado en el jazz valenciano actual?

Jorge García: Sin duda. El jazz valenciano actual está más abierto que nunca a la música pop y a toda clase de estilos. Hoy escuchamos homenajes a Zappa, al jazz rock, al reggae, acercamientos al flamenco y a la música tradicional valenciana, y los seguidores de The Bad Plus (que también los hay) conviven con un regreso a la estética de los treinta y cuarenta a la que hemos llegado por la vía del lindy hop… En perspectiva, los movimientos de acercamiento al pop, las fusiones y los regresos a la tradición se pueden percibir como movimientos pendulares; nunca han significado caminos sin retorno, sino tendencias, incluso en el sentido más frívolo de la palabra. Si yo fuera músico, es muy posible que a lo largo de mi carrera también me apeteciera ir probando cosas diferentes, lo cual es más fácil cuando tienes una muy completa formación musical, como sucede con los músicos de jazz de las últimas generaciones.

Quique Ruiz: En el jazz actual de aquí hay una atomización, como en el resto del mundo y de estilos. Antes las influencias eran más globales y totalizadoras. El primer jazz valenciano era muy bopper; luego, en los noventa, la influencia fue más contemporánea, ejercida por gente como Mark Turner, Chris Cheek, Rosenwinkel o Bergonzi, por citar algunos. Ahora mismo, hay mucha gente haciendo de todo. Vivimos esa contradicción de tener más acceso a la música, más músicos y medios, pero menos calado en la sociedad, sobre todo en la juventud. Lo que si no ha calado mucho en estas tierras es el concepto de banda con repertorio propio y un sonido trabajado y diferencial. Los proyectos no tienen una trayectoria larga y se prima más el nombre propio en lugar del grupo. Quizá la necesidad hace que sea muy difícil mantener un proyecto durante años. Como pasa en otros estilos, la subsistencia es complicada sin casi industria ni negocio.

Xuso Barberá: Todo lo que sea fusión de estilos y mezcla de culturas es enriquecedor para la música. Los músicos valencianos no solo estamos bebiendo de una vorágine de artistas internacionales increíbles, como Snarky Puppy, Mark Turner o Kurt Rosenwinkel, sino que algunos están aportando una visión nueva al jazz, véase la flamenco big band de Perico Sambeat, el Compendium de Jesús Santandreu o Nu-Roots, de David Pastor. Estos artistas se han hecho hueco en la escena tradicional con todo el mérito del mundo.

Eduardo Guillot

Periodista cultural


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