El sello valenciano Mésdemil baja la persiana

· 2 de diciembre, 2017

Fotografía: Andreu Laguarda, Carme Laguarda y Tubal Perales: El alma de Mésdemil.


Texto: Eduardo Guillot

El pasado mes de octubre, la revista catalana Enderrock dedicaba un número monográfico especial a la música del País Valencià. En el editorial se utilizaba el término revolución para definir lo que el mensual calificaba de «explosión de una nueva escena musical valenciana». A principios de noviembre, el Trovam! acogía una nueva edición de los Premis Ovidi, que servía para poner nuevamente el acento en la cantidad, calidad y diversidad de propuestas que conforman lo que, en palabras del especialista Josep Vicent Frechina para la citada Enderrock, es «la escena más plural y prolífica de la historia» en lo que a música valencianoparlante se refiere. Una semana después de la entrega de los galardones, la compañía discográfica Mésdemil anunciaba su cierre. Y el reportaje destinado a celebrar sus diez años en activo se convierte en otra cosa muy distinta.

La noticia cae como una bomba en medio de un ambiente particularmente triunfalista. Máxime, cuando los motivos son «los problemas económicos que nos han acompañado desde el principio y nunca nos han abandonado», según la nota de prensa en que se anunciaba su despedida. No todo el mundo, al parecer, estaba atando los perros con longanizas. De hecho, ese mismo Enderrock al que hacíamos referencia cedía una tribuna de opinión a Carme Laguarda, una de las responsables del sello, que escribía un texto titulado ”Realidad o espejismo”. Allí hablaba de la variedad estilística (ya no todo es ska, aunque el mestizaje sigue llevándose la parte del león a todos los niveles), pero también de precariedad laboral, de la necesidad de medios de comunicación públicos, de ayudas institucionales (en un momento en que el gobierno autonómico es, por fin, sensible a cuestiones lingüísticas), de la consolidación de un circuito estable más allá de los festivales… Concluía haciendo una llamada al optimismo, pero los hechos se han empeñado en llevarle la contraria.

Sin el concurso de Mésdemil, hubiera sido más difícil que vieran la luz discos de Gener, Mireia Vives i Borja Penalba, Ona Nua, Josep Aparicio ‘Apa’, Candela Roots, Òscar Briz, Mox, Novembre Elèctric, Clara Andrés o Tardor, por citar solo algunos. Su papel como discográfica estaba en algún lugar entre el sello convencional y la empresa de servicios, pero si todos ellos confiaron en la marca es porque ofrecía un trabajo de edición y difusión competente y de alcance. Quizá su gran error fue no firmar contratos que les garantizaran un porcentaje de beneficios a cuenta de los conciertos de las bandas, como hacen hoy en día todas las independientes. Los promotores saben que a costa del directo sí es posible sobrevivir. Y muy bien, en algunos casos.

También sería interesante preguntarse por qué la mayoría de pesos pesados de la escena (no hace falta dar nombres) han preferido fichar por otras compañías, como Propaganda pel Fet! (Manresa), en lugar de apostar por una de su entorno más cercano. Una posible respuesta quizá sea que de ese modo resulta más sencillo acceder al fundamental mercado catalanoparlante que desde València. Porque la atención que se presta al vecino pobre del sur suele ser escasa, puntual y, a menudo, marcada por la condescendencia.

Pero seguramente el verdadero problema es otro. Un drama, más que un problema. Hace poco, quien suscribe estuvo hablando con Vicente Bartual, cofundador de Ediciones Milagrosas, uno de los primeros sellos independientes valencianos. Explicaba el cierre de la compañía en los siguientes términos: «No se consolidó una industria, los intentos se quedaron en nada; tanto en nuestro caso, como en el de los otros sellos que aparecieron entonces». Corría 1984. Más de treinta años después, la situación es la misma. En todo ese tiempo, la única iniciativa discográfica local que ha logrado mantenerse y posicionarse a nivel estatal ha sido Maldito Records, a punto de cumplir dos décadas. Lo ha conseguido actuando en un terreno sonoro muy específico (básicamente, rock urbano y derivados) y trabajando mayoritariamente con bandas de otros puntos de España, aunque en su amplio catálogo hay excepciones. Fue, por ejemplo, el sello con el que sacó los discos La Gossa Sorda en los últimos años.

La situación obliga a plantearse cuáles han sido las políticas locales en torno a las industrias culturales durante las últimas décadas. O, en realidad, si las ha habido. Porque no todo puede ser culpa de la crisis económica o del cambio de paradigma en el entorno discográfico. De hecho, si no se consolidan unas estructuras industriales eficaces que puedan sostener el crecimiento exponencial que está experimentando la escena musical, tarde o temprano el edificio se vendrá abajo. O, peor aún, tocará volver a posiciones de resistencia. Porque, a fecha de hoy, el viejo discurso victimista no se sostiene. Zoo venden tantas o más entradas que Izal. Hay música en valenciano que, guste o no, ya es mainstream. Pero la normalización no puede venir solo de la mano de fenómenos puntuales o de los cabezas de cartel del Feslloch. Es urgente realizar una radiografía de la situación y elaborar un plan serio y riguroso en busca de soluciones. Y no solo por lo que respecta a la música en valenciano. La que se expresa en otras lenguas no se encuentra en mejores condiciones. Más bien al contrario.

Mésdemil entonará su adiós definitivo el 27 de diciembre, en 16 Toneladas, con un concierto en el que participarán algunos de los artistas que han formado parte de su catálogo durante estos años, como Andreu Valor, Mireia Vives i Borja Penalba, MC Alberto, Pellikana, Candela Roots, Mox, Gener o DJ Conill. Además, resucitarán para la ocasión a los ya desaparecidos Bakanal y Rapsodes, con los que empezó una aventura discográfica que ha tenido un triste final.

Eduardo Guillot

Periodista cultural


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