Pau Durà: «Soy emocional y un pelín obsesivillo»

· 3 de julio, 2018

Duerme mejor cuando trabaja ante las cámaras que cuando lo hace tras ellas. Dirigir, confiesa, le genera una felicidad «diferente». Formentera Lady es el primer largometraje escrito y dirigido por el actor valenciano Pau Durà.

  • Unas vacaciones en Formentera, cuando su mujer estaba embarazada de gemelos, fue lo que empujó al actor Pau Durà a empezar a escribir el guion de la que se iba a convertir en ópera prima. Una década después de aquel viaje, se estrena Formentera Lady. La película, con José Sacristán como protagonista, narra la pequeña odisea de un hombre cuya mayor heroicidad, en el tramo final de su vida, será ahondar en su propia conciencia.

 ¿Qué le lleva a complicarse la vida haciendo esta película?
Eso mismo me pregunto yo…

En esta, su ópera prima, cuenta con la experiencia de un primerísimo actor como es José Sacristán. ¿Cómo lo convenció?
Sin duda es uno de los más grandes regalos que me ha hecho la vida. El José Sacristán actor y el Pepe Sacristán persona, con toda su sabiduría, su humor y su ternura. Le agradezco por igual el haber sido el prota de mi primera película como las sobremesas que me ha regalado, que nos ha regalado.

 ¿Por qué Sacristán para interpretar este papel?
Tener a Sacristán para interpretar a un viejo hippie que llegó a la Formentera de los 70 y allí sigue, viviendo sin luz y tocando el banjo en un garito, suena bien, ¿no? Al cabo de dos días de haberle pasado mi guion, me llamó y me dijo que empezaba a dar clases de banjo, con ese cachondeo tan suyo. Fue una de las llamadas telefónicas más bellas que he recibido nunca. Si algo he aprendido durante este tiempo es que no hay que cortarse un pelo, en esto de tratar de hacer películas. Y menos cuando uno está convencido de que tiene una historia digna de ser contada.

 ¿Cuándo le surge la idea para escribir Formentera Lady?
En el verano de 2009 yo estaba en Formentera con mi mujer, embarazada de gemelos. Frente al cambio que se avecinaba, empecé a pensar en el posible conflicto entre la libertad de los jóvenes hippies que poblaron la isla en los 70, y una de las mayores responsabilidades, a mi modo de ver, que puede tener uno: la paternidad. Surgió también la idea de las sombras que todo paraíso lleva consigo y pensé en que el viaje a través de dichas sombras podría resultar más interesante si todo ocurriese en una segunda oportunidad: un hippie que no hizo de padre se ve obligado a hacer de abuelo. La película relata el viaje, mayormente interior, que hace ese hombre.

Un viaje y un problema muy actual, pero me reconocerá que su protagonista no es un abuelito convencional.
La excentricidad del personaje de Samuel hace que brote a menudo el humor. Formentera Lady bascula entre el drama realista y sutil del viejo hippie que se tiene que hacer cargo de un niño cuando la madre tiene que partir, y el humor que desprenden los personajes atrapados en dicha trama, porque ¿en manos de quién deja la madre al niño?

Es que, por muy hippie que uno sea, un nieto es un nieto.
Samuel no creo que se llegue a plantear nunca esto último como un imperativo moral. Ha vivido alejado de muchas convenciones, entre ellas, los lazos familiares. El viaje que emprende no responde a nada preestablecido, simplemente es incapaz de evitar un puñado de sentimientos que ha ido apagando, o anulando, u olvidando, durante su vida solitaria en ese supuesto paraíso en el que vive.

 Y el peso de la conciencia, hippie o no hippie, se tiene.
Como buen hijo de nuestra cultura judeocristiana, sí. Samuel ha creído vivir en su refugio, convertido en isla pequeña dentro de la isla, alejado de la culpa. Pero llega un momento en su vida en el que se ve obligado a enfrentarse a ella. Pero el viaje vale la pena: ese paraíso en el que ha vivido, en algunos aspectos, se ha asemejado a una cárcel. No solo le ha alejado de obligaciones, sino también de derechos. Uno de ellos, obligación o derecho, es el del amor de una hija.

