València 2017. Cosecha variada

· 23 de diciembre, 2017

Fotografía: Júlia © Jordi Arques


Texto: Eduardo Guillot

Termina el año y es hora de hacer balance musical de un curso que, en el ámbito local, vuelve a caracterizarse por la escasa relevancia del producto valenciano a nivel estatal y la fragilidad endémica de la industria. En ese contexto, artistas de muy diversa índole han editado discos valiosos y destinados a perdurar.

 

Se acaba 2017 y ya comienzan a proliferar las listas con lo más destacado del año. Un clásico imperecedero, amado y odiado a partes iguales, que sirve para hacer balance de la temporada, establecer jerarquías y agitar un poco la escena. Poco más. Y menos aún si el asunto se circunscribe al terreno local, donde el debate viene siendo el mismo desde hace demasiado tiempo. Los males endémicos de la música valenciana se repiten cada curso hasta convertirse en coletilla carente de significado. El diagnóstico es el de siempre, pero tampoco se vislumbran soluciones. Y en ello seguimos, sin conseguir solventar problemas graves como el desinterés del público (a excepción de algún nombre muy concreto) o la imposibilidad de trascender más allá de unas fronteras geográficas que a veces parecen auténticos muros de hormigón.

Así las cosas, si el año ha destacado por algo ha sido por la disminución del número de sellos discográficos en València. Al reciente cierre de Mésdemil, tras una década de actividad, se suma el de Comboi Records (en febrero, después de once años) y la reducción de actividad de Hall of Fame, que en primavera de 2018 se centrará únicamente en publicar material de Caballero Reynaldo. En años anteriores fueron la efímera Demian Records (desaparecida del mapa) o Absolute Beginners (reconvertida en promotora de eventos). Sobreviven algunas iniciativas asociadas a grupos determinados, como Bonavena, básicamente dedicada a editar los discos de Los Radiadores y Doctor Divago, o la cooperativa autogestionaria Malatesta. Pero si hablamos de una compañía discográfica en el sentido tradicional del término, solo queda Maldito Records. Pobre balance para la tercera ciudad de España, cuyo mayor problema no es, ni mucho menos, que las grandes giras pasen de largo por ella. Y por mucho que haya cambiado el paradigma, existe diferencia entre tener detrás un sello con garantías y no tenerlo.

En 2017 también se ha consolidado la necesaria apuesta del Trovam! y ha seguido dando algunos pasos un Sindicato de Músicos todavía balbuceante y en proceso de desarrollo, que aspira a ser parte activa de una industria en situación tan precaria que algunos promotores persisten en la mala costumbre de trabajar en negro. Además, se ha puesto en marcha À Punt Radio, emisora institucional acogida con entusiasmo, que ha comenzado a programar música local de manera profusa. Una iniciativa necesaria, reclamada durante mucho tiempo por los músicos, cuyo impacto real se podrá calibrar cuando lleguen las primeras cifras de audiencia.

Sin que hayan arrancado aún los anunciados Premios de la Música Valenciana que pretende impulsar la Administración, los Ovidi siguieron tomando el pulso a una parte de la escena, la valencianoparlante, que guste o no guste a sus integrantes, continúa funcionando por cuenta propia, y con muy buena salud, tal como han demostrado los discos de Tardor (“Patraix”), Smoking Souls (“Cendra i or”), Júlia (“Pròxima B”), Mireia Vives i Borja Penalba (“Línies en el cel elèctric”) o Candela Roots (“Humanité”). También se despejó la duda de qué pasaría con los cabezas de cartel una vez desaparecidas vacas sagradas como Obrint Pas, La Gossa Sorda o Aspencat. Zoo, que triunfaron con “Raval”, su segundo disco, y en menor medida bandas como Auxili o El Diluvi, garantizan la pervivencia de la fusión para las masas.

La música de raigambre tradicional ha destacado gracias a los notables trabajos de Josep Aparicio ‘Apa’, Carles Dénia y Mara Aranda, mientras en el terreno de la canción de autor varias generaciones con diversos intereses conviven editando discos valiosos: Julio Bustamante es el más veterano de un sector donde caben Maronda, Frontera y Segunda Persona, Mendizábal y Sempere, Cándida y Le Garçon Rêvé.

2017 se va, pero deja tras de sí el pop luminoso de Ramírez Exposure, el post-rock de Dürga o Nanga Parbat, el rock iconoclasta de Johnny B. Zero, la perseverancia de los castellonenses Lula y la actitud de los alicantinos Futuro Terror, el debut en vivo del dúo prefabricado Mueveloreina, la feliz entente ambient de Pau Roca y Nacho Marco en Diamont Dancer o las locuras de Aullido Atómico. Incluso sin material nuevo de algunos pesos pesados en diferentes ámbitos (de La Habitación Roja a Tórtel, Betunizer o Cuello), hay razones de sobra para recordar el año. Con industria o sin ella, los músicos siguen a la suya. Benditos sean.

Eduardo Guillot

Periodista cultural


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