Sergio Caballero: «Con el dolor aprendes a valorar»

· 3 de agosto, 2017

Con cada personaje que encarna, Sergio Caballero investiga sobre él mismo. Y así va creciendo. El actor de Vila-real, que soñaba con ser ATS y estudió Educación Física para demostrar a sus padres que querer es poder, es uno de los protagonistas de Brava, película en la que comparte cartel con Laia Marull y Emilio Gutiérrez Caba.

 

  • Trabaja en lo que «más» le gusta y eso convierte su vida en «perfecta». Quizás por ello, Sergio Caballero trasmite alegría. Y mucha felicidad. Al actor de Vila-real, sentado en una de las butacas de los cines Babel, no se le borra la sonrisa de la cara. En el tren, de camino a València, le han ofrecido interpretar un «personajazo» en el teatro y está entusiasmado. En el cine tiene Brava. Sergio, reconoce, vive un momento dulce.

Vista su agenda, ¿vive para trabajar o trabaja para vivir?
¡Guau!, me gusta vivir pero como tengo la suerte de trabajar en algo que me da vida todo es perfecto.

Está en la cresta de la ola por lo que, imagino, le lloverán los proyectos.
Son rachas. Me lo he tenido que currar y quizás por ello ahora todo lo aprecio y disfruto más. Es verdad que el factor suerte, ese que pasa por ahí y a veces lo tocas y a veces no, es importante. En los momentos de sequía aprovecho para hacer otras cosas y lanzar proyectos con los que seguir desarrollándome. Aquí no es el que llega primero, porque el primero se tiene que esperar al resto; lo importante es seguir corriendo al ritmo.

 ¿Siente que éste es su momento?
Me considero afortunado porque pertenezco al tanto por ciento de los que trabaja y, cuando no hay trabajo, intento generármelo metiéndome en cosas que me ayudan a seguir aprendiendo.

Brava, su última película, es un alegato en favor de la esperanza. ¿Cree que la sociedad está desesperanzada?
Creo que estamos hastiados y hartos de que se nos tome el pelo; también de dejárnoslo tomar porque es muy fácil culpabilizar al que tenemos delante. Si tú no abres la boca, yo no te puedo obligar; si tú no denuncias un maltrato, yo no te puedo ayudar. Pasa lo mismo con los sentimientos, ya que si no me dices ni me demuestras que me quieres, yo no te puedo responder. En la vida hay que romper. Creo que todo son ciclos y hasta que no estemos hartos no reventaremos.

 ¿Siente que estamos anestesiados?
Siento que vemos la chepa del otro pero no la nuestra. Uno nunca ve sus propias taras y hay que ser bastante honesto, humilde y sencillo para ver las cosas como son. Muchas veces nos inyectan una morfina que nos va durmiendo pero, otras muchas, es uno mismo el que se toma esa pildorita para evadirse y no ver la realidad. Pienso que el autoengaño no existe porque cada uno sabe cómo es y cómo reacciona.

Cuando Sergio Caballero se desdobla ¿qué arista sobresale?
No puedo huir de mí mismo y cada personaje parte de mí porque su cuerpo es mi piel y su mirada es mi mirada. Mi profesión, así la entiendo yo, es un juego y me la tomo con la seriedad de jugar a algo; cuando juego, siempre intento ganar. Con los personajes tengo la necesidad de descubrir cosas de mí que, en mi vida real, no haría. Los personajes me dan la posibilidad de disfrazarme en cuanto a sentimientos y a piezas externas. Lo bonito de un actor es poder investigar.

¿El personaje en alguna ocasión se come a la persona?
Todo deja huella, pero tengo la capacidad de entrar y salir. Algunos personajes, por su sicología, me han dejado mella porque han sido un reto, pero esto es un trabajo, no hay que olvidarlo. Los personajes se quedan parte de ti y tú te quedas con parte de ellos.

Cuando uno interpreta a tantos personajes y vive tantas vidas, ¿la realidad le aburre?
No, eso nunca. Intento llenar mi vida de cosas que me gustan y me hacen feliz. Si amas a esta profesión y te dedicas a esto, la verdad es que nunca te desenchufas.

Cuando le presentan un proyecto, ¿en qué se fija, qué es su prioridad?
Viniendo en el tren me han llamado para un proyecto teatral y el entusiasmo con el que me lo han contado… Es personajazo. Me dan la posibilidad de encarnar a un esquizofrénico y yo amo el poder navegar y meterme en pieles, sensaciones y aromas que no soy. Cojo cualquier cosa que me haga mejorar como persona y profesional. Ser actor, por las inseguridades, es también una manera de afrontar la vida. Aquí todo es muy voluble y tienes que aprender a hacer juegos malabares. La gente habla de crisis, cuando los actores vivimos en una constante crisis. Nosotros aprendemos a vivir con miedo y a inmunizarnos. Mi profesión me ha ayudado a ser más abierto de miras. Por mi trabajo, entiendo muchos comportamientos.

Quiso ser ATS, estudió Educación Física pero ganó su vocación.
Sí. Soy de Vila-real y mi padre se dedica a los azulejos. Pero… también pinchaba y a casa venia gente a que le pusiera vacunas. Yo veía a mi padre con las jeringuillas y quería ser como él. Cuando decidí dedicarme a esto, en mi casa fue bastante duro. Me inicié en el teatro de calle y aprendí la profesión desde abajo. Yo, que no sé ni botar la pelota, empecé a estudiar educación física en Castelló. Nunca he sido un lumbreras pero saqué matrículas para demostrar a mis padres que si uno quiere puede aunque no sea lo que le gusta. Luego me fui a Barcelona…y hasta ahora.

Eso demuestra que, a veces, el dolor es necesario.
Con el dolor aprendes a valorar. La felicidad es buena pero si conoces la infelicidad es aún mejor. Siempre tiene que haber un contraste para valorar. Lo que es innecesario es el sufrimiento, tanto si te lo hacen como si te lo haces.

¿Cómo maneja la popularidad?
Soy muy casero y cuando empecé en TV3 empezó a ser todo muy extraño. Sinceramente, creo que todo depende del respeto con el que te dicen las cosas. ¡No mola cuando te piden una foto y estás de borrachera! Cada uno nos regimos por unos códigos y uno no es consiente de la admiración que genera por su trabajo. Es muy bonito cuando alguien te dice que te sigue y te recuerda una obra de teatro que solo han visto veinte personas. Todos necesitamos galletitas pero hay que medirlo por cuestión del ego; es muy fácil dispararse.

Algunos compañeros critican que la gente se entrometa en su intimidad pero ellos publicitan su intimidad en las redes.
Creo que eso va en detrimento de la profesión porque algunos funcionan por un marketing continuo. A mí no me gusta prostituirme, pavonearme o venderme. Eso no va conmigo. El que me quiera, que me quiera por lo que soy y no por lo que intento ser. No me gusta la gente que permanentemente, como Narciso, se mira en el espejo. Las redes sociales son el narcisismo llevado al extremo y eso debe ser muy cansino.

Amparo Barbeta

Redactora de URBAN


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