Hablando de hippies, ¿lo más gratificante de dirigir, respecto a actuar, es la libertad?
Bueno, estás atado a muchas limitaciones como son las financieras, temporales, climatológicas y, al menos en mi caso, a las limitaciones propias de un director novel. Pero estoy satisfecho y agradecido de haber podido rodar la película que quería. O visto desde otro ángulo, quizás más coherente, con no haber rodado la película que no quería rodar.

En la película también se aborda la nostalgia y como un paraíso puede convertirse en una cárcel. A día de hoy, ¿de qué tiene nostalgia y de qué se siente usted preso?
Hace años que me acompaña una definición de la nostalgia que le leí a Kundera y que, con el paso de los años uno va entendiendo mejor: «dolor por la imposibilidad de regresar». Samuel lleva 30 años huyendo de esa nostalgia, esquivándola. Sin embargo, con la llegada de su nieto, Samuel no podrá evitar ese dolor del que hablaba Kundera, dolor por la imposibilidad de revivir momentos felices, o de rectificar decisiones; añoranza del verdadero paraíso perdido, del sueño hippie, la juventud, su hija de cinco años correteando por la playa de Migjorn… Por otra parte, su inmovilismo ha convertido su paraíso en cárcel, sí. La tozudez en una manera de vivir, sin plantearse cambios es otro de los temas de la película: nunca es tarde para dudar de ciertas convicciones.

 

Formentera es un paraíso y todo paraíso tiene sus sombras. ¿Qué sombras tiene Pau Durà?
Pues algunas, como todo hijo de vecino. Pero sin estridencias.

 ¿Qué le lleva a la dirección?
Pues algo que también me lleva a seguir disfrutando cuando hago de actor: el juego. Como cuando uno era un niño. Aunque aproveche mi experiencia de tantos años trabajando en platós y rodajes, es mi lado espectador y cinéfilo el que me empuja a escribir, a tratar de hacer películas. Cuando vuelvo de rodar, o de actuar en una función, me apetece relajarme, tomarme un vino, estar con mis hijos. Es cuando vuelvo del cine, o cuando cierro un libro, cuando me entran ganas de fabular, de crear historias.

 ¿Cómo se duerme mejor, como actor o director?
Cuando trabajo de actor, que es la mayor parte de mi tiempo profesional, suelo dormir bien. Cuando escribo o dirijo, no tanto. En la escritura, las ideas llegan cuando uno menos se lo espera, y hay que estar atento para que no se escapen. El gran William Goldman ya lo advertía en Aventuras de un guionista en Hollywood: la conciliación familiar de un guionista es nefasta.

No es lo mismo crear que construir un personaje.
El actor crea cuando construye un personaje. La sangre y el pálpito de los personajes son del actor y las crea el actor. El autor imagina una historia, que en lo cinematográfico es, o debería ser, mayormente visual, y se ve obligado a ponerlo negro sobre blanco en un guion que es un paso muy previo a lo que será, si hay suerte, una película. Sin la creación del actor no habría película, seguiría siendo eso, una idea, una ensoñación o palabras en un papel.

Le pediría un par de adjetivos que lo definan como director y otros tanto como actor.
Hay dos adjetivos que un amigo conocedor de la llamada psique humana me puso un día, y que según él me definen como director, actor, y persona: emocional y pelín obsesivillo. Si no lo fuera, no estaría hoy atendiendo esta entrevista.

 ¿Como director qué cualidad valora de un actor?
En un sentido y otro, el interés, la empatía, el trabajo en común. Y la diversión, el humor siempre.

Usted que ha creado a Samuel, ¿le dejaría a sus hijos? ¿Y a José Sacristán?
A Samuel no; a Sacristán, sin duda que sí.

 

Amparo Barbeta

Redactora de URBAN


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